Ecos del Evangelio

6 abril, 2019 / Carmelitas
DOMINGO V DE CUARESMA CICLO C 2019

«Yo tampoco te condeno».

 

Que escándalo, la actuación de Jesucristo, para aquellos fariseos y para los que ahora son también tan puritanos y legalistas. No, Jesucristo no bendecía el adulterio, faltaría más. Al contrario lo condenó siempre, lo que no condenó es a la persona, sino que la perdonó, porque quería devolverle su dignidad.

 

Me imagino que el encuentro de aquella persona con Cristo fue la cosa más hermosa que le pudo suceder. No sabemos nada de la historia posterior de aquella mujer, pero aquella mujer jamás podría olvidar aquellos ojos y aquellas palabras del maestro de Nazaret, y eso era suficiente. No sólo para aquella mujer, también para nosotros aquel dichoso encuentro debe ser aleccionador de una vez por todas. De ese encuentro podemos aprender cuál es la postura de Cristo ante el pecado y ante el pecador. Cómo trata Cristo a la persona caída y humillada. Qué piensa Cristo sobre algunas de nuestras leyes. Cuáles son los valores que tenemos que defender.

 

-La primera lección que yo aprendo en esta historia es de respeto. Jesús tiene delante a una mujer, y a una mujer gravemente pecadora. Por su condición de mujer, en aquella sociedad merecía poco aprecio; por ser adultera se había ganado a pulso toda clase de desprecios.

 

He dicho que por su condición de mujer merecía poco respeto, porque ahí van unas palabras de la Torah dirigidas a la mujer judía de entonces: «He hallado que la mujer es más amarga que la muerte, porque ella es como una red, su corazón como un lazo, y sus brazos como cadenas. El que agrada a Dios se libra de ella… Un hombre entre mil, sí que lo hallo; pero mujer entre todas ellas, no la encuentro». Así se explicaban aquellos resabidos religiosos y muy cumplidores judíos. No es extraño que en tiempos de Jesús la condición de la mujer fuera de absoluta marginación.

 

Imaginaros si además era adultera: resultaba impura y reo de muerte. (No sabemos qué pasaba con los adúlteros), pero las adulteras podían ser escupidas y debían morir apedreadas: así, de lejos, para que nadie pusiera sus limpias manos encima. En cambio Jesús, no escupe a la mujer, ni la insulta, ni la avergüenza. Ve en ella una persona débil, una persona humillada, una persona que sufre; pero en todo caso es una persona que debe ser ayudada a recuperar su dignidad.

 

-La segunda lección: Misericordia. Jesús no sólo la respeta, sino que la mira con amor. La mujer temblaba cuando veía al maestro escribir en la tierra. ¿Qué estaría escribiendo? Ella no sabía leer, seguro pensaría, que estaba escribiendo la sentencia. Pero cuando Jesús se puso en pie y miró fijamente a la mujer, ésta se sintió salvada.

 

En aquellos ojos misericordiosos ella leyó la dulce sentencia. Y entonces empezó a llorar, y con sus lágrimas se purificaba toda ella. Definitivamente, en Jesús se refleja toda la misericordia infinita de Dios. Cristo es una locura de misericordia.

 

Allí estaban, frente a frente, la miseria humana y el «corazón» de Dios. En Jesús se encerraba todo el corazón de Dios. Y Jesús dice con sus ojos a la mujer, y a cualquier ser humano caído en la miseria: «Te AMO» o, lo que es lo mismo: Dios te AMA. Esta es la palabra más grande que, aun sin decirse, se haya jamás pronunciado.

 

Dios ama a la persona a pesar de la miseria en que haya caído o le hayan hecho caer. Eso se llama misericordia. Esa es la palabra salvadora que ilumina la noche oscura de no poca gente. Esa es la palabra que sostiene la esperanza de cualquier pecador. Esa es la palabra que los predicadores en primer lugar deberían tener siempre en los labios. ¿O que es lo que les enseñan cuando los preparan para sacerdotes?¿El prepararse para ser modelitos y despachar condena tras condena?

 

Cristo dirige su amor a la persona, no al pecado que pueda haber en la persona; ama a la persona que está en la miseria, no a la miseria que está en la persona.

 

La tercera lección: El perdón. «Yo tampoco te condeno» Como consecuencia del amor viene el perdón. Jesús, el único que podía tirarle piedras, porque Él es, el único sin pecado y en cambio no la condena. Y es que Jesús no ha venido a condenar; es que Dios no sabe condenar. «Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él».Esta es una de las mejores enseñanzas que Jesús nos ofreció: que su Padre no condena en absoluto, que su Padre no ha aprendido a condenar, porque es Amor. El amor compadece, exige, corrige, pero no condena. Es el hombre quien se condena a si mismo por su conducta.

 

¿Os imagináis si Jesús hubiera tirado la primera piedra? Da vértigo sólo pensarlo. Porque todos, más pronto o más tarde, terminaríamos apedreados; no habría santo que se salvara. Si aun después de que Jesús prohibió las piedras, muchos siguen arrojándolas en su nombre, ¿quién dejaría de tirarlas si las hubiera permitido? Es que la dinastía de los inquisidores sigue vivita y coleando.

 

-«Yo no te condeno». Esta palabra te la repite Jesús a ti-cualquiera que seas- en cada momento. Aunque te sientas miserable, yo no te condeno. Aunque caigas siete veces al día, yo no te condeno. Aunque los demás te condenen, yo no te condeno. Aunque tú mismo te condenes, yo no te condeno. ¿Cuándo dejarás pues de tener miedo a Dios?

 

«Yo no te condeno» Esta lección hay que aprenderla bien y de una vez para siempre. Si tú te sientes perdonado, ¿cómo puedes atreverte a condenar? El que se siente amado, ama. El que se siente perdonado, perdona. El perdón al igual que el amor es una energía contagiosa; el que ama y perdona, capacita al otro para amar y perdonar.

 

Si, nuestro deber, el de cada uno, es ir repitiendo a todo el mundo: «Yo no te condeno». Cuando veas a un desgraciado, a un degenerado, a un preso, a un pecador cualquiera, no lo condenes. Y cuando no entiendas el comportamiento de alguno, incluso te irrite su proceder, no lo condenes. Y cuando alguien te haga algún daño y te critique, no lo condenes. No condenes nunca a las personas.

 

Y esto vale sobre todo para la Iglesia, que debe bañarse cada día en el mar de la misericordia. La Iglesia de Cristo no está para condenar. ¿De dónde salió la raza de los inquisidores que aun persiste y que crece por momentos? La Iglesia de Cristo debe ser la casa de la misericordia, porque no lo es. Que acudan a ella todos los miserables, como antiguamente hacían los delincuentes usando el derecho de asilo, para que sean curados de sus heridas.

 

Con el encuentro con la adultera, Jesús deja bien claro que pone a la persona por encima de la ley. Que la ley que vale no es la de las piedras, sino la del amor. Que la pena de muerte no sirve para nada, sino el hálito de la vida. Antes, está la persona que el código, la doctrina o la institución. ¿Quedará claro alguna vez?, Ya esta bien de anteponer el rigor de la ley o la seguridad de la institución, al perdón y a la misericordia. De mirar el código antes que el evangelio.

 

La cuarta lección es la dignificación y rehabilitación. Cuando Jesús mira con amor a esta mujer, cuando ella se siente absolutamente amada, empieza a sentirse una mujer nueva, empieza a sentirse persona que fue hallada digna de amor. El amor dignifica. El amor hace mirar hacia adelante. «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo, mirad que realizo algo nuevo». Por eso, Jesús no pregunta a la mujer por lo que hizo sino que la dice: «Vete. Y en adelante no peques más».

 

Le dice: no vuelvas a pecar. El pecado no es bueno. El pecado te hace daño, te rebaja y te encadena. El pecado te destruye y no permite que seas tú misma. No vuelvas a pecar, ten piedad de ti mismo y piensa también en el daño que puedas hacer a los otros. El pecado es una bomba explosiva. No vuelvas a pecar.

 

Un no rotundo al pecado, pero un amor rotundo al pecador. Por eso, al pecado se le puede y se le debe condenar. Hay que denunciar el pecado. Jesús denunció el pecado, no solo de la mujer adultera, sino sobre todo de los que la acusaban, por eso fueron desapareciendo de la escena uno tras otro.
¿Acaso vosotros sois inocentes?, le dijo ¿Por qué no empezáis a tirar piedras contra vosotros mismos? Jesús denunció, y con palabras durísimas, el pecado de los escribas y fariseos; denunció su ceguera, su orgullo, su hipocresía.

 

-Quinta lección: La inteligencia y valentía. Trataban de poner a Jesús, el maestro de la misericordia, una trampa insidiosa. Le ponen en una situación difícil. En el caso de la adúltera tenía que ir o en contra de la ley o en contra de su corazón. La ley era de Moisés y venía de Dios. En su corazón también estaba escrita la ley de Dios. En ambos casos estaba perdido. Y Jesús habló con prudencia y sabiduría, de modo que nadie pudo rebatirle.»EI que esté sin pecado, que tire la primera piedra». ¡Ay los que están siempre con la condena en los labios si se examinaran ellos a si mismos! En el fondo son cobardes e inmaduros.

 

Es de admirar la inteligencia y valentía de Jesús. Así debe ser también nuestra caridad: inteligente y valiente. Los problemas con los que nos enfrentamos son casi siempre complejos y difíciles. No bastará la buena voluntad sin una preparación adecuada. Tenemos que saber llegar a las raíces de los problemas.

 

Que nuestra caridad sea, además de lúcida, paciente y constante. «El amor todo lo espera, todo lo soporta», se atreve a todo. En definitiva: «Un código puede conseguir que una adúltera muera. Sólo Jesús puede conseguir que una adúltera empiece a vivir».

 

Y nosotros somos seguidores de Cristo. ¿No seria bueno que tuviésemos sus mismas actitudes empezando por los que predicamos? ¿Entenderemos que necesitamos una Iglesia pobre, humilde, sencilla y con naturalidad, para ser reflejo del evangelio? ¿O seguiremos con este clericalismo vergonzante y asfixiante?

 

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