Ecos del Evangelio

3 febrero, 2018 / Carmelitas
DOMINGO V T.O.CICLO B 2018

El Reino de Dios comienza aquí y ahora.

Quejarse no es raro ni nuevo, es tan antiguo como el hombre sobre la tierra. Tampoco las descripciones catastróficas del mundo son ni raras ni nuevas. La liturgia de hoy empieza con una antiquísima y depresiva descripción de la vida humana que hallamos en el libro de Job: “la vida es una esclavitud, la herencia del vivir es vacuidad, la noche es un desasosiego, los días se suceden los unos a los otro sin esperanza, la vida es un soplo y mis ojos no verán más la dicha”

Resultaría difícil hallar frases más gráficas para describir el estado depresivo del espíritu de una persona. Y convertirse en profeta de calamidades -lo que tanto intentó evitar Juan XXIII- es realmente vulgar y fácil, pero eso es antievangélico, porque Evangelio significa Buena Noticia.

Hoy, la suegra del primer Papa se convierte, en el evangelio, en un bonito signo de la actitud curativa de Jesús. Porque, aunque sea tan frecuente ir anunciando desdichas, es una enfermedad de la que hay que curarse. Y la curación de fiebres y enfermedades de las que habla san Marcos, en una cultura como la nuestra, con tantos años de medicamentos cada vez más sofisticados, la hemos de entender como fiebres y enfermedades del espíritu.

Afirmar que las descripciones sistemáticamente pesimistas son enfermizas, no quiere decir que seamos tan ingenuos que no nos demos cuenta de los peligros. Y en nuestra sociedad hay graves peligros. Por ejemplo, el de una guerra total, o el de la atonía de los espíritus respecto a la justicia o el de la fragilidad de los jóvenes ante la droga, etc.

El mundo ha sido siempre muy insolidario, lleno de salteadores de caminos y guerrilleros de todo pelaje (incluidos clérigos); un mundo frecuentemente dominado por torturadores vergonzosamente legalizados; un mundo herido de mil desastres en relación a la salud o las fuerzas de la naturaleza.

En nuestra época se manifiestan algunos signos muy interesantes de progreso moral, además de los de progreso técnico: hay una conciencia creciente de la libertad y de los derechos…Pero a la vez-paradójicamente- hay signos alarmantes de retroceso contra la dignidad de las personas: el aborto, la eutanasia, la indiferencia y hasta la persecución solapada de todo lo religioso, etc.

Pero contando con que la realidad es la que es, la manía de predicar y airear desastres no se deduce del Evangelio, sino de las “fiebres” que nos rodean en la sociedad en que vivimos: corrupciones, violaciones, maltratos, apariencias, etc.

Y tampoco hay que ocultar, que también en las esferas eclesiásticas se continua por parte de muchos, erre que erre con el catastrofismo, augurando apocalipsis mas o menos cercanos y con la condena sistemática a diestro y siniestra , en vez de infundir esperanza. Y es que los pájaros de mal agüero eclesiásticos no aceptan el haber perdido hegemonía, poder y prestigio en la sociedad. Lo suyo es tener a la gente sumisa y calladita, bajo pena de pecado mortal si alguien se atreve a no estar de acuerdo.¡Realmente vergonzoso!
Pues bien, la actitud de Jesús no era esa, sino todo lo contrario. En medio de un mundo que objetivamente era un desastre, con un derecho partidista y sectario, con una religión judía que imponía cargar y más cargas, Cristo se dedico a sembrar esperanza y a curar, cosa que todavía no han aprendido mucha parte del clero.

Y con esas actitudes “curativas”, Cristo arrastraba a la gente y tenía que esconderse como medida cautelar. La gente sencilla no lo seguía porque los regañase o amenazase, sino porque suscitaba en ellos perspectivas gratificantes y maduras, dignificadoras de las personas. Despertaba esperanza e ilusión y a la vez ponía en su sitio a muchos que no hacían otra cosa que sembrar cizaña, fisgonear y hacer de inspectores infiltrados de sus lideres ideológicos, porque se ve que no tenían otra cosa que hacer.

Los males del mundo son muchos y casi todos son muy antiguos; pero, como dicen los chinos, vale más encender cerillas, que no maldecir las tinieblas. Jesús encendía, no cerillas, sino antorchas, y sobre todo encendía los corazones. Y sin hacer trampas; es decir, sin infantilismos, sin escamotear la realidad, sin disimular el mal ni exagerarlo interesadamente
Iba haciendo propuestas positivas, maduradoras, en conexión con las situaciones reales (y no con el mal humor que gastan los que querrían un mundo a su medida). Iba hablando y enseñando actitudes que despertaban los corazones dormidos. E iba llamando por su nombre a los que para ellos creer significaba ser adictos de un determinado rabino. Jesús llamaba la atención porque invitaba a vivir. Al contrario, de muchas exhortaciones que invitaban e invitan a la resignación y ano rechistar.¡Realmente vergonzoso!

Seamos evangélicos y curémonos y curemos a otros de las fiebres depresivas actuales. Hay muchas formas de encontrarse con “la suegra de Pedro” en los tiempos que vivimos. Hay muchas personas que sin saberlo o sabiéndolo son autómatas y robots de la religión y tenemos que tenderles la mano para que salgan de esos agujeros.

La debilidad humana sigue acampando a sus anchas en la tierra de los vivos. Y, precisamente por eso, los cristianos, debemos seguir la indicación de Jesús, que saliendo del templo al encuentro de los que, con fiebre alta o baja, horas grandes o pequeñas, necesitan palabras de consuelo, ayuda, estímulo y reconocimiento.

Si Jesús vino a reconocer y enaltecer a los sufridos, esa es la tarea que la Iglesia debe continuar, poniéndose al lado de la cabecera de millones de hombres y mujeres sufrientes.
Y no nos importe demasiado el hecho de que no se nos reconozca la tarea que realizamos. Nos tiene que quedar la satisfacción de que estamos en el camino correcto, porque ese fue el camino de Jesús. Salir al encuentro de los que sufren- espiritual y físicamente- es un motivo de gloria y de crecimiento espiritual y humano.

El Reino de Dios comienza allá donde existe un surtidor de caridad, una semilla de cariño, una mano tendida al abatido.
Qué gran lección la de Jesús en el evangelio de este domingo: sale con sus discípulos de la sinagoga y, en la casa de Pedro, actúa maravillosamente. Una vez más habla con autoridad: hace lo que dice. Habla, camina, entra en casa de Pedro y cura. Las obras le acompañan. Las obras le hacen coro. No necesita más refrendo, ni más marketing que su infinita misericordia.
Sólo una vida profunda, es capaz de recomponer las fuerzas gastadas a favor de los demás. Miremos al Señor; se retira a un descampado. No se conforma con hacer el bien. Sabe que también ha de estar en comunión con su Padre, con Aquel que es su fortaleza, con el que es la razón de su bondad infinita.
Tampoco nosotros nos hemos de contentar con cumplir, más o menos, con unos fines sociales. Entre otras cosas porque, tarde o temprano, la salud, el cansancio, las decepciones u otros aspectos, dan al traste con nuestros más altos ideales. Es bueno, por ello mismo, descansar en Aquel que nos da la fuerza necesaria e ilimitada para seguir desviviéndonos por los demás.

Y para ser un surtidor de caridad, hemos de hacer como Cristo, que no vivió ajeno a esa fuente de energía, de luz, de gracia y de consejo que es la oración. Hoy está muy de moda las ONG, el altruismo, etc. ¿Durarán muchos años? La experiencia de Cristo y de muchos cristianos, en cambio, nos dice que si se ama con amor de Dios, el amor es eterno; si se sirve con las manos de Dios, el servicio es constante; si se transforma el entorno con la sabiduría de Dios, la sociedad se hace más justa y fraternal.

Que el Señor con una oración profunda y sentida, nos haga recapacitar también hacia qué compromisos nos hemos de encaminar como Iglesia, como parroquia, como familia, como persona. Entre otras cosas porque, hacer hoy el bien aquí, implica coger fuerzas para hacerlo mañana en otra parte.

 

QUE NO ME OLVIDE, JESÚS. Que puedo curar sin ser médico. Que puedo aliviar, sin ser medicina. Que puedo hacer sonreír, sin tener el título de payaso.

QUE NO ME OLVIDE, JESÚS. Que el cariño que se da, es salud para el que se encuentra enfermo. Que la palabra con amor, es inyección para el moribundo. Que una visita, más pronto que tarde, es bálsamo que disipa la soledad.

QUE NO ME OLVIDE, JESÚS. Que, si avanzo por tus caminos, el sufrimiento humano no ha de ser ajeno a mi sendero. Que, si digo ser de los tuyos, he de luchar contra la fiebre de aquel que se encuentra endiosado, de aquellos otros que están perdidos, de otros tantos que se encuentran postrados en la cama de su aflicción, soledad, abandono, miserias, desprecios, humillaciones o enfermedades

QUE NO ME OLVIDE, JESÚS. Que tu mensaje se mantiene vivo no en el árbol de la palabrería, sino en el fruto de las buenas obras. Que tu mensaje se difunde con fuerza, cuando nuestras manos son alivio, esperanza y fuerza moral para los que se sienten desarmados y sin más horizonte que la muerte.

QUE NO ME OLVIDE, JESÚS Que tus preocupaciones, han de ser las mías. Que tus desvelos, han de contar con horas de mis horas.

Amén.

 

Volver
Carmelitas de San José

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies