Ecos del Evangelio

31 marzo, 2019 / Carmelitas
DOMINGO IV DE CUARESMA CICLO C 2019

EL PADRE MISERICORDIOSO

 

La parábola, mal llamada del hijo pródigo, que acabamos de escuchar, no es sólo la síntesis de todo el Evangelio, sino también, también la explicación de nuestra vida, de nuestra historia. Es posible que sea demasiado simplista dividir a los creyentes en dos grupos: los imitadores del hijo menor y los del hijo mayor. Pero lo que no se puede negar es que encontramos en la Iglesia los dos comportamientos, como también, es verdad, que hay que afirmar que se encuentran quienes se proponen llegar a tener los mismos sentimientos del Padre celestial.

 

 

* EL HIJO MAYOR ES EL PROTOTIPO DE:

-Los que siempre obedecen…, pero piden preferencias…

-Los que cumplen bien todo lo programado…, pero pretenden recibir recompensas, privilegios y celebrar la fiesta cristiana solo con sus amigos…

-Los que están satisfechos porque “no se van de casa”…, pero no quieren recibir a los que se han marchado…

-Los que todo lo hacen bien…, pero no saben acoger a los que se han equivocado…

-Los que proclaman la justicia, la ley, la equidad, el derecho…, pero les falta generosidad, capacidad de perdonar y de darse sin pedir nada a cambio…

-Los que se proclaman firmes, seguros, constantes…, pero no se dejan aconsejar, ni admiten haberse equivocado, ni aceptan los consejos del Padre celestial…

-Los que actúan como los “fariseos” y los “letrados” que lo saben todo y lo cumplen todo…, pero se sienten ofendidos al ser invitados a compartir con los “pecadores”…

-Los que, por ser prudentes, se convierten en calculadores, incrédulos, que no se fían de los demás…, por eso les falta espontaneidad, naturalidad, sencillez, ingenuidad evangélica…

-Los que, por sentirse buenos, son capaces de reprochar a nuestro Padre Dios el comportamiento comprensivo y misericordioso con el hermano, echándole en cara al padre no haberle dado… ni un cabrito… para su fiesta particular.

 

 

* EL HIJO MENOR ES EL PROTOTIPO DE

-Los que, con un corazón exigente, piden talentos, dones, bienes, sin la mas mínima consideración y educación para con Dios y se van a derrocharlos: viajes, lujos, placeres, satisfacciones, materialismo y desenfreno, como una gotera que nunca se repara…

-Los que exigen a los otros y se olvidan de la educación, de la delicadeza de trato…

-Los que gastan la vida en lo que sea, sin criterios, sin metas, sin discernimiento, a lo loco, como indigestiones de vivir…

-Los que planifican la existencia desde el goce materialista, hedonista, sibarita…

-Los que se meten en el “mundo” sin principios, ni criterios y se dejan despersonalizar míseramente…

-Los que se dejan robar los valores personales y cristianos por los que les ofrecen apariencias, espejismos y falacias, aprovechándose de ellos y engañándolos y convirtiéndolos en robots.

-Los que se dejan robar la dignidad humana, hipotecando la libertad, contratándose por lo que sea…

-Los que no son capaces de arrepentirse, reconsiderar la vida, volver a comenzar de nuevo…

 

 

* SENTÉMONOS TODOS A LA MESA DEL PADRE

-Seamos capaces de dar un abrazo, lleno de misericordia a todo el mundo y de recibirlo sin pasarle factura

-Que nos conmovamos de verdad y dejemos todo por ir en ayuda de quien quiera volver y démosle la bienvenida…

-Que sepamos vestir al desnudo, dar de comer al hambriento, hospedaje al que no tiene techo, hacer que todo lo nuestro sea para los demás y esté a su disposición.

-Que sepamos hacer fiesta, gozar con el que se siente recuperado.

-Que sepamos dar la fraternidad a quien sólo nos pide ser jornalero.

-Que olvidemos lo pasado y creamos en las ilusiones y proyectos de todos juntos.

-Que hagamos fácil el arrepentimiento y confesión de los pecados de los demás..

-Que sintamos que nuestra vida se alegra cada vez que alguien decide rectificar.

 

 

* POR ESO, CRISTO , COMO BUEN HIJO,ES HERMANO DEL MAYOR Y DEL MENOR:

-Del que se queda y del que se marcha.

-Del que persevera y del que abandona.

-Del que tiene mentalidad diferente, esquemas y modelos de vida diferentes.

-Del que reconoce que no se equivoca y del que admite haberse dejado engañar.

-Del que se atreve a decir “…ese hijo tuyo…” “y del que insinúa: “…como a uno de los jornaleros”.

-Del que está en la abundancia y del que sufre necesidad.

-Del que se ha anquilosado y del que reconoce que debe volver a comenzar de nuevo.

-Del que se ha estancado y del que se decide a ser sincero, auténtico y confesar su culpa.

-Del que no sabe tratar a su Padre celestial y del que vuelve a Él confiado, pobre, convertido.

 

Cristo es hermano del mayor y del menor. Por eso se dejó crucificar y murió en la Cruz: Para conseguir que los dos hermanos se sienten a la mesa y tomen parte en el mismo banquete de fiesta preparado por el Padre.

 

«Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.» Si se pusiera en práctica sólo este renglón del evangelio, os aseguro que transformaría el rostro de la Iglesia. Por que se entendería perfectamente que es amar, es decir, perdonar de verdad.

 

Perdonar no es el simple olvido del pasado, ni tampoco un gesto que humilla a quien lo solicita. El perdón es la vuelta al amor, a un amor mucho más profundo y maduro, aceptando al otro como es .El perdón es la síntesis de dos amores: un amor que espera y un amor que renace.

 

El perdón de los pecados en el pensamiento de Jesús, es mucho más que recibir la absolución del sacerdote. Es la fiesta de la reconciliación de toda la comunidad. Así se comprende lo del padre de la parábola: abrazos, besos, fiesta. Su hijo ha renacido: por eso lo viste, lo calza, le entrega su anillo. El padre «viste» a su hijo como «hijo», lo reconoce persona, hombre digno… porque supo volver.

 

Veamos, pues qué implica reconciliarse según Jesucristo:

–Implica dejarse amar. Esto parece fácil y, sin embargo, es lo que más nos cuesta, como le costó a aquel hijo. Creer en los demás, eliminar los recelos, distancias y las apariencias y las sonrisas postizas.¡Cuánto formalismo y etiqueta, pero qué poca espontaneidad y calor! Hay miedo a amar y ser amado. Desconfiamos del cariño y del gesto afectuoso.

 

–Implica transformarse en un hombre nuevo. Así lo explica Pablo en la epístola de hoy: «Lo antiguo ha pasado; lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo….» Todos sabemos del descrédito del sacramento de la «confesión». ¿Para qué confesarse, si después todo sigue igual? Y, sin embargo, qué distinta la mentalidad del evangelio: reconciliarse es un gesto responsable, bien pensado. Es “dejar lo antiguo”, sintiéndose capaz de vivir lo nuevo. Esto no tiene nada que ver con ciertos arrepentimientos que duran un minuto, cerrando los ojos, mientras se cogen la cabeza entre las manos…, pero después nada cambia en la vida.

 

–Implica celebrar una gran fiesta. Es lo más llamativo de la parábola y lo que provocó la protesta del hermano mayor. ¿Fiesta de reconciliación?, Eso es lo que gritan los hipócritas de todos los tiempos, que enlutan los templo con sus recelos.

 

 

Conclusión: Hace tiempo que estamos hablando de «cambio en la Iglesia». Y hemos cambiado muchas cosas. Pero…

¿y el cambio «en» las relaciones entre los que la forman?

¿Cambia la Iglesia en sí misma, como comunidad de hermanos, como familia, como pueblo?

¿Y todo lo que se hace, expresa realmente esta vida de comunidad, ese respeto por el otro, esa espera confiada?

¿Somos el gran signo de reconciliación de los hombres, de un amor sin barreras, de una liberación que comienza en el interior de nuestro corazón?

 

Los cristianos de este siglo estamos en una encrucijada. Nos enfrentamos hoy con este evangelio que nos obliga a reformarnos a nosotros mismos, los de «dentro», los que siempre han creído que eran familia de Dios por el simple hecho de estar bautizados, pero sin amor están afuera.

 

Si no se es capaz de llamar y tratar como «hermano» a quien se han alejado de nuestro lado porque no piensa o no obra como yo, no soy cristiano aunque este bautizado. He aquí la paradoja de esta parábola: que nadie se sienta tan afuera ni tan adentro…

 

Este evangelio destruye de cuajo toda forma de autoritarismo o paternalismo, destruye las clases sociales dentro de la comunidad, las superioridades y las inferioridades. Y es una llamada a asumir con responsabilidad y madurez nuestro papel en la reconstrucción de la familia humana. Con respeto. Con libertad. Con amor. Sin prejuicios y sin juicios. Sin condenas.

 

Severos con nuestra propia conciencia, llamándonos permanentemente al cambio, a la conversión. Y comprensivos con los demás: llenos de solicitud, de cariño, de ternura.

 

La Iglesia es la fiesta de los que se reencuentran… A ella, como dice Pablo, «se le encargó el servicio de reconciliar…, de acoger , de amar».

¿Nos daremos cuenta alguna vez?

¿Y nos atreveremos entre todos a formar la familia que debe ser toda comunidad cristiana?

 

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