Ecos del Evangelio

21 marzo, 2020 / Carmelitas
DOMINGO IV DE CUARESMA CICLO A 2020

¿SERÉ ACASO YO TAMBIÉN CIEGO, SEÑOR?

 

Hoy es un ciego quien comparte con Jesucristo el protagonismo del evangelio. Siempre, pero mucho más en la época en la que vivía Jesús, el ciego, como el paralítico, como el tullido, como el leproso, etc., eran mendigos, porque la religión y la sociedad creían que sus enfermedades eran producto de sus pecados, por tanto era excluidos de la sociedad y de la religión.

 

Pero al igual que la samaritana, el ciego tiene muchos seguidores consciente o inconscientemente. Es más, hay una ceguera a nivel social y mundial que espanta. Estamos rodeados de luces por todas partes, pero no hacen más que cegarnos la vista y el corazón. No hace falta que nos tapemos la ojos, ni nos pongamos gafas de sol, ya nos dan una suficiente dosis de atontamiento, a través de tantas luces cegadoras para dejarnos ciegos y que ni nos enteremos.

 

Y siempre vamos a para a lo mismo, cuando el hombre deja aparcado y desprecia su espíritu, se convierte en un autentico ciego, pero lo mas horrible es que le gusta, parece ser, no le importa ser ciego.

 

Amigos quien se arrima a la luz verdadera, Cristo, pasa del ir mendigando por el mundo, de ir tirando, de la rutina constante, a poder vivir autónomamente, por si mismo, sin que se necesiten báculos, ni lazarillos. Uno se mueve a la luz del día y en su camino no va solo: lo acompaña el Señor.

 

Si, el creer y seguir Cristo, supone adquirir la madurez de la que se carece. Estamos rodeados de niñatos con apariencia de adultos, que no solo nos manipulan exteriormente, sino que nos roban la luz interior. Y hay que liberarse de ellos .Porque Jesús vino a hacernos libres y solo quiere que le sigan personas libres, no autómatas, ni robots, ni fanáticos. Porque tanto los autómatas, los robots, como los fanáticos son ciegos, y esos son los que dirigen los destinos de nuestra sociedad y el mundo, y no pocas veces instituciones eclesiásticas. Y lo que el mundo necesita son personas libres.

 

Difícilmente encontraremos en el Evangelio de Cristo, normas, ni reglamentos sino más bien actitudes, metas altísimas que estimulan al hombre y lo lanzan hacia un Dios Padre que está atento no a la letra sino al Espíritu.

 

 

Por eso ni Jesús ni sus discípulos guardaban el sábado, porque sabiamente opinaban que no era el sábado para el hombre sino el hombre para el sábado; ni hacían las abluciones rituales antes de comer porque no es lo que el hombre toca, sino lo que el hombre alberga en su interior, lo que lo hace puro o impuro.

 

Por eso a Jesucristo no le importaba comer con los oficialmente «pecadores», porque eran ellos y no los «buenos» oficiales, los que lo buscaban y lo necesitaban imperiosamente.

 

Por eso no le importaba que una mujer como la Magdalena -que había pecado mucho, pero que había amado tanto- regara con sus lágrimas de mujer, consciente de sus pequeñeces, los pies que no habían sido lavados por el anfitrión que lo invitó a comer.

 

Por eso no le importó que aun cuando la ley mosaica mandaba lapidar a las adúlteras «in fraganti», aquella adúltera que estaba delante de Él saliera como nueva, sin recibir ninguna condena.

 

Por eso no le importó calificar a los fariseos como sepulcros blanqueados, ni enfrentarse a los herodes de su tiempo.

 

Por eso, no le importó hacer todo eso, porque Jesús era, fue, un hombre absolutamente libre que no conocía más que una norma: hacer la voluntad de su Padre, un Padre que es fundamentalmente amor y misericordia.

 

 

Y, por eso, a los suyos, cuando les dice que llegará un día en que los dejará, les promete enviarles no un Código, para que sepan exactamente lo que tienen que hacer en cada momento, sino el Espíritu que sopla donde quiere y de la manera más extraordinaria, y hará el milagro de convertir a aquellos hombres vulgares y corrientes, en hombres libres dispuestos a todo.

 

 

¿Los cristianos, en general, damos a los que no lo son, la sensación de que somos personas maduras o más bien niños pequeños aferrados a unos ritos y costumbres en los que estamos instalados y nos negamos a crecer?

 

¿Los cristianos, en general, damos la sensación de ser personas capaces de autonomía con respecto a lo que se lleva o está de moda, o todavía somos ciegos o tullidos que no pueden o no saben por donde andar, porque nos negamos a madurar en lo que significa seguir a Cristo?

 

*El ciego de nacimiento, cuando vio, confesó públicamente lo que sus padres no se atrevían: el poder y la acción de Jesús. ¡Cómo van a confesar muchos la luz del Señor, si prefieren marchar por túneles que conducen al desencanto, y al desenfreno, fruto de la ceguera espiritual!

 

*El ciego de nacimiento fue valiente, no le tembló el pulso a la hora de indicar que el causante de la recuperación de su visión era Jesús de Nazaret.

 

*El ciego de nacimiento fue agradecido, no sabemos si era pobre o rico, alto o bajo, prudente o primario, abierto o cerrado…..lo que si sabemos es que, Jesús, le proporcionó aquello que más necesitaba, la luz. Y no tuvo miedo de testimoniarlo aun delante de aquellos cabecillas de la religión.

 

 

Aquí la gran cuestión es preguntarse con honradez: ¿Qué pedimos a Dios, luz para conocer, o fuegos de artificio para disfrutar? ¿Comprender las cosas tal como son, o maquillaje para observarlas según nuestro propio interés? ¿Encontrar a Dios en el día a día de nuestra vida o simplemente un amuleto para cuando nos apetece o estamos en algún aprieto como el que estamos pasando? ¡Qué gran oportunidad esta pandemia, para sacar conclusiones para la vida y salir de las cegueras en que muchos están!

 

 

 

He de reconocer Señor, que :

 

Digo creer en Ti, y vivo como si no existieras.

Pretendo caminar por tus sendas y no palpo tu presencia.

Presumo de conocerte y apenas escucho tu Palabra.

Confieso que ¡nadie hay como Tú! y tiemblo cuando las dificultades asoman.

Abro los ojos ante el mundo y me cuesta decir que Tú lo mueves.

Digo con los labios que Tú eres la luz del mundo y me escondo en oscuridades peligrosas.

Rezo mirando al cielo, y a la vez me fío demasiado de las decisiones del mundo.

Soy pecador y, queriendo o sin querer, me las doy de justo y honrado.

Afirmo conocer todos los secretos y, a mis ojos se escapa lo esencial.

Conozco la ciencia y la matemática y no sé cómo encontrarte en mi vida.

Leo tu Palabra y, pienso que es para los demás.

Escucho tu Palabra y creo que no va conmigo.

Camino, subo y bajo, corro y avanzo y me tropiezo a cada instante dándome de bruces contra mis propias ideas y pensamientos.

 

Ser ciegos en el conocimiento de Jesús y en la vivencia de la fe, es una enfermedad ,una autentica pandemia. ¿Crees en mí? Nos pregunta Jesús en este domingo de la alegría. ¿Qué le contestamos? Si ahora si, ahora en esta situación que pasamos sí.

 

 

Empecemos por decirle:

 

¡Señor que te vea! ¡Y, luego, daré gracias por conocerte, por verte y por curarme de tantas dolencias que afectan a mi pensamiento, corazón, alma o espíritu!

 

¡Señor, que te vea! ¡Y, luego, dame la fuerza necesaria para defender tu señorío frente aquellos que dicen que, las cosas en la vida, ocurren por casualidad o por simple azar!

 

 

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