Ecos del Evangelio

28 febrero, 2019 / Carmelitas
DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO-CICLO C 03 DE MARZO DEL 2019

 

EL BUEN ÁRBOL DA FRUTOS DE AMOR

 

La liturgia, de este domingo, nos habla de cómo el hombre prueba lo que hay en su corazón por medio de lo que habla «el fruto muestra el cultivo de un árbol, la palabra la mentalidad del hombre». Es decir, aquí vemos la importancia y la fuerza que tiene la palabra en la vida de las personas, y que, en la forma de cómo nos expresamos, dejamos entrever lo que realmente somos (Eclo 27,4-7).

 

Pero aquí habría que matizar un poco, porque “la palabra” no consiste sólo en aquello que se pronuncia con la boca, sino que se refiere a cualquier forma de expresión de una persona, y que nos permite interactuar con los demás.

 

Hace unos años, vi una película que hacía una reflexión bastante humorística sobre el valor de las palabras. Se llama “Mil palabras”, y trata de un hombre bastante palabrero, hablaba hasta por los codos, pero un día se topa con un gurú, el cual le quiere dar una lección, y hace aparecer un árbol en el jardín de la casa del parlanchín, de manera que a cada palabra que sale de la boca del charlatán, cae una hoja del árbol. Pasa algún tiempo hasta que el hombre se da cuenta de que sólo le quedan mil palabras, y que si cae la última, es probable que muera. Eso le trae problemas, porque ya no puede hablar con su mujer, en su trabajo, en sus negocios, con amigos, incluso hasta para pedir un café se ve limitado… Ahí aprende que cada una de nuestras palabras tiene un efecto profundo en nuestra vida y la vida de los demás, y fue capaz de reconocer el valor que cada palabra tiene.

 

Ahora proyectemos esto a otra escena de la vida, por ejemplo, a nuestra comunidad. Pensemos qué tipo de palabras utilizamos cotidianamente y si somos prudentes en el hablar, porque a veces podemos decir cosas que pueden herir, a lo mejor sin querer, pero que a veces por hablar sin pensar no medimos el alcance de nuestras palabras; o por el contrario, cuando no somos capaces de dedicar un tiempo para preguntar a nuestras hermanas ¿cómo estás? No por intromisión, sino porque nos preocupamos por ellas, porque son importantes para nosotros, o para poder decirles una palabra de aliento, de felicitación, de compartir una alegría, una pena… en fin, para dar una palabra fraterna, respetuosa, amable.

 

Si aún no lo hemos hecho, no va todo perdido, porque como nos dice San Pablo en la segunda lectura, «trabajad siempre por el Señor, sin reservas, convencidos de que el Señor no dejará sin recompensa vuestra fatiga». (1Co 15,54-58). Es decir, ahora es tiempo de esforzarnos por alcanzar la deseada fraternidad en las comunidades, no sólo esperar a que la solución sea sólo por gracia o a que las otras personas sean las de la iniciativa…

 

Si comenzamos a caminar, tengamos por seguro que el Señor nos ayudará a continuar… Un primer paso, por ejemplo, sería intentar tener más comprensión para con los demás (que no es lo mismo que justificar) y evitar los prejuicios. El evangelio nos dice: « ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no ves la viga que llevas en el tuyo?» (Lc 6, 39-45) Pues bien, saquemos de nuestro corazón todo aquello que no nos sirve, que nos ahoga, aquello que apaga la llama del amor de Dios en nosotras, y saquemos a relucir lo bueno, lo que engrandece y enriquece a nuestras comunidades y a toda la gente con la que nos relacionamos; el buen fruto por el cual nos demos a conocer: el amor.

 

Hna. Martha N.  González Cabrera CSJ

 

Volver
Carmelitas de San José

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies