Ecos del Evangelio

24 enero, 2018 / Carmelitas
DOMINGO IV T.O. CICLO B 2018

¿QUÉ SIGNIFICA ESTE NUEVO MODO DE HABLAR?

Jesús fue un marginado en su origen y en su fin. Para nacer, la sociedad le mandó a una “cueva”. Para morir, la sociedad le echó “fuera”, al patíbulo de una colina, para que no aguara las fiestas. Y es que igual que antes, ahora, en la sociedad no hay sitio para los marginados y los arroja fuera, hasta que los  necesita  para justificar algún programa social o acuden a ellos las diferentes ideologías  para cuando llega la hora de las elecciones.

El marginado rompe el ritmo de la sociedad porque no puede seguirlo, distorsiona y amenaza la seguridad ciudadana de la gente “decente” por su vital necesidad de subsistir como sea; por eso la comunidad sigue su camino y le abandona, por peligroso, echándole encima el peso de la ley o las fuerzas de seguridad y… basta.

Y sin embargo, Dios los ama con bondad preferente, con bondad “incomprensible”. Dios los ama porque están “fuera”, y la bondad incomprensible de Dios es el motor de la actuación de Jesús tomando partido por los débiles.

Por eso, en el fondo, la conducta de Jesús escandaliza y el Evangelio irrita a “los buenos”, porque claro, han hecho muchos meritos y creen que  se pueden “apropiar” de Dios. Jesús hablaba y actuaba, nos dice hoy el evangelio con autoridad, y lo hacia, porque su autoridad brotaba de un amor sin limites, sin atisbo de egoísmo ni condicionamiento alguno .De ahí que no tengo duda, de que muchos de los que se creen buenos, no tendrían ningún reparo en reabrir el proceso a Jesús, porque en el fondo les irrita su manera de actuar.

El Evangelio, pues, vuelve a ser más vinagre que aceite sobre la llaga, un jarro de agua fría sobre la poltrona en la que nuestra sociedad y gran parte del clero ha acomodado sus vida…, el Evangelio, más que paz, es aguijón, e incordio. La paz que Jesús enarbola, como distintivo, después de resucitado, es la paz que brota de la superación de las diferencias entre los hombres, mientras que la paz que los hombres cultivamos es la que consagra las diferencias sociales.

Si para muchos que se dicen cristianos, la conducta de Jesús es escandalosa, para Cristo, los modos y maneras de actuar de muchos y entre ellos cristianos,  son esperpénticos y decepcionantes.

De ahí que la “realidad asombrosa de la presencia del Reino de Dios aquí y ahora” desemboque en este inexorable desafío: o actuamos como Cristo, con su mismo estilo de vida, o estamos engañándonos y traicionando el Evangelio que el predicó y vivió.

El evangelio de hoy subraya el impacto que producía en la gente la enseñanza de Jesús. Nos dice que le escuchaban asombrados y que después, se preguntaban los unos a los otros: “¿Qué es esto?, o ¿qué clase de hombre es éste?, y ¿qué significa este nuevo modo de hablar?” Si hemos perdido la capacidad de admiración y de asombro ante Cristo, tenemos un gran problema de fe.

Cuando se escucha el evangelio de Jesús sin asombro, como quien oye llover o como si no fuera ya una buena noticia, se pueden tener creencias, pero NO una fe viva que mueva las montañas. De ahí que un cristianismo convencional sea un producto de una generación que ha perdido la capacidad de asombrarse ante el evangelio.

En este mundo desencantado y aburrido en el que lo esencial no llama la atención, sino lo efímero; en este mundo saturado de conocimientos y noticias en el que priva la razón instrumental y utilitaria -“para qué sirve esto”, “cómo se hace aquello”, etc.- y se marginan las preguntas por el significado y el sentido de la vida, se comprende que el evangelio pase sin pena ni gloria. Pues la gente no conecta con el evangelio, y, por tanto, no se asombra.

Pero hay otras causas, y no quiero dejarlas pasar, porque afecta a gran parte del clero: y es que  no poca parte del clero enseña como los letrados y los rabinos y no como Jesús.

-“…porque no enseñaba como los letrados”, dice el evangelio: En el sermón de la montaña, Jesús recuerda a sus oyentes la enseñanza tradicional que impartían los rabinos: “Habéis oído (en las sinagogas) lo que se dijo a los antiguos…” e, inmediatamente añade: “Pero yo os digo…” La diferencia, la antítesis, más que en los contenidos está en el modo de enseñar.

Los letrados y rabinos enseñaban en Israel por oficio. Y su oficio era comentar la Ley y las tradiciones de los mayores, leer lo que estaba escrito y repetirlas como papagayos para tener controlada a la gente. Su magisterio era conservador, legalista y ritualista.

 

Los rabinos conservaban muy bien la letra, pero se olvidaban del espíritu, y la letra sin espíritu mata, mata también de aburrimiento. Por eso no asombraban a nadie. Como veis la cosa parece que no ha cambiado muchos.

-“…sino con autoridad”. Jesús, en cambio, sin tener ninguna licenciatura, atraía a las muchedumbres y era un auténtico escándalo, que levantaba el asombro y la polémica, la fe y la contradicción. Los que creían en Él decían: “Tú tienes palabras de vida eterna”. Y los que no creían le llamaban loco y endemoniado. Porque Jesús no enseñaba como los letrados.

La persona de Jesús no era sólo el soporte o el vehículo de una tradición, de unas verdades tradicionales, sino que se presentaba como Verdad viva y palpitante, como Palabra encarnada. Lo que Él decía, podían verlo en sus obras. Por eso maravillaba, por eso tenía autoridad, por eso era noticia.

Jesús hablaba con autoridad, no autoritariamente y esto mucho clero aun no lo ha aprendido o no lo quiere aprender. No sentaba cátedra sino que daba testimonio. Se mostraba como una luz que se enciende, que sirva a todos los que quieren ver, pero que no se impone: “El que tenga oídos para oír -decía- que oiga”. Y no mandaba caer fuego del cielo para los que no le escuchaban. Porque el que se opone a la verdad ya tiene su castigo.

¿Cómo enseñamos nosotros el evangelio?. Es una pregunta que debemos hacernos constantemente. Pues nuestra misión como cristianos consiste en enseñar el evangelio, en manifestarlo al mundo, en hacerlo ver con palabras y sobre todo con obras, con nuestro testimonio de vida.

A diferencia de Cristo, que es la Palabra de Dios, la Iglesia ha de escuchar antes de ponerse a hablar. A ver si nos enteramos, que ya va siendo hora. Y ha de cuidar mucho de no decir en nombre de Dios lo que no es Palabra de Dios. Como testigos del Evangelio, los cristianos y el clero deben evitar siempre “hablar en nombre de dioses extranjeros”; es decir: en nombre de intereses ocultos, de grupos de presión eclesiásticos, de los que van de salvadores en vez de servidores,¡y anda que no abundan!

Porque “el profeta que tenga la arrogancia de decir en nombre de Dios lo que Dios no le haya mandado es reo de muerte”. Pero, además, si queremos enseñar como Jesús -que es lo que debemos hacer siempre- debemos practicar lo que enseñamos, para que el evangelio sea noticia en nuestras vidas, para que sea tradición viva y vivificante, y no una simple doctrina enlatada o custodiada en el depósito de la ortodoxia.

Pidamos a Dios, en este domingo, que nos haga descubrir su fuerza en las entrañas de nuestras personas. Que, allá donde estemos, se nos crea –no solo por lo que decimos- sino por la forma de situarnos ante los acontecimientos, por nuestro talante conciliador, por nuestra acogida y respeto a los demás, por el “aire nuevo” que damos a tiempos de conflicto o situaciones delicadas.

El mejor piropo que podemos escuchar de nosotros, es precisamente éste: a esta persona, se le nota que tiene algo. Ojala “ese algo” sea un Alguien: JESUS.

El evangelio de este domingo, en definitiva, es una invitación a meternos en la piel de Jesús y participar de sus mismos sentimientos. Sólo así, podremos hacer auténtico, firme, real y convencido, nuestro empeño evangelizador. Comparto con vosotros las siguientes ideas, que pueden ser de vuestro interés.

 

¿COMO SE HABLA CON AUTORIDAD?

  • Ante la palabrería barata, la Palabra de Dios.
  • Ante la Palabra de Dios, los oídos y el corazón abiertos.
  • Ante la incoherencia, la búsqueda de Dios.
  • Ante la rutina, la novedad del Evangelio.
  • Ante “lo de siempre”, el soplo del Espíritu.
  • Ante la desazón en la evangelización, la vivencia profunda de la fe.
  • Ante las dificultades para hablar de Dios, la seguridad de que Él nos acompaña.
  • Ante el sinsentido de muchas palabras, la fortaleza de la Palabra de Dios.
  • Ante la superficialidad, el deseo de andar con Dios.
  • Ante el riesgo de ser funcionarios, la alegría de nuestra vocación.
  • Ante el “decir” y “no hacer”, la conversión sincera.
  • Ante el rito repetitivo, la consciencia de lo qué se hace.
  • Ante lo postizo, la autenticidad de nuestra vivencia cristiana.
  • Ante la moda, ser coherente con lo que pensamos.
  • Ante lo que se quiere oír, decir lo que se debe decir, moleste a quien moleste.
  • Ante el riesgo de “querer quedar bien”, ser honesto con uno mismo.
  • Ante la cobardía de la fe, la valentía para profesarla.
  • Ante el autoritarismo de mucho clero que se creen con poder, la autoridad que se nos ha concedido, que nos es otra cosa que servir.

 

Espero que quede claro, por lo menos yo lo tengo.

 

¡Ay, después de 2000 años, que lejos estamos aún del evangelio! ¿Y queremos dar lecciones a los demás? Me río por no llorar. Empecemos antes por ser evangelizados, que falta hace, antes de evangelizar a nadie.

 

 

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