Ecos del Evangelio

9 marzo, 2018 / Carmelitas
DOMINGO IV DE CUARESMA CICLO B 2018

La vida de Dios llega a los hombres

 

No nos debe dar miedo de Dios. Si hay que temer a alguien es a nosotros mismos. No es Dios el que puede amargarnos la vida -ni ésta ni la futura-Cristo no vino a aguarnos la fiesta. Lo que nos puede perder es nuestra insensatez, nuestra resistencia a aceptarlo tal y como Él se quiere manifestar: como amor sin límites.

Nicodemo, a quien Jesús dirige las palabras del evangelio de hoy, era un fariseo. El partido fariseo era adversario del saduceo, al que pertenecía la mayoría de los sumos sacerdotes, los jerarcas religiosos que gobernaban el templo de Jerusalén y a los que los fariseos acusaban de ilegítimos. Por eso Nicodemo, después de la expulsión de los mercaderes del templo, vino a negociar con Jesús para establecer un acuerdo. El estaba dispuesto a aceptar que Jesús era un “maestro venido de parte de Dios”, pero quería que todo se desarrollara “dentro de unas normas”, dentro del orden que establecía la Ley.

Nicodemo propone a Jesús que realice su misión de acuerdo con ellos, actuando como maestro de la Ley de Moisés, que era, según las doctrinas fariseas, fuente de vida y norma de comportamiento para el hombre.

La respuesta de Jesús fue tajante: no es sólo una reforma de las instituciones religiosas lo que Yo propongo; según el proyecto de Dios, hay que “nacer de nuevo Nicodemo”, hay que crear una nueva sociedad formada por hombres nuevos .

“Nacer de nuevo” significa independizarse de un pasado, comenzar una experiencia y una vida. Cada uno somos el resultado de una historia personal, familiar y social; pero el pertenecer a un país de tradición cristiana, eso, no quiere decir que ya estemos en el Reino de Dios.

Para llegar a la meta que Dios ofrece a la humanidad, y a cada uno de nosotros, tenemos que renunciar a nuestras seguridades y replantearnos nuestras convicciones y nuestra fe.

El reino de Dios presupone un cambio de actitudes; consiste en comenzar a vivir en plenitud, dar a las cosas y a las personas y a la vida el valor que tienen para Dios, que es el que tienen en realidad. Presupone vivir en el amor sin fronteras.

El nuevo nacimiento sólo puede venir de Dios, es un don suyo. El hombre está incapacitado para conseguirlo, porque ese nuevo nacimiento está por encima de sus posibilidades. De ahí la necesidad de la pobreza, de la sencillez, en todo aquel que quiera hacer la experiencia del reino de Dios: es pobre el que tiene conciencia de su incapacidad y se deja ayudar. Y de aquí la imposibilidad de todos los tipos de riqueza -cultural, económica y espiritual… para descubrirlo. La riqueza hace a la persona autosuficiente, engreída, orgullosa, ambiciosa, etc.

Dios no nos pide que nos quitemos la cabeza para conectar con Él, no nos pide que no pensemos. Únicamente desea que nos quitemos el sombrero de nuestra suficiencia, única forma de ir llegando al conocimiento de su Reino.

Nicodemo pensaba que el hombre podría realizarse en plenitud por su fidelidad a la ley. Jesús afirma que el hombre necesita la ayuda de Dios: sólo se realiza en el amor. Y el amor es Dios.

La Ley, explica Jesús a Nicodemo, ya no puede desempeñar las funciones que se le atribuían en la doctrina de los fariseos. De hecho, no había cumplido esas funciones en el pueblo de Israel, pues no había sido capaz de impedir que la más importante de sus instituciones, el templo, se hubiera convertido en instrumento de manipulación, de mangoneo y de opresión a los pobres y sencillos ¡en nombre de Dios mismo! , por parte de aquella casta religiosa, que era una autentica gentuza.

La vida de Dios llega a los hombres por un cauce totalmente distinto: por un hombre, el Hombre “levantado en alto”, colgado en una cruz a la que lo llevará la fidelidad y la lealtad en el cumplimiento de su compromiso de amor con toda la humanidad.

De este modo, y solo de este modo, todo el que decida asumir esa forma de vivir y de morir (morir por amor, gastar la vida amando), nacerá de nuevo y obtendrá la “vida definitiva”. Y, de ese modo, el Hombre “levantado en alto”, el Mesías crucificado, será la norma de comportamiento para todos los que quieran caminar iluminados por Dios, para todos los que elijan la luz y abandonen la oscuridad de un mundo organizado en contra de la voluntad de Dios y de la felicidad del hombre.

“Porque así demostró Dios su amor al mundo, llegando a dar a su Hijo único, para que todo el que le siga tenga vida definitiva”. Un Dios así era y es inconcebible para los que habían vivido y viven solo pendientes de la normas y requisitos.

La Ley, además de indicar qué era lo que el hombre debía hacer y qué lo que le estaba prohibido, establecía también el castigo que correspondía a los que violaban sus mandatos. La Ley era para el hombre una constante amenaza de castigo.

Pero Dios NO ES, NO HA SIDO NUNCA (aunque así nos lo hayan enseñado, y por desgracia muchos lo siguen enseñando), una amenaza para los seres que más ama, para los hombres. Y por eso ha decidido revelarse y manifestar su gloria en el amor de Aquel hombre que llevó su compromiso hasta la entrega de su propia vida.

Y en lugar de prometer un cielo para los que se porten bien y de amenazar con un infierno para los que se porten mal, envía a su Hijo para que nos descubra el infierno en que muchos han convertido la tierra, y nos enseñe a construir el cielo aquí y ahora.

Y dimite de su función de juez supremo y nos traspasa a nosotros la responsabilidad de decidir y de escoger entre salvar y condenar nuestra vida y nuestro mundo: “Porque no envió Dios el Hijo al mundo para que dé sentencia contra el mundo, sino para que el mundo por Él se salve.

Es que para mantener el desorden que muchos se empeñan en llamar orden es necesario un Dios que mande mucho y que amenace más; para que sus amenazas produzcan efecto y las personas sean sumisas y no rechisten. Ese es el Dios que muchos necesitan y otros muchos predican: un Dios justiciero y condenando día y noche, y ese no es el Dios que nos trae Cristo, lo siento.

Él no nos impone nada, solo nos lo ofrece, y no solo de palabra, sino con su propia vida. Después cada uno deberá escoger y ponerse del lado del crucificado o de sus asesinos; y elegir, para sí mismos y para el mundo: la salvación del amor de Dios o la ruina en que se convierte el mundo cuando deja a Dios de lado.

Pero ¿qué miedo va a dar un Dios que se manifiesta en un hombre clavado en una cruz, producto de una entrega por amor infinito e incondicional al hombre? Pues aun así, todavía se predica por una casta sesuda del clero, un Dios que mete miedo y condena continuamente.

Contemplemos el alma de Dios y, conociendo el sufrimiento de Cristo, nos daremos cuenta que el amor de Cristo al hombre es –entre otras cosas- locura y pasión, nunca imposición y condena.

Repasemos nuestro amor mirándonos en el espejo del de Cristo y nos daremos cuenta que nuestro amor-muchas veces- lo damos a pequeños sorbos, interesado, limitado, reducido a los que queremos y con las cotas que instalamos a según quién y a nuestra manera.

 

¿PARA QUE TANTO AMOR HACIA NOSOTROS, SEÑOR?

¿Por qué tanto empeño en salvarme, cuando a veces pienso que yo me sobro y me basto?
¿Por qué una cruz, si seguimos sin mirar al cielo?
¿Por qué un corazón tan blando, cuando el nuestro es tan severo?
¿Para qué un estandarte de amor en Jesús, si nos vamos por lo placentero?
¿Por qué tanta generosidad, si encuentras cerrazón?
¿Para qué tu cuerpo, si no lo saboreamos con fe?
¿Por qué tu sangre, si frecuentemente no le damos valía?
¿Para que una pasión, si vivimos sin compasión?
¿Para que un calvario, cuando preferimos la vida fácil?
¿Para qué subir a Jerusalén, si preferimos los felices valles?
¿Para que Cristo en la cruz, si elegimos todo menos la cruz para seguirle?
¿Para qué alzar la mirada, cuando nos seduce simplemente la mundanidad?
¿Para qué, Tu, oh Dios, te desprendes de lo que más quieres, si somos insensibles?

 

Muchas preguntas, Señor, para una única respuesta: todo lo haces, por el gigantesco y descomunal amor con el que Tú nos amas, Señor. ¿Hay mayor felicidad que esa? Para mi no, sin ninguna duda.

 

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