Ecos del Evangelio

30 enero, 2021 / Carmelitas
DOMINGO IV T.O. CICLO B 2021

¡Éste habla con autoridad!

 

 

Hoy como en tiempos de Jesús, ser profeta, es decir, ser cristiano, es ir contra corriente, y esto, mientras antes lo asumamos mejor, porque entonces es cuando estaremos en el buen camino. Y entonces, sólo entonces, nuestra palabra será una palabra con autoridad, porque procederá ni más ni menos que del evangelio vivido.

 

No, no es fácil anunciar y defender que la vida se inicia en las primeras semanas del seno de una mujer.
No resulta fácil defender la vida, incluso cuando la vida ha dejado de servir a los demás.
No resulta fácil diferenciar los planos de una ética justa y moralmente buena y que dignifique, frente a una ética a la carta que degrada hasta lo más profundo al ser humano.
No resulta fácil enfrentarse al mal, cuando hay muchos palmeros que lo aplauden como bien y como conquista de los nuevos tiempos.
No resulta fácil en definitiva, ser valiente y decir lo que uno piensa sin riesgo de ser tachado de antiguo, carca o insociable.

Jesús comienza en la sinagoga de Cafarnaúm, la revolución de la que hablábamos la semana pasada. Y desde el inicio comienza también, la extrañeza ante su enseñanza: ¡Éste habla con autoridad!

 

La Palabra de Jesús se notaba que no era enlatada, no sonaba a hueca, a ese sonido de música metalizada que tantas veces interpretan medios sintetizadores con mucha técnica pero sin alma humana.

La Palabra de Jesús, lejos de haber sido memorizada, vibraba con una fuerza que le acompañaba desde su interior y que se proyectaba en el rostro. Era y es un Maestro de pies a cabeza. Vivía lo que decía. No era letrado, no era docto. Entonces, ¿de dónde le venía la sabiduría? ¿De dónde procedía tan alta elocuencia celestial y a la vez terrena? Pues de 4 actitudes

1. De su convencimiento.
2. De su aceptación del plan de Dios.
3. De su trato asiduo con Dios.
4. De su coherencia entre lo que decía y lo que vivía.

¿Queréis más razones? Exactamente lo que necesita un cristiano para que lo sea, y no sólo para que se llame cristiano.

 

¡No, la palabra de Cristo , no era ni es una palabra congelada y dicha con un rostro postizo .Cristo vivía lo que decía, por eso producía esperanza, paz, perdón, amor y sosiego. Tal vez Cristo, si hoy apareciese y lo hiciera de igual forma que en Cafarnaún, muchos nosotros exclamaríamos: ¡Esto ha sido un sermón de campanillas!

Hacen pensar las palabras del escritor anarquista Armand Robin, por lo que de profetismo han tenido para nuestra sociedad: «Se suprimirá la fe en nombre de la luz, después se suprimirá la luz. Se suprimirá el alma en nombre de la razón, después se suprimirá la razón. Se suprimirá la caridad en nombre de la justicia, después se suprimirá la justicia.

 

Se suprimirá el espíritu de verdad en nombre del espíritu crítico, después se suprimirá el espíritu crítico».¿Es que no estamos en esto por parte de los poderes públicos y por parte de muchos cristianos?

 

Amigos, el Evangelio de Jesús no es algo superfluo ni para cada persona, ni para una sociedad que está al borde del precipicio.

 

A nuestro Dios no le va eso de quedarse lejos, inaccesible. Sabe que la demasiada distancia y el excesivo misterio acabarían abocándonos al miedo, y el miedo nunca fue buen consejero, ni motor capaz de empujarnos a empresas que valgan la pena.

 

A nuestro Dios le va la cercanía. Quiere que lo conozcamos, que sepamos cómo es por dentro, lo que piensa, lo que espera de nosotros. Quiere irnos abriendo el verdadero sentido de las cosas y de la vida. Quiere que sepamos que nos tiene muy cerca de su corazón. Por eso decide hablar, comunicarse.

 

 

Quiere ayudarnos a que consigamos ser felices.

 

Pero el pueblo, la gente y muchos cristianos a lo largo de la historia y en la actualidad, no aguantan el sonido directo de su voz. Muchos al verse desenmascarados y retratados por su Palabra, prefieren mirar para otro lado. Prefieren seguir en la rutina, y en la casuística en que han convertido su fe.

 

No tenemos claro, o preferimos olvidar, que por ser cristianos somos profetas. Es decir, estamos llamados a hablar en nombre de Dios, pero para eso, hay primero que aceptarlo y vivir su Palabra. La tarea de profeta no está reservada a un número reducido de escogidos. Todo cristiano debe ser profeta de Jesús. Todos los que creemos en Él, estamos llamados a proclamarlo, sobre todo con el lenguaje de los hechos, con el testimonio de nuestra vida. Pero el testimonio de vida no existirá si no es la consecuencia de la oración y la Eucaristía.

 

Y hoy, el Señor, nos invita a hablar claro y dar la cara por Cristo, expulsando en primer lugar de nosotros mismos los espíritus inmundos. ¿O es que pensáis que hoy ya no existen? ¿Qué nombre tienen esos «espíritus inmundos», esas fuerzas, que nos poseen? Los hay de todos los colores. Vamos a citar algunos:

 

LA DESESPERACIÓN: creer que la vida no tiene sentido, que no hay nada que hacer, que todo es malo. Por tanto paso de todo y de todos, incluso de Dios.

EL TRIUNFALISMO: es el extremo contrario; es creer que el mundo es un paraíso, que sin sembrar van a nacer flores. Que la vida cristiana puede existir al margen de la cruz. Que el seguimiento de Cristo es un camino de rosas.

LA EVASIÓN: dejar el trabajo para los demás. Pretender el derecho de ser llamado ciudadano sin tener que ejercer ningún deber en bien de la comunidad..,eso si, reclamar todos los derechos. Dar consejos pero sin arrimar el hombro.

LA RUTINA: ser esclavo del propio pasado y de las propias costumbres, sin madurar ni renovar nuestra fe con la formación en la Sagrada Escritura, que es lo esencial.

 

¡Cuántas palabras para no decir nada!, porque no salen del corazón, sino del estómago o del bolsillo o de la conveniencia del momento.

¡Cuántas palabras para no comunicar nada!, porque están interesadas en vender, en hacer negocio, en sumar votos, en halagar, insultar, gritar, imponerse, ganar. Faltan personas de palabra y sobran chaqueteros y mesías con pies de barro, que dan autentica pena y bochorno solo escucharlos.

 

Necesitamos tener el coraje, y sobre todo el poder de la Palabra, cuando se trata de defender al hombre de todas las esclavitudes frente a quien sea. Porque ahí fuera, aquí mismo, hay esperando gente que tiene hambre, mucha hambre de Dios, aunque no lo diga, ni la manifieste. Y esa gente tiene derecho a que le demos trigo limpio. Esa gente tiene derecho a que les ayudemos a escapar de los demonios que los esclavizan.

 

 

Hay que dejarse guiar por Cristo, porque solo Él, es quien puede conducir y empujar a buen puerto el navío de nuestros días.

Aprendamos a descubrir su presencia, para que nunca falte el aliento a nuestros pasos.

Necesitamos escuchar su Palabra, para remedio de nuestras débiles obras y su consejo en las noches de incertidumbres.

Necesitamos hacer nuestra su autoridad, para que nos acompañe en nuestras luchas y nos arrope en nuestros proyectos.

• Démonos cuenta de que en Cristo, está la fuente de nuestra inspiración; la semilla que nuestras manos deben sembrar; el fuego con el que debo prender el mundo de su amor.

Descubramos que Cristo está esperando a la puerta de nuestro corazón. Aquel que, en el silencio habla y en el amor tiene su último y mejor mensaje. Aquel que, cuando se le llama siempre responde, aunque a veces pensemos que no nos escucha. Aquel que, cuando se le arroja fuera del mundo, sigue aguardando con las manos tendidas y abiertas.

 

No, no hay ninguna duda: el hombre es asunto de Dios, pero si nosotros no testimoniamos que Dios es asunto de los hombres ¿quien lo hará?

 

No, amigos, llegó la hora de dejarse de excusas y justificaciones, porque en no pocos se nota demasiado. ¡Vamos se les nota a distancia!

 

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