Ecos del Evangelio

28 enero, 2017 / Carmelitas
DOMINGO IV Tiempo Ordinario. CICLO A

Todavía quizá están en nuestra retina las imágenes de la Navidad: un niño que nacía en medio de pañales, adorado por pastores, y reverenciado por los magos. Pero al domingo siguiente ya lo veíamos de adulto, bautizado en el Jordán por el Bautista. Y a partir de entonces comenzaba su misión.

Los cristianos, cuando nos reunimos los domingos en el nombre del Señor, es porque-se supone- que queremos conocer y llevar a la práctica el programa de Jesús. Pues su programa nos lo pone hoy delante: las bienaventuranzas, que son el resumen de todo el evangelio.

El mensaje de las bienaventuranzas supone no quedarnos con fe solo de labios o como meros espectadores en el patio de butacas en el que, muchas veces, se convierte los bancos de no pocas iglesias. Cada domingo, al sintonizar con el programa de Jesús, debemos intentar asumir los valores y la forma de vida que nos presenta las bienaventuranzas.

Era fácil (aunque no para todos porque muchos ni se enteraron) doblar la rodilla ante el recién nacido, cantarle villancicos, celebrar su llegada con luces, árboles, pesebres y dulces. Pero, Jesús, no vino a nosotros para eso. Trajo bajo su brazo una propuesta de salvación: la felicidad que Dios quiere para nosotros se alcanza viviendo consecuentemente como hijos de Dios.

Ahora, cuando vemos cómo Jesús crece, que ya no llora, sino que habla y se sienta enseñando como un Maestro ,debemos de comprender que su mensaje va en serio. Que la vida de un cristiano no puede quedar reducida a un figurar en el libro de bautismos o de bodas, o a celebrar la Eucaristía , sino que todo lo anterior nos debe llevar a estilo de vida que Él nos enseña con la suya.

Las lecturas de hoy nos quieren convencer de que la mentalidad de Dios no es como la nuestra, que su escala de valores no coincide ni de lejos con la de este mundo.

Ya el profeta Sofonías invita al pueblo de Israel a la moderación, la pobreza, la humildad, la honradez, la búsqueda de la paz y la verdad. Dios no aprecia a los ricos y pagados de sí mismos, a los que confían en sus propias fuerzas. El “resto de Israel” lo formarán los humildes, los que ponen su confianza en Dios.

El salmo nos ha hecho repetir cantando: en la presencia de Dios no van a ser felices los embusteros y los que se salen con la suya, sino los humildes. Dios ayuda a los que sufren, a los que están en búsqueda, mientras que “trastorna el camino de los malvados”.

También Pablo insiste en esta actitud: no hay que gloriarse de los propios méritos y fuerzas. Dios parece querer darnos una lección en favor de la humildad, porque elige a personas que según los criterios de este mundo serían ineficaces, pero con su ayuda logran cosas notables. Mientras que los orgullosos quedan estériles y avergonzados a la larga.

Palabras extrañas, pero proféticas, para este mundo de hoy. Hay que reconocer que la página evangélica de hoy, como las lecturas anteriores, suponen un vuelco respecto a lo que respiramos en la sociedad en la en que vivimos. Hace dos mil años que suenan estas bienaventuranzas de Jesús, y no nos las acabamos de creer, o de tomar en serio: no les vemos su fuerza profética en medio de un mundo que alaba y ensalza a los ricos, a los que tienen éxito, a los que se salen con la suya, a los que se han demostrado eficaces y han llegado a ser poderosos mientras se va ensanchando el abismo de la marginación de los pobres.

No resulta cómodo, ni fácil, salir a la gran pantalla del mundo proponiendo las bienaventuranzas, que resultan incomprensibles, chocantes y amenazantes a una realidad acostumbrada a la dureza y a la soberbia, a la violencia o a la apatía general.

Mirad, hay dos ideas que nos deja claras hoy la Palabra de Dios y sobre todo el evangelio, y de las que hemos de ser conscientes para no engañarnos en nuestro camino :

1º-Que vivir como cristianos trae una serie de consecuencias.

2º-Que esas consecuencias no deben llevarnos al desánimo, sino a considerarnos y sentirnos bienaventurados.

El cristiano, debe ser una persona diferente y no debe tener miedo a serlo. Ser fiel a Jesús, vivir como cristiano, seguir el Evangelio, trae, necesariamente, una serie de consecuencias; y también podemos formular esta afirmación en sentido inverso. Si no aparecen las consecuencias, si no se producen esas situaciones en la vida del cristiano, su cristianismo es, cuando menos, de dudosa fiabilidad.

No pocos cristianos están demasiado acostumbrados a su cristianismo rutinario, un cristianismo, reducido al cumplimiento de unas obligaciones religiosas que, por divorciadas de la vida, en nada afectan a la vida; unas prácticas que no tienen más repercusión en la vida que el tiempo que lleva el realizarlas; todo lo demás sigue exactamente igual; y pueden hacer compatible el realizar esas practicas con un estilo de vida plenamente idéntico al de cualquier no creyente.

El estilo de vida que se construye sobre el Evangelio es y debe ser realmente diferente de cualquier otro estilo de vida que no se basa en el Evangelio. Y esa diferencia se llama=bienaventuranzas.

Por decirlo en pocas palabras: vivir al estilo del Evangelio nos puede llevar a “vivir la vida al revés”, valorar lo que normalmente no se valora : la fidelidad, la abnegación, la entrega, la servicialidad, la honradez, el estar al servicio del prójimo, el tener más confianza en Dios que en ninguna otra cosa, el compartir, el renunciar a un afán ilegítimo de posesión, la valoración de las personas por ser seres humanos no por su categoría, sus posesiones, su edad o su belleza, etc.

Y dejar como secundario y no importante aquello por lo que la mayoría se desvive: el dinero, el poder, la superioridad sobre los demás, la presunción, la obsesión por la belleza, la valoración sólo de lo juvenil, el afán de ser más que los demás, etc.

Y aquí se produce una de estas dos consecuencias:

-O uno tiene mucho temple para aceptar esa vida “a contrapelo”, aguantando las incomprensiones de quienes le rodean o incluso las burlas de quienes piensan que uno anda perdiendo el tiempo.

-O termina por adaptarse al estilo de vida de la mayoría, valorando, luchando y buscando conseguir exactamente las mismas cosas que cualquier otro, aunque conservando, por la razón que sea, esa capa externa de religiosidad, reducida a su más mínima expresión: unas cuantas prácticas más o menos interesantes.

La practica religiosa es verdadera y querida por Dios si es expresión de una vivencia de fe. Pero si sirve para sentirse satisfecho, para eludir el compromiso vital, para tranquilizar la conciencia, entonces esa practica religiosa es nefasta, falsa y hasta diabólica.

Y no es descubrir ningún secreto, si decimos que-por desgracia- esto ultimo es bastante frecuente en el cristianismo .No va pues la crítica contra las prácticas en sí, sino contra el servirse de ellas para fines impropios.

Jesús da ánimos a los suyos. Las bienaventuranzas que hemos leído ,Jesús nos las dirige para que seamos del primero de los grupos que acabamos de mencionar, para que seamos personas de temple, para que no nos amoldemos cómodamente a la mayoría, para que no nos dejemos arrastrar por la corriente, para que no nos dejemos llevar por el desánimo.

Quien elige vivir como cristiano se verá abocado a una clase de vida que no es del agrado de la mayoría, que no se lleva, que no es bien vista (pobres, pacificadores, humildes, misericordiosos…)

Pero Él nos dice: ¡Tranquilos!, vivir así no es una desgracia. Si os ha tocado vivir así, ¡dichosos vosotros!; es que habéis elegido el buen camino. Y aunque muchos os digan que estáis perdiendo el tiempo y malgastando la vida, aunque vosotros mismos sintáis alguna vez la tentación de pensar eso mismo, vosotros sois los verdaderos triunfadores. Y un día vais a alcanzar el triunfo. No os dejéis llevar ni por las apariencias, ni por las habladurías, sino por la verdad del evangelio.

Se trata pues de descolgar la fe de la percha. Se trata de encontrarse como hermanos sirviéndonos recíprocamente, sin protagonismos ni competitividades, ni celos. En definitiva se trata de recuperar la sencillez, la humildad y la coherencia , para ser un portavoz y portador de Cristo para los demás.

Amigos, quien de verdad sigue a Cristo, ni vende ni negocia la verdad del evangelio. El que no este dispuesto a eso, vale mas que no se engañe. Y deje de seguir a Cristo, porque en realidad ya no lo esta siguiendo aunque lo aparente.

 

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