Ecos del Evangelio

7 febrero, 2018 / Carmelitas
DOMINGO VI T.O. CICLO B 2018

SI QUIERES, PUEDES LIMPIARME

 

“El que haya sido declarado enfermo de lepra, andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: « ¡Impuro, impuro!» Mientras le dure la lepra, seguirá impuro: vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento”

¡Qué dura la ley aquella! El que veía aparecer en su piel las manchas de la lepra, sabía que todo estaba perdido para él. Era declarado impuro, y se le marginaba fríamente. Para que nadie lo confundiera con los “buenos”. Para que nadie se contaminase.

Como tantos, que la sociedad de hoy considera “leprosos”. Negros, drogadictos, gitanos, expresidiarios, alcohólicos, enfermos de SIDA, etc… La sociedad -decimos- tiene que defenderse de ellos. Nosotros -los puros, los sanos- tenemos que cuidarnos, no sea que nos salpique tanta suciedad. Y así se educa ¡Y parece tan normal! Se trata de poner en práctica las enseñanzas de aquella vieja fábula: no se puede dejar que una sola manzana podrida acabe pudriendo al resto de las manzanas sanas.

Pero viene Jesús y nos lo pone todo del revés. Se le acerca un leproso, y Él, sintiendo compasión, extendió la mano y lo tocó (¡qué atrevimiento!) diciendo: “Quiero, queda limpio”. Es que a Jesús no le gustan los ‘ghettos’. Él ha venido a liberar, a salvar. Por eso no quiere que se margine a nadie. ¿Cómo podrá sanar un enfermo, si de antemano se le corta todo contacto con la vida? Cristo prefiere arriesgar, porque ama. Él opta, decididamente, por la integración.

El primer mensaje del evangelio de hoy es que : también los considerados impuros por la sociedad y el culto exquisito, pueden acercarse a Jesús, y por medio de Él a Dios. Lo que Dios mira es la pureza interior, es decir, la disponibilidad de nuestra conciencia para hacer las cosas con rectitud. Por eso la fe cristiana acaba con la división entre cosas puras e impuras, ya que no existe ninguna fuerza mágica especial que se deposite en ciertas personas o cosas para hacerlas portadoras del mal.

Para Dios, todo hombre está llamado a la fe y a la santidad por el solo hecho de ser hombre; y por eso mismo la comunidad cristiana está abierta absolutamente a todos, aun a aquellos considerados impuros o directamente excluidos por tal o cual prejuicio o tabú.

¡Claro, esta manera de actuar de Cristo, a los puritanos de entonces y de ahora les repatea!.Pero que sigan con su puritanismo perdiendo el tiempo. Lo malo es que lo inculcan a la gente, y la gente sencilla se queda temblando.¡Vergonzoso que aun estemos así en la Iglesia, a pesar de evangelios como el de hoy!

El segundo mensaje de hoy es que : como vemos, Marcos no solamente nos habla -como vimos el domingo pasado- de la universalidad del mensaje de Jesús en cuanto éste se dirige a todos los pueblos, sino de otra universalidad que a veces suele costarnos más aún: Jesús se dirige de la misma forma a todas las clases sociales y a todo tipo de personas sin prejuicio alguno.
Por eso, lo interesante para nosotros ahora es preguntarnos quién es ese leproso que nuestra comunidad aísla de su mesa o convivencia. No hace falta que pensemos mucho para darnos cuenta, por ejemplo, de lo siguiente:

1-A veces afirmamos que no somos racistas; pero esto no es obstáculo para que menospreciemos a la gente de color o al de pómulos salientes, al gitano o al ciudadano de cierta región del país; al que está mal vestido; o bien, al que no ha adquirido todas las finezas de la cultura occidental.

2-También entendemos que entre nosotros existe amplia democracia y que todos somos iguales ante la ley, y que aquí no existen parias de ninguna especie. Pero, ¡cuántas diferencias se hacen en la iglesia, en los negocios o en las oficinas públicas según que la persona parezca tener más o menos dinero o poder o influencia!

3-Podríamos hablar también del permanente recelo con que se trata al ateo o al miembro de otra confesión religiosa; a la madre soltera o a los divorciados, al homosexual o a los delincuentes encarcelados… ¡Qué vergüenza, como si no fueran personas como los demás!

Amigos, Jesús el evangelio es radical y muy claro en su postura, como lo demuestra la actitud con los parias de su época: los publicanos, los paganos, las rameras o los soldados romanos.

Jesús cura al leproso y llama a la conversión al soldado injusto o a la prostituta postrada…, pero nunca les cerró las puertas, nunca condenó previamente, nunca se dejó llevar por los prejuicios que, en aquella época, eran tan frecuentes como ahora.

*Para Dios no hay gente impura ni excluida. Todos están llamados igualmente a formar parte de su comunidad, ya que con Cristo ha caducado la antigua división entre puro e impuro.

*No tengamos miedo, como no lo tuvo Jesús, a poner nuestras manos como signo de bendición sobre los hombros de aquellos que hasta hoy nos han causado repugnancia, rechazo o han sido tratados con prejuicios.

*Con gran sinceridad sepamos reconocer cuándo nuestro trato no es ecuánime, y cuándo estamos cometiendo el gran pecado de sentirnos la parte pura de la sociedad…

*Sepamos descubrir ese odio tan sutil, que hasta puede disfrazarse de santidad. Sobre este punto es mucho lo que tenemos que revisar, tanto a nivel personal como comunitario e institucional.

Frente a un mundo que cierra cómodamente los ojos para no ver al que sufre, o ante aquellos que pueden crearnos problemas no ve más solución que meterlos en bolsas de basura y dejarlos que se vayan pudriendo en las afueras de nuestras ciudades, Jesús enseña a los que quieran seguirlo un camino diferente: acoger, integrar, salvar.

Y por ese camino difícil, incomprendido, han ido entrando, a través de los siglos, los que han optado por seguir a Jesús. Aquellos que han ido descubriendo que lo importante no es solo salvarse ellos, sino salvar al mundo. Como Pablo: “No buscando mi propio bien, sino el de ellos, para que todos se salven”.

Es algo, pues, que debemos pensarnos muy en serio. Se trata de una encrucijada.
O tomamos el camino de la primera lectura y, en un “sálvese quien pueda”, buscamos solamente no contaminarnos con el mal, conservarnos limpios e impecables; colocar fuera de la vista toda la pobreza y la maldad que andan sueltas por el mundo y no mezclar las manzanas sanas con las podridas.
O desenmascaramos de una vez la dichosa fabulita, cambiándonos a esa otra lógica positiva de Jesús, reflejada en sus parábolas: un poco de levadura, metida en la masa, es capaz de transformarla; un grano de sal, muriendo dentro, acaba dando sabor a toda la comida.

Hay que escoger. O nos sometemos a la lógica egoísta de la fábula, o nos pasamos a la aventura fascinante de ser sal y levadura, al estilo de Jesús.
Se suele decir que, con miel, se consigue más que con hiel. Que nuestra fe, profunda y serena, vigorosa y humilde, sea la mejor forma de querernos a nosotros mismos y de colocar al Señor en el lugar que le corresponde: ¡DIOS ES DIOS! Tiene su ritmo, lleva su paso….y solo falta que tengamos ganas de Él, apetito de Él, seguridad en Él. ¿De verdad lo queremos?

¡SEÑOR, TÚ LO SABES!

*Vivo y, sin darme cuenta, no lo hago como Tú quisieras y avanzo recubierto y disfrazado de las nuevas lepras con las que el mundo me invade. Algunas, te confieso Jesús, hasta las considero virtud.

*Deseo tanto, oh Señor, desprenderme de todo aquello que me hace grande a los ojos del mundo. Anhelo tanto, oh Señor, curarme de aquello que me impide abrazarte con todas las consecuencias.

*Tú, Señor, Tú lo sabes todo. Si quieres, Jesús, puedes limpiarme: de la pereza que me paraliza y me convierte en freno y obstáculo de tu Reino. Del relativismo que me tranquiliza, adormece y me confunde al dar lo falso por verdadero o a ver lo bueno como malo y lo noble como caduco.

 

¡DESEO TANTO SEÑOR QUE ME LIMPIES!

*Que te necesite, como el labrador pide el agua para sus campos.
*Que te busque, como el montañero añora las cotas altas.
*Que te desee, como el niño apetece los brazos de su madre.
*Que confíe en Ti, sabiendo que Tú eres médico que nunca falla.
*Que en mi oración no siempre humilde, me presente ante Ti como lo que soy, y a veces olvido: limosnero de la salud que me ofreces, pordiosero de tu amor gratuito y desinteresado, menesteroso de tus gracias y de tu aliento.

Tú, Señor, sabes cuánto…pero cuánto lo quiero.
Tú, Señor, sabes cuánto….cuánto necesito de una limpieza a fondo.
Tú, Señor, sabes que, si quieres, puedes………….

AMEN

 

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