Ecos del Evangelio

20 marzo, 2021 / Carmelitas
DOMINGO V DE CUARESMA CICLO B 2021

«Si el grano de trigo no muere no da fruto, pero si muereda mucho fruto«

 

Estas palabras de Cristo, no solamente son difíciles de entender, sino de asumir. Pues en estas palabras, se encierra todo el gran misterio de la Pascua. Es decir, el misterio de la vida de Cristo y de nuestra vida. Porque no olvidemos que la Pascua de Cristo, la asumió por nosotros, por nuestra salvación.

Se aproxima pues, el desenlace de la gran locura de amor que Cristo inició en Belén. Eso significa la Semana Santa, si eso significa, por encima de cualquier otro sentido, interpretación, o manifestación cultural.

La Semana Santa no es una semana para las vacaciones, ni para ponerse como espectadores de lo más grande que ha ocurrido y ocurrirá en el mundo. Y eso, los primeros que lo tendríamos que tener claro somos los cristianos.

La Semana Santa es para contemplar, agradecer y celebrar, la locura de amor de Dios por cada uno de nosotros y por todo el mundo.

Pero dejadme que me centre en la petición que le hacen al apóstol Felipe, en el evangelio de este domingo «Quisiéramos ver a Jesús…», le preguntan al apóstol Felipe. ¿Nosotros estamos preparados y dispuestos para llevar a Cristo a alguien que nos pregunte por Él? Es decir, ¿se nota que somos seguidores de Cristo? Nosotros los cristianos deberíamos estar preparados a esa tarea fascinante de llevar a los demás a Cristo. ¿Pero de verdad lo hemos encontrado previamente? Felipe, discípulo de Cristo lo conocía bien, y no tardó junto con Andrés, en llevar a Cristo a quienes se lo pidieron. No les dijo palabras bonitas y rimbombantes, sino que los acompañó hasta Cristo.

Está claro que la vida cristiana o es epifanía, es decir, manifestación, testimonio de ese Cristo que entrega la vida por amor, o de lo contrario, la vida cristiana es una academia de cacharrería espiritual, con mucha estructura, con unas cuantas obras piadosas, pero cacharrería al fin y al cabo.

 

El mundo actual está orgulloso de sus conquistas, se jacta de estar bajo el signo del progreso. Y el progresar lo entiende como correr; andar cada vez más deprisa; llevar un ritmo frenético; abolir las distancias; está devorado por el deliro de la velocidad; del acaparar y disfrute sin limites, aun arrinconando los valores mas básicos. Pero este mundo así, se equivoca de pies a cabeza. Porque en su loca carrera ha terminado por abandonar lo más importante: el Espíritu, Dios, la oración, la contemplación, el estupor, la atención, los ideales gratuitos. Muchos han perdido la propia identidad. Son cosas. Ya no saben a dónde van y para qué. El hombre está desmemoriado. El hombre está atolondrado. Y además, en el fondo, está insatisfecho.

¿Y cuál es la consecuencia? Las siguientes palabras de Cristo: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna.».Esta es la gran cuestión. Que mucha gente está dormida en su perdición, en la que se han fabricado o han asumido sin rechistar. Y la solución está en despertar.

 

Pero primeros tenemos que despertar los cristianos, para poder despertar a otra mucha gente. Porque no me diréis que gran parte del cristianismo no está también dormido. Y lo está porque ha olvidado la esencia de la fe: CRISTO.

Si alguien puede mostrar a otro, a Cristo, es porque antes, él, ha descubierto a Cristo y entonces le muestra el estilo de vida que Cristo nos propone y que esa persona ha hecho suyo .No hay otra manera de ser cristiano, de seguir a Cristo.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» Y yo añadiría: «…y harán ver a Dios». Si, limpios, y limpios de corazón, esa es la condición indispensable: la limpieza, la transparencia de toda la persona que ha eliminado las escorias, las sombras, la opacidad, las hipocresías, y se convierte en cristal limpio que refleja la imagen auténtica de Cristo a quien dice seguir.

Una Iglesia en la que no haya cristianos que realicen la peregrinación hacia la inmensidad de Cristo, para volver después hacia los hombres con el rostro radiante como el de Moisés cuando bajaba del Sinaí, es una Iglesia enferma, agonizante. La iglesia goza de buena salud, sólo cuando puede disponer de mártires o de personas transfiguradas.

¿Qué hacemos para despertar a tantos-incluso cristianos- que roncan espiritualmente, que duermen en la siesta del cumplimiento y la rutina? Pues no hay que hace nada mas que una cosa: espabilarse, salir de la indiferencia en la que muchos viven su fe y decidirse con todas las consecuencias a seguir a Cristo, para saber después mostrar a muchos con el testimonio, el camino que lleva a Él.

En cada persona, además del coche, del televisor, de la tablet, el móvil y el ordenador, es decir de una larga colección de utensilios, que muchos han convertido en ídolos, está inscrito en la profundidad de su ser algo muy precioso: la marca de fábrica. Podríamos también decir: el sello Dios. «Y dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza…».

En cada persona existe esta marca de fábrica, quizás sepultada bajo montones de polvo y… sueño. Nuestra tarea consiste precisamente en hacer de despertador y de espejo. Despertar esa imagen, sacarla a la luz. ¿Si no es así, como vamos a conocer a Cristo y menos ayudar a otros que lo conozcan?

Al terminar esta reflexión, imagínate tú que me escuchas, que alguien, hoy te aborda y te lanza la misma petición que le hicieron a Felipe:» Quisiera ver al Señor…»Y yo, si me lo permites, quisiera ver precisamente cómo te las arreglas. Porque depende de cómo lo hagas, serás cristiano creyente o cristiano pagano.

Pero, quiero también regalarte, una última imagen para tu examen de conciencia, además de la de Felipe. Cuando murió el abad Amadeo Ayfre -el creador de la teología de la imagen- tenía cuarenta y dos años. Con su minúsculo 2 Cv se había estrellado contra un árbol en la carretera.

Su epígrafe más hermoso, fue dictado aunque involuntariamente por una actriz que se lo encontró muerto en la carretera: -Qué quieres que te diga –confesó la actriz a una periodista: …”era un hombre que, cuando te encontrabas con él, te provocaba el deseo de Dios” Piénsalo un poco, tú que me escuchas. ¿Te ha ocurrido alguna vez, que hayas provocado en alguien el deseo de Dios?

Acabo con unas estrofas, que me parecen que resumen muy bien, el mensaje de hoy de la Palabra de Dios:

“Toma, hermano, sin medida cuanto quieras para ti, que cuando yo salga de aquí para comprarme otra vida sólo tendré lo que di. No seamos agentes de turismo de un Dios desconocido, sino guías experimentados en la aventura hacia Dios”. Estos versos son la marca de fábrica del cristiano limpio de corazón.

Sólo el corazón puede dar forma a la religión cristiana, amigos. Si ya vives el cristianismo desde corazón, continúa por ese camino y ayuda a otros a entrar por él. Si todavía no te has convertido a la religión del corazón, aprovecha esta Semana Santa, no dejes pasar la oportunidad.

Y no te olvides: “El que no sabe morir mientras vive, no vivirá cuando muera, porque morir cada hora su poco, es el modo de vivir y vivir eternamente…»

 

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