Ecos del Evangelio

22 marzo, 2018 / Carmelitas
DOMINGO DE RAMOS CICLO B 2018

HOY TE ACLAMA QUIEN MAÑANA TE HUMILLARÁ

 

Estamos en el pórtico de la Semana Santa: el domingo de Ramos. Y hoy contrasta -y de que manera- el agitarse en el aire los ramos de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, con la lectura de la Pasión. El contraste nos introduce en la gran paradoja de la vida humana: hoy te aclama quien mañana te humillará; hoy te levanta quien te ha de derribar un día; hoy te besa quien mañana te traicionará.

 

En este contraste queda claro de lo que es capaz el corazón humano: la debilidad, la inconsecuencia, la indiferencia, la hipocresía humana, el egoísmo, la traición de los hombres. Con un lenguaje más de la calle podríamos aludir a lo que se llama “el cambio de chaqueta”. Reflexionemos sobre este fenómeno a la luz de la pasión que hemos escuchado.

 

“Hosanna al Hijo de David”, se gritó en la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Pocos días más tarde, aquellas mismas gentes iban a condenarle a muerte (¿movidas por qué o por quién?):“¡Crucifícale!”

 

“Cristo pasó por uno de tantos” (segunda lectura). Da la impresión de que nos diera cierto miedo que Jesús fuera un hombre como los demás. San Pablo insiste: “tomó la condición de esclavo y pasó por “uno de tantos”. Y es que hoy, pasar por la condición del más pobre y pasar por “uno de tantos” no cae bien. Y podría oler a demagogia barata, a democracia peyorativa, a clasismo incluso. Está mal visto ser uno de tantos y peor ponerse en la piel del pobre. “Actuando como un hombre cualquiera”. Mal comienzo para un hombre de nuestros tiempos que pretenda triunfar, el pasar por unos de tantos.

 

“Uno que está comiendo conmigo me va a traicionar.” La condición humana ofrece en no pocas ocasiones ese lado gris, la parte de ruindad y de miseria que alberga. Vivimos al lado de gentes que consideramos amigas y un buen día nos traicionan, o las traicionamos nosotros, por un plato de lentejas, por un sueldo, por un premio, por un ascenso.

 

“¿Seré yo acaso?”. La pregunta solidaria que cada cristiano necesitamos hacernos con frecuencia (¿seré yo?), Cada uno de nosotros de alguna manera, hemos colaborado en traicionar a Cristo, y a los cristos que están en nuestra sociedad y ante los cuales miramos para otro lado, o marginamos, en vez de comprometernos para dignificar sus vidas.

 

“Esta noche me habrás negado tres veces” Es también un fenómeno típico en una sociedad torturante en la que el hombre no siempre puede ser fiel a sí mismo. La sociedad moderna tiene muchos métodos para que el hombre abdique de sus convicciones más profundas: la publicidad, la propaganda, el clasicismo, la tortura, el miedo, la ideología del pensamiento único. Una sociedad así es muy capaz de convertir en blanco lo que es negro, de obligar a decir sí donde habría que decir no, de hacer que reniegue de ti tu propia sombra.

 

“Me muero de tristeza”. Uno de los momentos más “emotivos” y, sobre todo, más patéticos de la Pasión, es aquel en el que Jesús pronuncia esta frase, en el huerto de los olivos. Se siente solo, incomprendido, abandonado, malentendido, traicionado, olvidado. Y por sus propios amigos, por “los suyos”, no por el enemigo.

 

Es la tragedia de un hombre en pleno fracaso, de un hombre que incluso se sintió tentado de no completar su propia misión: “si es posible, pase de mí este cáliz”. La tristeza, la pena, la incomprensión, la soledad, el abandono y la traición son también males de nuestro tiempo. ¡Cuántos ignorados pasan por ello muy cerca de nosotros!

“Pero él callaba”. El silencio de Jesús es aleccionador, pero también dramático y paradójico. Una de las características del relato de la pasión según san Marcos es el silencio observado por Jesús a lo largo del proceso que lo llevó a la muerte y durante la agonía final.

Jesús calla delante del tribunal religioso; Jesús calla delante del tribunal civil. Sólo habla, y por cierto bien claro, cuando se trata de manifestar su mesianidad. “Sí, soy el Mesías” “Sí, soy el rey de los judíos”. No dice nada, por el contrario, cuando se trata de defenderse de las acusaciones injustas de los enemigos. Y una vez en la cruz, San Marcos sólo nos transcribe una sola palabra de Jesús expresada en su lengua materna y que parece salida de la boca de un hombre tan acosado que se siente abandonado por el mismo Dios.

 

Esta actuación silenciosa de Jesús frente a su propia muerte había sido anunciada por los profetas, y encuentra una explicación en la fe y en la reflexión del que cree. La primera lectura nos ofrece la pintura que Isaías hace del Siervo de Dios: un hombre que sabe decir palabras de consuelo a los apenados, no mediante largos discursos, sino mediante la aceptación del sufrimiento.

 

Jesús fue totalmente hombre, hasta llegar a la más perfecta solidaridad con los que sufren, con los que son perseguidos, con los que mueren injustamente. Delante de las miserias de los hombres, Jesús calla, pero carga silenciosamente todo el peso del mal sobre Él mismo, todo el peso del dolor y de la muerte. Y este silencio de Cristo, que es también silencio de Dios, es más elocuente que todas las palabras.

 

Los cristianos no tenemos que ir por el mundo haciendo largos y bellos discursos sobre el sentido de la vida y de la muerte: la única actitud verdaderamente cristiana es la que, a ejemplo de Jesús, nos hace vivir silenciosamente todo el dolor del mundo, venciéndolo con la fuerza del amor.

 

“¡Vaya! ¡El que derriba el santuario y lo edifica en tres días! ¡Baja de la cruz y sálvate!… Ha salvado a otros y él no se puede salvar. ¡El Mesías, el rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos!”

Un Dios sin poder. A algunos les sonará a blasfemia, pero eso es lo que se ve en el crucificado. “Creemos en un sólo Dios, Padre todopoderoso”, decimos en el credo. Pero ¿en qué consiste su poder? Ciertamente, el poder de Dios no es como el de los poderosos de la tierra (capacidad de determinar o modificar la libertad de los demás). No. El Padre no cambia el curso de los acontecimientos que los hombres, en el uso de su libertad, han decidido; no fuerza la libertad de los hombres, ni siquiera para que éstos sean buenos.

 

Dios es amor, dice San Juan. Y ése, el amor, es su poder. Y de ese poder sí está llena la figura del crucificado. Sus paisanos no fueron capaces de descubrirlo: todos los que hablan al verlo en la cruz pretenden que Dios anule lo que los hombres han hecho para que, demostrado así su poder, puedan creer en Jesús. No les entraba en la cabeza que el amor fuera ya salvación.

 

Quizá también a nosotros nos resulta difícil creer que el amor puede transformar el mundo. Sin embargo, conocemos por experiencia la fuerza del amor: si se apodera de nosotros nos cambia la vida, y cuando se hace norma de convivencia de un grupo, transforma su forma de vivir. Entonces, si lo dejáramos organizar el mundo en lugar de que siga estando en manos de la fuerza y del poder, ¿no cambiaría nada? No, no es tarea fácil.

 

Como Jesús, hay que poner en juego la vida. Y sin ventaja: Jesús tuvo que afrontar la muerte solo, como un simple hombre. La confianza que Él tenía en Dios, no alivia ni el dolor de verse rechazado por su pueblo y derrotado por sus enemigos ni la angustia, tan humana, de enfrentarse a la muerte. Pero así manifestó el poder del amor de Dios.

 

Sólo un forastero, un pagano, supo verlo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. Entre tantos salvadores poderosos, ¿no sería inteligente dar una oportunidad a este salvador?

 

El Domingo de Ramos, además de ir de punta en blanco, estamos urgidos a adentrarnos en los muros de nuestro pueblo, de nuestros amigos, etc., para dar la vida y hasta la cara por las cosas de Cristo. ¿Lo haremos? ¿O nos quedaremos con las ramas de olivo en las manos pero mirando hacia otro lado?

 

Qué pronto lo entendió Jesús: detrás de las mieles de este recibimiento triunfal llegará la hiel del sufrimiento y de la verdad. El relámpago en el que las palabras cesan y las obras hablan.

 

  • Hablará el servicio abnegado y humillado (en Jueves Santo se arrodillará ante los discípulos marcándonos el compás del amor cristiano).
  • Hablará con su Cuerpo y con su Sangre (se irá pero, para siempre, nos regalará el don de la Eucaristía).
  • Hablara, con siete escasas palabras en la cruz, pero nos indicará la hondura y la radicalidad de su amor (en el Gólgota nos sentiremos avergonzados ante el trato que recibirá el mejor y más santo de los hombres)
  • Hablará, finalmente, con dosis de Vida Eterna para todos. Morirá pero, al tercer día resurgirá del fondo de la tiniebla y de la muerte para redimirnos y llevarnos definitivamente al encuentro con el Padre.

 

¿Seremos capaces de reavivar y revivir estos acontecimientos de salvación? ¿O nos quedaremos en la aclamación callejera?

 

Hagamos propósito de sumergirnos de lleno en estos días de piedad y de pasión, de luz y de oscuridad, de vida y de muerte, de gracia y de salvación que es la Santa Pascua del Señor.

 

¡Por la cruz a la Luz, para Él y para nosotros! ¡Gracias, mil gracias, Señor! ¡Feliz, pero cristiana Semana Santa, a todos vosotros amigos, amados de Dios!

 

Volver
Carmelitas de San José

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies