Ecos del Evangelio

28 abril, 2018 / Carmelitas
DOMINGO V DE PASCUA CICLO B 2018

PERMANECER

 

La experiencia de Cristo debiera ser normal en el cristiano. Es lo que realmente le define. Cristiano no es el que sabe de oídas sobre Cristo, sino el que conoce por experiencia la realidad maravillosa de Cristo, de manera que su vida queda ya marcada y orientada por Él.

 

Caben grados y son muchas las maneras de tener experiencia del Señor. Hay un ver, un escuchar, un sentir, un estar, un vivir, un permanecer, un ser. Depende de la gracia del Señor y de la acogida de cada uno.

 

1-Ver y escuchar a Cristo: Hoy empiezan las lecturas con una experiencia de Saulo, que cuenta a los apóstoles «cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho». Se trata de un ver y un escuchar, pero de una intensidad cegadora. ¡Qué maravilla!

 

El Señor salió al encuentro de Saulo en el camino. El Señor habló a Saulo y se dejó ver. Los ojos de Saulo quedaron cegados por tanta luz. El Señor le cambió los ojos. Eso es la fe: cambiar los ojos de la cara por los del corazón.

 

Ojos nuevos, corazón nuevo, y personalidad nueva para Saulo. Y desde entonces ya no se llamaba Saulo sino Pablo. Pablo nació cuando Saulo fue quemado en una experiencia de fuego. Por eso Saulo muere para que nazca el hombre nuevo: Pablo. Muere el ciego perseguidor, para que nazca el apóstol clarividente e impetuoso, pero ahora lleno de amor. ¡Con qué seguridad habla Pablo de esta experiencia! «He visto al Señor en el camino».

 

Desde entonces, Jesús será su Sol y su Señor. Jesús será su imán y su punto permanente de referencia, su tesoro y su encanto, su pasión y su canción, su fuerza y su sabiduría, la vida de su vida. Pablo llegará a ser el gran apóstol de Cristo y el gran maestro del cristianismo.

 

2- Sería bueno que cada uno pudiera decir con Pablo: «He visto al Señor en el camino de la vida»: que pudiese contar los efectos de su experiencia. Puede ser una experiencia íntima o una experiencia comunitaria. Puede ser en el camino de la alegría o en el camino del dolor. Pero siempre será en el camino del amor.

 

A Cristo se le puede encontrar en la palabra escrita o proclamada en la celebración, en la comunidad. Se le puede encontrar en un éxito o en un fracaso. Se le puede encontrar en el hermano al que sirves o con el que trabajas. Se le puede encontrar en el hijo que nace o en el amigo que muere.
Se le puede encontrar en la contemplación de las cosas o en el mayor de los desvaríos. Se le puede encontrar en la creación de algo o en la enfermedad que incapacita. En cualquier lugar, el Señor puede salir a tu encuentro.

 

3-Estar en Cristo: No podemos conformarnos con ver a Jesús. Hemos de aspirar a estar con Él y a estar en Él. No se trata de una experiencia pasajera, sino de una presencia, envolvente, de una realidad penetrante, de una comunión permanente. El mismo Pablo nos hablará de esta realidad de compenetración con Cristo, con multitud de expresiones y metáforas, como: revestirse de Cristo, vivir en Cristo, comulgar con Cristo, ser Cristo y, sobre todo, «estar en Cristo», una frase feliz que repite casi doscientas veces y que resume el misterio de la cristificación.

 

Estar en Cristo es acoger a Cristo y escucharle, es tener sus mismos sentimientos y actitudes; es morir y vivir en Él; es crucificar la carne para vivir en el Espíritu; es vivir en la libertad y el amor; es vivir la fraternidad; es vivir en total comunión con Él y no tener otra vida que Cristo. Por eso tenemos que aspirar: no a llamarnos cristianos sino a ser otros cristos.

 

Estas mismas ideas las expresa San Juan en términos parecidos, aunque utilizando más su estilo poético y alegórico. Hoy podemos saborear una espléndida parábola muy sugestiva: la de la vid y los sarmientos. No dice Jesús: Yo soy un cedro, yo soy un ciprés, yo soy un roble. Sino algo mas humilde: «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos». Algo más humilde y más íntimo. La parábola nos habla de unión permanente, de poda constante, de frutos abundantes. Y nos habla de un Padre que es el dueño de la viña, el esmerado agricultor. Dios es un conocido agricultor.

 

4-Unión permanente El sarmiento tiene que estar constantemente unido a la vid, si no quiere secarse. Y un sarmiento seco, ya se sabe, no sirve para nada, absolutamente para nada; como las zarzas o los cardos. Sin mí, seréis cardos y zarzas. Sin mí, no seréis nada. Estar unido a la vid es recibir su savia y su vida. Estar unido a Cristo es vivir en comunión con Él, es dejarse alentar por Él; que su Espíritu me inspire y me vivifique. Se realiza, naturalmente, a través de la escucha, la oración, la Eucaristía, el compromiso, el amor. Y sin la exclusión ni la condena de nadie.

 

Pero Jesús insiste mucho en la necesidad de permanencia. No quiere el Señor encuentros esporádicos, sino una vida enteramente inspirada por Él. «Permaneced significa»: que no nos separemos de su órbita, que nuestros ojos y nuestros corazones estén siempre levantados hacia él.

 

Que nos revistamos de Cristo, pero no con un vestido de quita y pon, sino un vestido entrañable. Todo lo que hagamos sea en Él y para Él, sintiéndonos siempre amados por Él y amándole nosotros a él. “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor”. Cristo es la vida de nuestra vida y la vida de nuestra muerte.

 

5-Pero también hemos de estar unidos a los demás sarmientos Es una deducción lógica: si todos los sarmientos tienen que estar unidos a la vid, necesariamente deberán estar unidos entre ellos. Si corre por nosotros la misma savia, no puede haber distancias y diferencias, mucho menos incomprensiones, desconocimientos y rivalidades. ¿Está claro?

 

Si Cristo está en todos los sarmientos, la unión con Cristo significa estar unidos a todas sus ramificaciones y prolongaciones. Cristo se prolonga en todos los hermanos. No se puede conocer y amar a un Cristo y desconocer o desamar al otro Cristo que es el hermano. Amor en vertical y horizontal: es un mismo amor. ¿Está claro?

 

6- Y naturalmente no puede faltar la poda constante. La poda no siempre es fácil de entender. Nos da pena y nos cuesta coger las tijeras y empezar a cortar lo seco y podrido sin contemplaciones. Pobres ramas, pobres sarmientos, con sus muñones sangrantes, desnudos, sin ningún tipo de concesiones. Nos parece que no podremos vivir sin nuestra apariencia, nuestra hojarasca, nuestros caprichosos y nuestros maquillajes. Pues si, porque de lo contrario nos instalamos en la rutina, el solo cumplimiento. Y entonces la fe va por un camino y la vida por otro. Y ni la fe entonces es fe, y la vida es un sinsentido.

 

No tengamos miedo a la poda, se necesita la poda. Es un corte purificador y liberador. Al quitarnos el follaje y las peligrosas desviaciones, la savia puede concentrarse y conseguir el fruto deseado. Este y no otro es el objetivo del sarmiento y de la savia. ¡Y al cristianismo le hace alta la poda como el aire que respiramos! Una poda para que desaparezca toda condena y toda imposición y brote el amor que es el fruto que le corresponde.

 

En nuestros ambientes consumistas, la poda se hace totalmente necesaria y urgente. Estamos rodeados y envueltos en una constante siesta y anestesia de la fe, en primer lugar por la falta de ejemplo de los que deberían darlo, comenzando por las instituciones y jerarquía de la Iglesia, que muchas veces viven en babia. ¿Y así queremos que haya más vocaciones y que la gente atraviese en dintel de los templos?

 

Para crecer hay que podar, y esto después de 2000 años todavía no se quiere asumir. Hay que dejarse podar por el evangelio: que nos poda a través del fracaso, de la enfermedad, de la solidaridad, de la comprensión, del perdón, etc. Pero nunca a través de la vanagloria, la poltrona y el poder ¿Queda claro?

 

7-Y la finalidad de la poda es para dar frutos abundantes Y frutos abundantes y sazonados. A Cristo no le vale como fruto de amor: el vinagre, la «mala uva», la imposición y las estructuras. Con eso no se poda nada, sino que crece, no la Iglesia de Cristo, sino una institución mundana más. ¿Queda claro?

 

Los frutos que Dios quiere son el derecho, la justicia, el respeto, la compasión, el servicio. Los frutos que Dios quiere son todos los del Espíritu, los frutos de la verdad y del amor. En la segunda lectura, San Juan nos explica cómo han de ser esos frutos de amor, «no de palabra ni de boca, sino con obras y según verdad».

 

 

QUIERO SER SARMIENTO, SEÑOR

 

Sarmiento con savia, para sentir que te pertenezco, Señor.

Sarmiento con cuerpo, para sostener abundancia de fruto.

Sarmiento que se doble, para que pueda ofrecer y pedir perdón.

Sarmiento que sea fuerte, para que pueda resistir los vientos del combate.

Sarmiento dócil, para que entre en la parroquia cualquiera que llame a la puerta.

Sarmiento humilde, para purificarme de las yemas que no dan fruto.

Sarmiento limpio, para que todo lo que haga sea digno de Ti y de mis feligreses.

Sarmiento sencillo, para que no pretenda lo que no pueda dar…

Sarmiento viviendo de la vid, para que no me lo crea demasiado.

Sarmiento explotando en yemas, para que me sienta útil.

Sarmiento dejándome cuidar, para que busque la perfección.

Sarmiento con el abono de la oración, para que me des lo que sea necesario para la salvación.

Sarmiento con el agua de la fe, para que no me impaciente.

Sarmiento con el vino de la esperanza, para que no desespere.

Sarmiento en compañía de otros, para que viva en familia cristiana, que es lo que debe ser una parroquia.

Sarmiento prudente, para que otros encuentren en mí serenidad.

Sarmiento alegre, para que transforme la tristeza de mis feligreses en alegría.

Sarmiento injertado a Ti, para no ser un funcionario más, que sobran por todas partes y más en la Iglesia que Tú creaste.

 

 

Y aquí si que acabo diciendo: y que cada palo aguante su vela.

 

 

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