Ecos del Evangelio

22 febrero, 2020 / Carmelitas
DOMINGO VII T.O. CICLO A 2020

 

No, Cristo no nos pide imposibles. Detrás de las afirmaciones de Cristo en el evangelio de hoy, lo que hay es una pregunta que nos tenemos que hacer. ¿Que es ser cristiano de verdad? .A eso tenemos que responder. Y, respondo: ser cristiano es ir haciendo nuestro el proyecto de vida de Cristo: su mentalidad y su escala de valores, por encima -y a veces en contra- de la mentalidad y los valores de esta sociedad en la que vivimos. Por eso, cada domingo somos invitados a mirarnos al espejo de Cristo: a escuchar y aceptar su Palabra viva y orientadora.

 

Hoy, Cristo, nos habla sobre como tiene que ser nuestra relación con el prójimo, si queremos ser de los suyos.

 

Ya el A.T, nos da una buena «medida» de amor: amar al prójimo como a ti mismo… Se nos dice que así imitamos a Dios y somos santos como Él. Nos lo ha hecho repetir el salmo responsorial: «el Señor es compasivo y misericordioso». Por tanto no se puede decir que se honra a Dios si luego no se tiene la misma manera de actuar con los demás, que la que Él tiene con nosotros: lento a la ira, comprensivo, perdonador, rico en clemencia… La caridad con el hermano es la prueba del nueve de la fe que se dice tener a Dios, sino es así, lo siento, la fe es una entelequia.

 

Y para ir rehaciendo la caridad, hay que empezar por desdeñar en lo cotidiano el chismorreo, la lengua de serpiente que mata la fama ajena y las habladurías tan frecuentes. Por eso Jesús, en el evangelio, concreta y de que manera la ley del amor. Ya no debe regir para los suyos la ley del talión, aunque todavía hoy sea lo más espontáneo: ojo por ojo (no me habla, pues yo no le hablo; me critica, pues yo le critico a él). Los seguidores de Jesús deben aprender la nueva ley, la ley del amor.

 

Pero el amor que nos pide Jesús hay que entenderlo bien. Amar no significa siempre callar. El silencio no pocas veces puede significar la colaboración con el mal, el engaño o la manipulación. Por eso a veces el amor incluye, como ya nos dice la primera lectura, la corrección fraterna. Por tanto este nuevo estilo de Cristo implica hacer las cosas desde una actitud de amor, y no de rencor o de venganza. Lo de la mejilla o lo de la túnica no hay que tomarlo necesariamente al pie de la letra, sino desde su urgencia de actitud pacífica, no violenta, ni vengativa. Cuando a Jesús le dieron una bofetada, en la Pasión, no puso la otra mejilla, sino que preguntó serenamente por qué le golpeaban, qué mal había hecho.

 

Cristo no nos enseña sólo un estilo civilizado de convivencia, sino uno claramente superior: un estilo basado en el amor gratuito, desinteresado, cosa que no nos enseña precisamente este mundo, ni los que lo gobiernan.

 

*El modelo primero de amor que nos proponen las lecturas de hoy, es Dios mismo. «Sed santos como yo», decía la primera lectura. Y ya hemos visto qué retrato de santidad de Dios nos ofrecía el salmo: el Dios lleno de misericordia. También el evangelio afirma: «así seréis hijos de vuestro Padre»: Dios, al hacer llover o salir el sol sobre todos, nos da ejemplo de un corazón universal y no vengativo. Dios nos enseña a superar la ofensa con el amor, no con otra ofensa justiciera. Pero eso no significa-repito-, no denunciar cualquier situación que vaya contra la dignidad y la libertad de las personas cuando tratan de acallarlas y adormecerlas para que no piensen.

 

El estilo de vida que nos enseña Jesús debe ser claramente el nuestro: contra corriente, difícil, audaz. No sólo nos dice que no odiemos. Nos pide más: que amemos incluso al «enemigo», aunque estemos luchando contra el mal que el enemigo nos está o está produciendo. La gran fuerza que transformaría el mundo y la sociedad, si muchos cristianos la entendieran en la práctica, es el amor. ¡Si muchos se dedicaran a esto ultimo, cuanta concordia habría en vez de tanto enfrentamiento como el que se siembra y se alimenta a través del chantaje, el engaño y la manipulación!

 

Si os fijáis «la vida de sociedad funciona al estilo del eco». Se corresponde al otro en el mismo modo y cantidad que el nos trata .Se devuelven atenciones y favores según una ajustada táctica del «tanto, cuanto». Lo mismo ocurre con lo negativo: cuando nos ofenden, la ofensa queda registrada en nuestra computadora interior, y, tarde o temprano, devuelve la moneda. “Me las pagarás», decíamos de niños” Y todo el A.T. transcurre en un contexto en el que la venganza era algo normal. Pero vino Jesús y nos dijo que eso era «cosa de paganos»: «Si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?, también los pecadores lo hacen».

 

Efectivamente, Dios no envió a su Hijo a la tierra para que nos enseñara una doctrina de paralelismo basada en el «ojo por ojo» y «banquete por banquete» o «tú me diste tanto, yo te devuelvo cuanto». No, Dios es un río que se desborda, una gratuidad que nos inunda. Si, así «actúa» Cristo con nosotros, y su «doctrina» es esa. El Evangelio de hoy dice: «Jesús, a los que le escuchaban, les decía: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen…»» Quedan rotas, pues, las matemáticas y los cálculos humanos.

 

Esto exige, ya lo comprendéis, muchas cosas.

 

Primero, renunciar a la venganza, incluso a esa venganza disimulada que consiste « en la indiferencia o el desprecio al enemigo o al que no piensa como yo».

 

Segundo, excusar al adversario, tratando de buscar las causas atenuantes de su actuación. «Quien comprende, perdona y quien perdona de corazón, ama». Y Jesús lo demostró hasta en la cruz: «Perdónales, porque no saben lo que hacen».

 

Y tercero, el olvido de la ofensa. Es decir, adoptar la actitud de quien quiere olvidar. Para ello, hay tratar al adversario sin ningún aire de superioridad que le recuerde a cada paso: «Te he perdonado». Cuesta mucho perdonar. Es el «más difícil todavía».

 

Cuatro muros, pues, se levantan en contra de esa aventura del amor a los enemigos que nos propone Cristo:

 

1.– El egocentrismo, el egoísmo: mirarnos a nosotros mismos. Querernos demasiado.

 

2.- Individualismo: vivir como si todo dependiese de nosotros.

 

3.- El racionalismo: poner en primer lugar lo racional, lo único que puedo tocar y medir dejando de lado la fe o la religión.

 

4.- La ausencia de Dios: cuando en el centro instalamos exclusivamente nuestro propio bienestar y dejamos a un lado al Señor.

 

 

 

Un rey riquísimo decidió entregar un brillante invalorable a aquel de sus tres hijos que hiciera la hazaña más heroica. El mayor mató a un dragón que asolaba toda la región. El segundo, con una daga, redujo a diez hombres fuertemente armados. Pero el rey entregó el brillante al más pequeño, que se encontró con su mayor enemigo dormido en el campo; y le dejó «seguir durmiendo». ¡Gran hombre este hijo pequeño y gran cristiano sin saberlo!

 

 

Pues manos a la obra, que lo que nos propone Cristo no es imposible, y menos, contando con su ayuda.

 

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