Ecos del Evangelio

15 marzo, 2018 / Carmelitas
DOMINGO V DE CUARESMA CICLO B 2018

“Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”

 

Jeremías, fue uno de los profetas que más insistieron en anunciar una Nueva Alianza, que se cumpliría en los tiempos mesiánicos. Y no sería una Alianza hecha a base de ritos y normas, de prácticas exteriores, y las cosas o los lugares: “meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”.

Esta Nueva Alianza es la que se cumplió de una vez por todas en Cristo y su Pascua: la “Sangre de la Nueva Alianza”, de la que participamos en cada Eucaristía, es la que ha sellado nuestra reconciliación con Dios. Pero esa Nueva y definitiva Alianza tuvo un coste muy alto, un precio que nos narra hoy el evangelio

Juan, en el evangelio, nos habla que ha llegado la hora de esa Nueva Alianza y de la agitación y angustia que supuso para Cristo hasta que se cumpliera. Vemos a Cristo pidiendo al Padre con una oración instintiva que le libre de la muerte. Y la carta a los Hebreos añade esta petición la hizo Jesús con lágrimas y gritos.

Sólo puede parecer inesperada esta experiencia de Jesús para los que no han entendido la profundidad de su comunión con nosotros y de su solidaridad con el hombre.

Ese Dios juez neutral que hemos imaginado, que se sienta en su tribunal para juzgar nuestra vida imparcialmente, que deja de lado todo su amor apasionado por nosotros para juzgar neutralmente con la ley en la mano no es el Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, por mucho que se empeñen aun, tantos sesudos eclesiásticos.

El Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo -para fortuna nuestra- no vale para juez. Porque a un juez lo primero que se le pide es que sea imparcial y neutral. Y nuestro Dios no podría juzgarnos imparcialmente, porque es terriblemente parcial, porque está apasionadamente a favor nuestro, porque está terriblemente empeñado en salvarnos por todos los medios.

Tenemos un mediador, un Pontífice que no está por encima de nuestra historia, sino que sabe comprender nuestros peores momentos, porque los ha experimentado en su propia carne.

Pero no es ése el aspecto definitivo. El evangelio nos habla de la fecundidad de ese dolor. El grano de trigo, al morir, da fruto. La obediencia de Cristo fue total, hasta la muerte.

Una obediencia que es solidaridad con el hombre hasta las últimas consecuencias. Ahí está la “consumación”(Hebreos), que le convierte en causa de salvación para todos. Ahí está la “glorificación” (Juan), porque “cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Se juntan las dos dimensiones de la Pascua: la renuncia total a sí mismo y el valor positivo, salvador, confirmado en la Resurrección por parte del Padre.

En un mundo como el nuestro, en el que se busca el éxito, el triunfo, el ser más que los demás -aunque ello signifique atropellar a los demás, no solo porque se quiera atropellarles, sino como algo que parece inevitable, fruto de la lucha por la vida-, en este mundo nuestro ciertamente es difícil entender las palabras de Jesucristo que hemos escuchado en el evangelio de hoy.

Y, sin embargo, son palabras importantes para nosotros, palabras importantes para todos los que nos decimos cristianos. Palabras importantes para entender qué significa el gran misterio de la Pascua que nos disponemos a celebrar.

Amigos, no hay Pascua sin Cruz. Aunque Dios ama al hombre y quiere que el hombre viva, claro que si, hay un “pero” muy importante, y es el paso previo por la Pasión y muerte.

No podemos quedarnos en el Cristo muerto en la cruz -olvidando que a este Cristo Dios le resucita y le constituye Señor de vida, fuente de vida- ni podemos celebrar la victoria de Jesucristo en su Resurrección olvidando que es fruto de un amor que asumió el paso por la cruz.

La frase fundamental del evangelio que hoy hemos escuchado es: “SI EL GRANO DE TRIGO no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. Es decir, PARA DAR FRUTO -para comunicar vida, amor y esperanza- es preciso no escamotear la lucha, el esfuerzo y el sacrificio. Aunque parezca un camino de muerte es un camino de vida.

Y para entender esto, preguntémonos cuándo nos hemos sentido más satisfechos -en lo más hondo de nuestra alma: ¿cuándo hemos buscado por encima de todo nuestro bienestar, nuestro provecho, la satisfacción de nuestro egoísmo, o cuando hemos sabido -por gracia de Dios- ayudar a los demás, compartir nuestra vida…, dicho sencillamente: cuando hemos sabido amar? Aunque ello nos haya ocasionado esfuerzo, dolor, algo de “muerte” para nuestro egoísmo, para nuestro orgullo.

 

Amigos: NO HAY PASCUA SIN CRUZ. Ese es el camino de Jesús, ese debe ser nuestro camino. Por es acaba diciendo Cristo. “El que quiera servirme, que me siga”. Que es lo mismo que decir: el que quiera dar fruto, el que quiera hallar un camino de vida, que me siga.

En vísperas de la celebración de la Pascua no podemos quedarnos en la desesperanza, en la depresión. Jesucristo nos ofrece un camino de vida. Porque siempre -a todos, a cada uno de nosotros- le es posible seguir el camino de Jesucristo.

Cristo, al morir, nos enseña el lado bueno de la cruz: la alianza nueva que Dios quiere y desea definitivamente para el hombre y que viene sellada por su sangre.

A nosotros no se nos pide tanto: no desea el Señor que seamos clavados en una cruz; no nos exige que seamos lapidados públicamente (aunque sería muy positivo que defendiésemos nuestras convicciones religiosas y morales allá donde estemos presentes); no pretende vernos coronados por espinas o traspasados por lanzas (aunque, qué bueno sería, que fuésemos conscientes de que la fe conlleva riesgos, incomprensiones, soledades).

El Evangelio de este domingo V de Cuaresma nos acerca la verdadera figura de Jesucristo: no es un superman; no es un superhéroe. Siendo Hijo de Dios, le aguarda la cruz, el sufrimiento, la muerte. Como cualquier alma, también la suya, se siente agitada, preocupada, turbada por los próximos acontecimientos de la Pascua.

Va tocando a su fin la vida pública de Jesús. Ahora le aguardan sus consecuencias. La fidelidad a Dios no siempre es entendida ni aplaudida por los poderosos del mundo. Pero, como siempre, nos quedará la seguridad y la esperanza de que, todo esto, sea preciso para que Dios selle una Alianza Nueva que nada ni nadie podrá ya quebrar.

¿Somos conscientes de que también nosotros hemos de saber renunciar a algo para que la obra de Dios toque a su fin?

 

MI ALMA SE AGITA, SEÑOR

Cuando llega la hora de la verdad, y siento que no tengo tantas fuerzas para defender tu Reino.
Cuando me cuesta renunciar a mi “YO” y decirte que soy todo tuyo, Señor.

MI ALMA SE AGITA, SEÑOR

Porque, lejos de ser trigo que muere, pretendo ser flor que nunca se marchita, que no quiere perder ninguno de sus pétalos que, lejos de renunciar a su hermosura, la quiere salvar a toda costa.

MI ALMA ESTA AGITADA, SEÑOR

Porque para dar fruto, me dices que, primero, hay que desaparecer.
Porque para darte gloria, me recuerdas que he de sucumbir.
Porque para, ser de los tuyos, he de alejarme de muchos de lo míos.

MI ALMA ESTA AGITADA, SEÑOR

¿Qué te diré? ¿A quién clamaré? ¿A dónde iré? ¿Merece la pena, Señor?
Como Tú, Señor, también yo digo: Líbrame de aquellas horas que me producen pena y llanto.
Evítame las cruces excesivamente pesadas.
Condúceme por los caminos no inhumanamente estrechos.
Pero, eso sí, Señor; no se haga mi voluntad.
Porque, sé mi Señor, que todo lo que me pides y me das, que todo lo que pones bajo mis pies es porque, previamente, Señor sabes que lo puedo soportar y por Ti entregar.

 

MI ALMA ESTA AGITADA, SEÑOR Pero sé que, hoy y siempre, la esperanza que tengo en Ti no me defraudará. Amén

 

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