Ecos del Evangelio

22 diciembre, 2018 / Carmelitas
DOMINGO IV DE ADVIENTO CICLO C 2018

 

Cuando estamos ya a las puertas de la Navidad y gran parte de la sociedad está sumergida en un ritmo alocado de activismo y anuncios comerciales, nosotros,-si nosotros, los cristianos- somos invitados a vivir la Navidad en cristiano. Y nos sale hoy al encuentro con toda sencillez, humildad, pero con toda grandeza, la gran protagonista del Adviento: la Virgen María. Ella, mejor que nadie-si hacemos nuestras sus actitudes- nos enseña, no solo a vivir la Navidad, sino a que todo el año sea Navidad. Es decir a ser discípulos verdaderos de Cristo en nuestra vida, como Ella lo fue. Prestemos atención a sus actitudes:

 

1) La primera es la de la fe: ella creyó a Dios y acogió a su Enviado, Cristo en su seno con entrañable amor de Madre. Su prima le dirá “dichosa tú, que has creído”. Esa actitud que Cristo, después remarcará durante su vida publica:”mas bien bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en practica”

 

2) La segunda es la disponibilidad: Aunque no entiende porque no conoce varón, acepta el mensaje. “He aquí la esclava del Señor hágase en mi según tu palabra”.Se pone a disposición de Dios por encima de los razonamientos lógicos de una persona humana. ¡Cuánta gente se queda a las puertas de la maravilla de conocer a Cristo, porque lo primero que pide son explicaciones, pruebas, seguridades! ¡Si supieran lo que se están perdiendo!

 

3) La tercera: María aparece como portadora de Dios a los demás. Llena de la presencia mesiánica, corre a ayudar a su prima: encuentra tiempo, sale de su programa y de su horario, recorre distancias, y va a pasar unos meses con ella. No es egoísta. No se encierra en sí misma a rumiar gozosamente su alegría. El Mesías está ya en su seno y ella es la “evangelizadora”, la portadora de la buena noticia de la salvación. ¿No es exactamente la actitud de Cristo, que viene a entregarse por los demás?

 

Esta es la misión de la Iglesia y de cada cristiano en su ambiente: llevar a Cristo, anunciar la noticia -hecha testimonio de vida en nosotros- de que Dios es el Dios-con-nosotros. Llevar esta noticia traducida en caridad a los más necesitados. Si nosotros celebramos al Dios que nace en Navidad, es para “darlo” también a los demás: a los hijos, a los padres, a los hermanos, a la sociedad que nos rodea, a la comunidad a la que pertenecemos…Sin esto, lo que se celebra es una Navidad, hueca, vana.

 

María es el símbolo de una Iglesia que debe ser apóstol y testigo de Cristo en el mundo de hoy. Celebramos que Dios es el Dios-con-nosotros. Y la consecuencia es doble: que nosotros queremos ser nosotros-con-Dios, pero también nosotros-con-los-demás.

 

MIRAD, María sólo hizo una cosa en su vida: ponerse a disposición de Dios. Y por ello fue Madre de Cristo y cumplió con una fidelidad exquisita el papel diseñado para ella, sin una protesta, sin una queja, sin una interferencia. Y todo ello porque se fiaba de Dios.

 

Porque se fiaba de Dios, María creerá que aquel Niño que nace pobre y desvalido, rechazado por la sociedad de su momento, es el “Esperado de los tiempos.

 

Porque se fiaba de Dios lo verá crecer y perderse en el Templo, cuidándose de las “cosas de su Padre”, aunque no entendiera a veces sus actitudes.
Porque se fiaba de Dios lo verá partir sin una queja y oirá de Él versiones desagradables e insultantes (sus propios parientes dijeron de Él que estaba loco).

 

Porque se fiaba de Dios estará sola y entera en el momento más doloroso para una madre: en el momento de la muerte del hijo y, en este caso, de una muerte atroz e insultante.

 

Porque se fiaba de Dios lo recibirá sin vida en su seno y lo acariciará con sus manos amorosas por cada una de sus heridas e intentando limpiar con su llanto sin límites, el recuerdo de la sangre de aquel cuerpo atormentado.
Porque se fiaba de Dios lo verá triunfante y glorioso, vencedor de la muerte, empezar una vida nueva que no acabará nunca.

 

Y porque se fiaba de Dios fue y es Madre de la Iglesia. Y mantuvo con su firmeza suave e inconmovible a los primeros Apóstoles, amigos de su Hijo, continuadores de su misión, hijos suyos también, a los que Ella amaba porque pretendían ser un reflejo fiel de Jesucristo.

 

María es el triunfo de la fe, de la entrega incondicional. María es el resultado de un salto en el vacío. NOS hace mucha falta tener cerca a María, porque la vida nueva que se anuncia en Navidad no es precisamente una vida “de color de rosa”.

 

La vida nueva que debe comenzar para un cristiano en Navidad, es una vida que, con toda su grandeza y su alegría, exige cambiar radicalmente hábitos y modos arraigadísimos de vida. Y si no es así, lo que se celebra- lo repito- es una Navidad, hueca, vana.

 

Si es que queremos ser verdaderos seguidores de Cristo, este cristianismo occidental que muchos tienen: de sofá, aburguesado, a plazo, porque primero son los cumplimientos y compromisos, tiene que cambiar. ¡Es que hay muchos cristianos que por solo manifestar que son cristianos son perseguidos en muchos lugares del mundo!

 

El Niño que nace y sonríe desde el precioso pesebre que hemos puesto en casa, con tanto cariño, se va a convertir en un Hombre exigente, que sólo va a admitir dos respuestas a los que quieran seguirle: Sí o No, sin términos medios.

 

Un Hombre para el que Dios va a estar por encima de cualquier interés, por encima incluso de la propia vida.

 

Un Hombre que pedirá a los suyos que amen a los otros hombres por encima del propio dinero y de las propias aspiraciones.

 

Un Hombre para el que la Ley se quedará pequeña y superada por el amor, que es la más exigente y radical de las leyes.

 

La vida nueva que se anuncia en Navidad es de tal magnitud, que cuando los primeros discípulos de Jesús la palparon de cerca explotaron sin poderse contener, en una exclamación de disgusto: ¡Qué duro es esto! Y es así. Por eso necesitamos a María para estar seguros de que, a pesar de que las exigencias de Cristo, son -como dijeron los primeros discípulos- duras, es posible aceptarlas, asimilarlas y vivirlas con alegría.

 

4) La cuarta: María es la prueba de la caridad. No tiene tiempo para entretenerse en otra cosa sino en el amor. Ni tiene tiempo para hablar demasiado o para teorizar sobre el amor… La prueba de la fidelidad a Dios es la caridad. El sí a Dios se contrasta y se demuestra con el sí a los hombres.¿Hay mayor alegría que esta?

 

María fue instrumento en manos de Dios para santificar a Isabel y al futuro precursor, el Bautista. Cuando nos ponemos a disposición de Dios es cuando demostramos que tenemos fe. Y esa fe se traduce en amor. Cada uno es lo que ama. El amor verdadero nace de Dios, atrapa todo el ser humano y lo transforma en otro Cristo, porque se da a los demás sin propagandas ni aparatos.

 

Cristo viene a enseñarnos lo que es el verdadero amor. Se ama al otro por sí mismo, no sólo porque está mandado, sino porque el otro reflejo de Dios. Sólo entonces, al amar, se prescinde de miras egoístas personales o colectivas. y se trasmite una caridad sincera y alegre.

 

Para esto ha venido Cristo: para hacer que todos los hombres digan “Padre nuestro” y que con sus vidas demuestren que en verdad los demás son hermanos. ¿Hay mayor alegría que esta? No. De ahí la expresión de San Pablo: «Estad alegres en el Señor…». Y es natural. Una vez que «el Verbo se hizo carne», con todo lo que esto supone, y que «pasó por la vida haciendo el bien», la tristeza no puede instalarse de continuo en el cristiano.

 

«Un santo triste es un triste santo», decía dolorosamente Santa Teresa. Por eso, como oro en paño, guardan aún sus monjas, en el convento de San José, unas alpargatas, unas castañuelas y unas chirimías, con las que la santa bailaba para alegrar su conventico. Ejemplos como los de la castiza santa castellana echan por tierra los ataques de todos los «Nietzsches» que han afirmado que el cristianismo es «una religión pesimista que entenebrece el mundo con su tristeza». ¡Mentira!

 

No podemos negar que ha habido y hay «aguafiestas» de tres al cuarto, que confunden «santidad» con «sequedad». Sé yo que, en seminarios y noviciados, más de una vez, se ha dudado de la «vocación» de quienes eran «demasiado abiertos, joviales y dicharacheros».

 

Y por el contrario, mucho clero y jerarquía parecen estatuas de piedra, con una sonrisa postiza, que solo se dedican a repartir estopa en vez de amor. Pero este tipo de gente si os fijáis, es inmadura y están casi de psiquiatra. No, el verdadero evangelio es alegría no lo dudéis.

 

Oídme una cosa y con eso acabo. Las tres virtudes teologales son cuatro: fe, esperanza, caridad y alegría. Lo que pasa es que muchos confunden la alegría con el follón, la gamberrada y otros sucedáneos aberrantes. Pero, claro, como decía Walton: «Nuestras alegrías no pueden ser ésas que obligan a nuestros amigos, a la mañana siguiente, a mirarnos avergonzados». Evidente. ¡La alegría que llevó María a su prima Isabel, ya os dais cuenta, era otra cosa! Por eso, la llamamos «Causa de nuestra alegría».
Así que a levantar los ánimos, a ser espontáneos y alegres y dejar de lado a los avinagrados que pierdan su tiempo. Nosotros fijémonos en María para no desperdiciar el tiempo y sobre todo el camino de la salvación.

 

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