Ecos del Evangelio

13 febrero, 2021 / Carmelitas
DOMINGO VI T.O. CICLO B 2021

 

La Palabra de Dios de este 6º domingo del tiempo ordinario, y en concreto del evangelio, refleja no sólo la lepra física de entonces, sino también la lepra de tanta gente de nuestros días tocada por la debilidad, por el hambre, por los trastornos psicológicos. Gente que es apartada y relegada, como si fueran apestados. Pero también refleja la lepra que cada uno personalmente consiente en su vida, cuando camina sin valores, sin rumbo, como una marioneta.

 

¡Cuántos personas rechazadas y aisladas por su forma de entender la vida!

¡Cuántos cristianos apartados de sus profesiones y denigrados, por no abdicar de sus convicciones!

¡Cuántas personas que, son señaladas con el dedo modernista y progre, porque no comulgan con ruedas de molino; porque se revelan ante una técnica y unas leyes que legitiman todo y que degradan y eliminan lo más importante, la dignidad del hombre y lo máximo, que es la vida!

¡Pero también, cuanto cristiano que se ha subido al carro del “todos lo hacen y por tanto yo por que no”.

Existen pues, los leprosos involuntarios, fruto de esta sociedad progre que no tolera a los que no pensamos como ella. Pero también existen-no nos engañemos- los leprosos voluntarios, los que no reconocen su pecado, porque es mucho más cómodo dejarse llevar por el seguidismo y cargar el muerto al ambiente, antes que reconocer la propia culpabilidad. Amigos así, no puede madurar ni el individuo, ni el cristiano, ni la familia, ni la sociedad. ¿O es que no lo estamos viendo?

 

El mal existe dentro y fuera de nosotros y los que se dedican a hacer el mal también existen. Y tenemos que hacer un esfuerzo de lucidez para llamar al pecado, pecado; al mal, mal, esté donde esté. Es por ello, especialmente necesario ser claros, y sinceros y dar a cada acción su nombre. Aunque como decía santo Tomás de Aquino: «quien dice verdades pierde amistades».

 

Es urgente el juego limpio y llamar a cada cosa por su nombre.

Si una conducta es injusta, no vale decir que es inevitable o que todos lo hacen.

Si un silencio, una verdad a medias es cobardía, no es jugar limpio calificarlo de prudencia.

Si es difícil vivir una sexualidad adulta, no es jugar limpio hablar de superación de tabúes sexuales para hacer lo que venga en gana…

 

Todos tenemos necesidad de vivir en la verdad, de buscarla con todas nuestras fuerzas, de dar a lo que hacemos su verdadero nombre. Y para eso guste o no, hace falta hacer nuestro el evangelio, a través del silencio, la reflexión, la oración y coraje.

 

Vemos hoy, como Jesús no se aleja del leproso, no lo condena. Pero tampoco disimula que tenga lepra. Lo ve y lo ama como es. Si el leproso hubiera escondido su lepra -lo mismo que si nosotros escondemos nuestro pecado-, no se hubiera curado porque no habría pedido que le liberaran de su mal.

 

Sea lepra impuesta o lepra consentida, no hay que tener miedo. El Señor quiere curar al que reconozca que tiene lepra y a la vez lo llamará para curar a muchos a los que la sociedad les ha cargado la lepra.

 

Amigos, el primer paso para la curación es reconocerse enfermo .Este es el gran mal de nuestra sociedad y de no pocos cristianos inmersos en ella, que no reconocen su pecado. Y así no hay solución. El leproso creyó en Jesús y quedó curado. Hay que reconocer no solo el pecado que hay en la sociedad, sino también el que hay en cada uno en particular, sea cual sea.

 

Hay que reconocer , el mal que no creemos posible quitarnos de encima; la conducta injusta que no sabemos o no queremos modificar; la cobardía que domina a muchos; el egoísmo que renace siempre; la doblez para con las personas que conviven alrededor; la falta de esperanza y de amor; el vivir aprisionados por el dinero, el placer, la indiferencia, la comodidad, el «pasotismo». Y después de reconocer la lepra propia, levantar la voz contra una sociedad que produce lepra como cosa natural de su funcionamiento: la injusticia, la marginación, el aislamiento de tantas personas en los mejores años de sus vidas. Pero levantar la voz con el ejemplo de vida. Es un deber evangelizador y por tanto un deber cristiano el denunciarlo (pero repito, habiendo reconocido antes la propia y habiéndose dejado curar). No sea que un ciego quiera guiar a otro ciego.

 

Porque podemos caer en dos tentaciones:

1ª) La del fariseísmo de la sociedad hipócrita en que vivimos y la del cristianismo puritano que de divide a los hombres en buenos y malos. En el que los malos siempre son los otros.

2ª) La de la permisividad que todo lo considera igual, que es la tentación de la sociedad consumista y escéptica que padecemos, en la que todo vale si a mi me gusta, perjudique o no a los otros y a su dignidad.

Ninguna de ellas es la conducta de Jesús: Jesús no excluye a nadie, y no deja el mundo igual. Ama a cada persona, a cada pecador, a cada leproso. No se desentiende del mal, y de la lepra de nadie. Lucha contra el mal, contra el pecado, porque ama al hombre, a cada hombre. Y porque ama infinitamente, quiere liberar y liberarnos, salvarnos. Jesús, siempre cura a quien quiera curarse y se deje curar.

 

«Si quieres, puedes limpiarme». Jesús siempre hace el bien; no puede dejar de hacerlo. Por eso quiere que el leproso quede limpio, aunque su curación no le lleva a seguirle, como hubiera sido lo lógico. Cristo no cura porque espera una contraprestación, sino porque ama; y quien ama no busca nada a cambio, sino el bien de la persona. Porque para Jesús sólo existe una ley importante: la del amor.

 

Tengamos el coraje de revisar nuestro seguimiento, para ver lo que tenemos que rectificar en nuestra vida. ¿Cuánto tiempo llevas con esa lepra particular que eres consciente que tienes? ¿Cuánto tiempo tardarás aún en dar el paso para decirle de corazón al Señor: “Si quieres puedes limpiarme”? El Señor nos quiere curar y nos necesita para ayudar a curar a otros.

Saquemos pues dos conclusiones:

1º) Quien se decida a seguir a Jesús, sepa que se contagiará de la lepra llamada amor, y desde entonces, ya no son el mal y la desolación los que tienen la última palabra. Desde Cristo el verdadero amor es contagioso y si no es contagioso, no es verdadero. Pero se atreverá la Iglesia -vosotros y yo-, a decir hoy a todos los excluidos, a los excomulgados, a los apestados según la recta moral, a los condenados por las santas reglas de la fe tradicional: «¿Entrad, somos un lugar donde las personas se sienten reconocidas, no etiquetadas, perdonadas y siempre amadas?».

 

2º) Pero para seguir a Cristo, primero hay que decidirse. O tomamos el camino de la primera lectura y, en un «sálvese quien pueda», buscamos solamente no contaminarnos con el mal; conservarnos limpios e impecables; colocar fuera de la vista toda la pobreza y la maldad que andan sueltas por el mundo; no mezclar las manzanas sanas con las podridas… O hacemos nuestra esa otra lógica positiva de Jesús, reflejada en sus parábolas: un poco de levadura, metida en la masa es capaz de transformarla; un grano de sal, acaba dando sabor a toda la comida. Se trata de una lógica totalmente distinta.

 

¡Quien juega con fuego termina quemándose! Y si el amor de Cristo nos contagia, corremos gran riesgo de que el mundo nos considere apestados. ¡Pero ser apestado por causa de Cristo es el mayor regalo!

 

Sí, Jesús, es peligroso, ¡contagia!
Pero su contagio no infecta, sino que inmuniza.

 

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