Ecos del Evangelio

16 febrero, 2019 / Carmelitas
DOMINGO VI T.O. CICLO C 2019

 

Dichosos vosotros…

 

Si en algo todos estamos de acuerdo, es en que todos buscamos ser felices. Pero la cuestión está por que camino la pretendemos encontrar. Y hoy la Palabra de Dios, y en concreto el Evangelio, nos indica como lograrla. Pero quizá muchos, y entre ellos cristianos, quieran pasar de puntillas por lo que Cristo nos aconseja. Desde luego, yo no voy a pasar de puntillas y procuraré poneros al día su mensaje.

 

También Jeremías se encontró en su tiempo, con la cruda realidad de una sociedad completamente dañada y podrida en sus estructuras, pero intuyó que el problema aún era más profundo. La perversión había invadido el corazón de muchos hombres y mujeres, que se dejaron corromper y arrastrar por lo reinante en la sociedad de entonces y así llegaron a degenerar la obra de Dios y sus propias vidas. Y en eso estamos exactamente en la actualidad.

 

Hoy, nuestro mundo también necesita profetas como Jeremías.

 

Jeremías que se lleven las manos a la cabeza y nos hagan ver el disparate en que se ha convertido la vida de tantos miles y miles de personas que les han robado o se ha dejado robar su dignidad y de tantos cristianos que viven como si no lo fueran.

Jeremías que se lleven las manos a la cabeza al ver a tanta y tanta gente convertidas en simples borregos de consumo.

Jeremías que se lleven las manos a la cabeza al ver cuantos saciados a costa de millones de pobres.

Jeremías que se lleven las manos a la cabeza al ver cuantos se dedican a dominar, engañar y amedrentar en vez de servir a los ciudadanos y a los feligreses, y todo ello por su ambición desmedida de poder, y de vanagloria, tanto en lo civil como en lo eclesiástico.

 

 

Pues amigos, somos nosotros-los cristianos- quienes deberíamos vivir de tal manera que nuestra propia existencia fuese un llevarnos las manos a la cabeza ante tanto despropósito. La propia vida, vivida de otra manera, con otro estilo, con otro talante, es la que debe resultar profética en medio de la sociedad y actual. La triste realidad es que, gran número de cristianos se han acomodado perfectamente al sistema, y no dejan de ser un eslabón más en la cadena que mantiene la situación de desorientación y sin sentido que se da en la sociedad.

 

Parece como si muchos cristianos hubiesen olvidado el mensaje de fraternidad que Jesús dejó entre nosotros. Parece que han reducido casi al silencio la constante e imperiosa llamada que Cristo hizo – y nos hace- a volver la mirada al hermano que sufre y a tenderle nuestra mano para consolarlo en su dolor y su sufrimiento.

 

Lo que resuena en el fondo de las bienaventuranzas y los ayes del Evangelio de hoy no es otra cosa que eso: el mensaje de fraternidad, una vez más. No sólo una fraternidad como invitación, sino una fraternidad que se ha de hacer realidad, pase lo que pase. Y que los primeros encargados de hacerla realidad son los cristianos. El que tenga oídos que oiga, como dijo Cristo.
Occidente no ha querido creer en el amor sin condiciones como fuente de vida y felicidad para el hombre y la sociedad, sino en la ambición, el poder, la manipulación, la mentira y el despilfarro. Todo un cóctel del que un día se habrá de dar cuentas.

 

Por eso las bienaventuranzas de Jesús siguen siendo un lenguaje ininteligible e increíble, incluso para muchos que se llaman cristianos. Se ha llegado, incluso, a confundir la felicidad con el bienestar. Y, aunque son pocos los que se atreven a confesarlo abiertamente, para muchos, lo decisivo para ser feliz es «tener dinero y todo lo que con él se compra».

 

Mucha gente apenas tiene otro proyecto de vida. Trabajar para tener dinero. Tener dinero para comprar cosas. Poseer cosas para adquirir una posición y ser algo en la sociedad. Esta es la felicidad en la muchos creen. El único camino que se les ocurre recorrer para buscar la felicidad. Pero aunque no lo digan, experimentan que esa felicidad es hueca.

 

A veces, tiene uno la sensación de vivir en una sociedad que, en el fondo, sabe que algo absurdo se encierra en todo esto, pero la sociedad, muchos de su individuos son incapaces de buscar una felicidad más verdadera. De alguna manera, a muchos les gusta la manera de vivir que llevan, aunque sientan que no les hace felices, pero se trata de aparentar.

 

Pues ojo, porque los creyentes deberíamos recordar que Jesús no ha hablado sólo de bienaventuranzas. Ha lanzado también amenazadoras maldiciones para cuantos, olvidando la llamada del amor y la fraternidad, ríen seguros en su propio bienestar olvidándose de los demás.

 

Esta es la denuncia de Jesús. Quienes poseen y disfrutan de todo cuanto su corazón egoísta anhela, un día descubrirán que no hay para ellos más felicidad que la que ya han saboreado, aunque les ha dejado vacíos.
Estamos viviendo momentos críticos-y no lo dudéis- en los que podemos empezar a intuir mejor la verdad última que se encierra en la denuncia de Jesús: « ¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque lloraréis!».

 

Amigos, la felicidad no está en el puro bienestar. La civilización de la abundancia nos ha ofrecido medios de vida, pero no razones para vivir. La insatisfacción actual de muchos no se debe sólo ni principalmente a la crisis económica, sino, ante todo, al vacío de humanidad y a la crisis de auténticos motivos para trabajar, luchar, gozar, sufrir y esperar. Es decir a la ausencia de los verdaderos valores .Y así luce el pelo.

 

Hay poca gente feliz. Hemos aprendido muchas cosas, pero no sabemos ser felices. ¡Quien necesita muchas cosas es que es un pobre necesitado! Para lograr el bienestar mucha gente es capaz de mentir, defraudar, traicionar y destrozar al prójimo. Y así, en el fondo no se es feliz, sino desgraciado.

 

Y, ¿si Jesús tuviera razón? ¿No está nuestra «felicidad» demasiado amenazada? ¿No tenemos que hacer una sociedad diferente cuyo ideal no sea el desarrollo material sin límites, sino la satisfacción de las necesidades vitales de todos? ¿No seremos más felices cuando aprendamos a necesitar menos y a compartir más?

 

Estoy seguro de que, si uno quiere buscar en el evangelio una justificación a su tranquilidad, lo encontrará. «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que os aliviaré». O: «Yo soy el buen Pastor y conozco a mis ovejas…». O, todavía más: «No os agobiéis pensando qué vais a comer o cómo os vestiréis». Efectivamente, entresacadas así, estas sentencias pueden hacerle creer a uno que «entrar en el evangelio» es entrar en el «país de las maravillas y cruzarse de brazos». Y ¡es tan confortable navegar con viento a favor!

 

Pero, claro, una lectura seria del evangelio nos lleva al convencimiento contrario. De tranquilidad, nada. A lo que el evangelio nos llama es a «nadar contra corriente», a vivir en el ejercicio constante de la paradoja, de la contradicción, y, si me apuráis, a combatir este absurdo materialismo que nos destruye el alma.

 

Leed, si no, despacio, el evangelio de hoy: «Jesús, al bajar del monte, dijo: Dichosos los pobres… Dichosos los que tenéis hambre… Dichosos cuando os odien… Dichosos los que lloráis…». Es como decirnos: « ¡Felices los infelices!» Y luego añadió: « ¡Ay de los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de los saciados y de los que reís, porque tendréis hambre y lloraréis!». Que es lo mismo que decir: « ¡Infelices los felices!» Al leer estas sentencias, pueden surgir, claro, diferentes interpretaciones.

 

-Unos pensarán: Se trata de «tomaduras de pelo», pronunciadas por un hábil malabarista del lenguaje; juegos de palabras lanzados por un perito en ingeniosas «sopas de letras y frases» para recreo y divertimento.

 

-Otros dirán: Son «invitaciones al conformismo», a la pasiva resignación, a la estoica aceptación del que «cada palo aguante su vela». Declaraciones, en fin, fatalistas, que significan: «No hay nada que hacer. Siempre habrá pobreza y ricos y dolor. Por lo tanto, ¡aguanta mecha, que esa es la derecha!»

 

-Pero yo, digo algo totalmente opuesto a lo anterior sobre el mensaje del evangelio de hoy: Las bienaventuranzas son «locuras a lo divino». Líneas, en apariencia, torcidas, pero para escribir derecho. Proposiciones para poner «del revés» lo que creíamos que estaba del derecho. Colocar cabeza abajo, o patas arriba, la mundana filosofía del vivir de muchos. Porque resulta que, no sólo las bienaventuranzas, sino todo el evangelio es paradoja y contradicción.

 

 

FELICIDADES, A TI QUE ME ESCUCHAS… SI….

 

 

*Si pones en el centro de tu vida la coherencia cristiana en el vivir cotidiano: ¡Serás feliz!

 

*Si recuerdas que Jesús resucitó y que te llama a la vida: ¡Serás feliz!

 

*Si ante las dificultades de la vida no te acobardas: ¡Serás feliz!

 

*Si la prueba llama a tu casa y no pierdes la calma: ¡Serás feliz!

 

*Si encuentras en el servicio y la entrega tu realización: ¡Serás feliz!

 

*Si no caminas por donde todos caminan: ¡Serás feliz!

 

*Sí eliges el camino de las bienaventuranzas: ¡Serás feliz!

 

*Si compartes algo de lo que tienes y eres con los más pobres y necesitados: ¡Serás feliz!

 

*Si olvidas lo que diste y no exiges lo que ofreces: ¡Serás feliz!

 

*Si lloras por dentro pero sabes sonreír por fuera haciendo la vida más placentera a alguien: ¡Serás feliz!

 

*Si haces más agradable a los que te rodean sirviendo y no exigiendo: ¡Serás feliz!

 

*Si siendo incomprendido sigues luchando por tus ideales cristianos: ¡Serás feliz!

 

*Si aceptando ser amigo de Jesús tienes que renunciar a ciertas cosas: ¡Serás feliz!

 

*Si pones frente al dolor la medicina de la fe y del amor: ¡Serás feliz!

 

*Si ignorándote alguien, con razón o sin razón, no olvidas que Dios jamás te deja de lado: ¡Serás feliz!

 

*Sé feliz, haz felices a los demás y, cuando alguien te pregunte dónde está el secreto de tu felicidad, contesta sin miedo: ¡En Jesucristo! ¡Por Él y con Él soy feliz!

 

 

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