Ecos del Evangelio

28 febrero, 2019 / Carmelitas
DOMINGO VIII T.O. CICLO C 2019

La actitud del corazón del hombre es lo que determina su obrar.

 

En mayor o menor medida, todos necesitamos en la vida un punto de referencia, una guía que nos permita caminar hacia donde hemos decidido dirigirnos. Lo importante es encontrar el guía adecuado.

 

Es importante en los diversos aspectos de la vida civil y ordinaria: importante cuando intentamos elegir la carrera profesional que apetecemos; importante es el guía para el equipo deportivo si sabe llevarlo hasta el triunfo; importante el economista que guía la marcha de la empresa para que no quiebre sino que produzca los beneficios adecuados para crear riqueza. Es importante pues contar con un buen guía en muchos campos de nuestro vivir.

 

Pero el hombre y eso también es evidente, no sólo come, bebe y se divierte, hay algo más en su interior que le hace buscar un guía, un guía que, por otra parte, puede orientar todos los movimientos de su existencia, hasta los más pequeños e insignificantes. Precisamente quizá estemos viviendo un momento en el que el hombre, tan sofisticado, tan científico, tan orgulloso de sí mismo, está buscando un GUÍA, porque sabe que le falta, para darle sentido a su vida.

 

No podemos negar que a través de los siglos han surgido y siguen surgiendo guías que aseguran tener la respuesta a todos y cada uno de los problemas humanos. Se multiplican los guías que tienen la fórmula mágica para que nuestra vida sea una senda de rosas, para que la modernidad y lo que llaman enfáticamente «progreso» nos llegue con toda seguridad si seguimos fielmente sus soflamas y sus exigencias.

 

Estamos en un momento en el que, por la diversidad de medios de comunicación y por la rapidez de los mismos, se asoman a nuestra vista un montón de guías, de líderes que pugnan, a veces estrepitosamente, por dirigirnos.

 

Quizá como nunca en una época en la que se habla, como en ninguna otra, de libertad, el hombre está sometido a la presión de guías, y líderes, que intentan que los hombres hagamos dejación de lo más preciado que tenemos: la inteligencia, para que ellos, los guías, los líderes, dirijan nuestra mente, y así, nos dicten el camino, y los medios para recorrerlo. Es decir, de una manera solapada o no tanto, se nos invita a no pensar, y que ellos piensen por nosotros y nos conviertan en auténticos borregos.

 

De esta triste y lamentable realidad no se ha librado ni se libra la Iglesia. Por eso mirando con honradez a la sociedad y dentro de la propia Iglesia, podemos aplicar con toda justicia la frase del Evangelio de hoy: hay guías que son ciegos que guían a otros ciegos.

 

Pues amigos, el Evangelio nos da una señal inequívoca para que podamos discernir cuando el guía es o no es ciego: y la señal, son los frutos que el guía, el líder, produce y hace producir en quienes le siguen.
Hay un GUÍA impecable a quienes los cristianos miramos o debemos mirar diariamente y a quien no estaría mal que lo hicieran incluso los que no creen en Él, y que es Cristo.

 

Es un GUÍA cuyos frutos son incontestables: generosidad, desprendimiento, pobreza personal, sencillez, compasión, tolerancia, amor hacia aquellos a quienes se dejan guiar. Un amor que lo lleva a entregar sin un gesto de protesta, la propia vida.

 

Es un GUÍA exigente, difícil de seguir, pero es un GUÍA absolutamente seguro, con Él, jamás caeremos en el hoyo del egoísmo, de la indiferencia, del desprecio a los otros, del olvido de Dios que se traduce, inevitablemente, en el olvido del hombre, con el peligro que esa actitud comporta y del que tenemos abundante experiencia.

 

Nuestro GUÍA es buen punto de referencia para calificar y catalogar a los numerosos guías que, generosamente, se nos ofrecen para supuestamente llevarnos a la felicidad.

 

Pero para tener a Cristo como guía, primero tenemos que dar el paso de la autocrítica. Pues bien, el Evangelio de hoy nos invita a la autocrítica: si no soy capaz de ver la viga que tengo en mi ojo, ¿cómo podré ver la mota que tiene el vecino en el suyo? Es un signo claro de que soy muy miope y, por tanto, no puedo dar recetas a los demás, porque, como dice Jesús: “Si un ciego guía a otro ciego, caerán ambos en el mismo hoyo”.

 

No podemos ponernos, pues, a hacer de maestros de los demás si aún no hemos aprendido a tomarnos en serio a Jesús, a ser discípulos de nuestro Maestro indiscutible. Y tomarse en serio a Cristo es vivir su mensaje y testimoniarlo. Solo así, podremos después dar ejemplo y, quizá, un pequeño consejo.

 

Y es que Jesús no tolera la hipocresía: Ya habréis oído explicar alguna vez que “hipócrita” es una palabra de origen griego que quiere decir “actor”. Por se llama hipócritas a aquellas personas que hablan o dicen cosas que están muy alejadas de su sentir y de su obrar… Actores, y no precisamente de cine. Según Isaías, Dios ya echaba en cara la hipocresía a su pueblo, diciéndole: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.

 

Años más tarde, Jesús diría: “Obran para ser bien vistos por la gente”. Se trata, por tanto, de una herida que el hombre lleva consigo desde los primeros tiempos, y que difícilmente podemos curar sin Cristo. Cuanta gente está convencida de haber descubierto con toda claridad el mal de los demás, cuando, de hecho, no tienen la suficiente vista para vislumbrar el suyo propio. Por eso Jesús dirá: “Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste”.

 

Siempre hemos escuchado que Jesús ataca duramente a los escribas y fariseos porque son hipócritas. Y, si no fuera porque el espíritu farisaico continua, en la actualidad, le aplaudiríamos bien fuerte. Pero puede ser que Jesús dirija estas mismas palabras a no pocos que se dicen hoy sus seguidores: “¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano”.

 

Por eso, hoy, al meditar el Evangelio tenemos que hacer, más que en otras ocasiones, un esfuerzo de sinceridad en nuestro interior para juzgarnos a nosotros mismos, sin pensar ni siquiera un momento que eso va por aquél o aquel otro, sino por mí.

 

Probablemente podremos descubrir que, cuando juzgamos con dureza a los demás, el olvido de nuestra debilidad y pecado es lo que nos hace arrojar la primera piedra en su contra. Y descubriremos también que somos mucho más ágiles para acusar, que creativos para ayudar. Y tendremos que reconocer que, de hecho, hemos sacado lo que llevábamos dentro: agresividad, frustración, y desamor, aunque los arropemos con un rostro radiante. ¡No nos engañemos! Escuchemos a Jesús con toda sinceridad: “No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano”.

 

A las personas nos pasa como a los árboles: se nos conoce por los frutos. Jesús nos invita a que no valoremos al hombre por las apariencias, que son frecuentemente engañosas, sino por lo que hace. Las palabras son a menudo una tapadera, un engaño. Para Jesús las obras terminan brotando espontáneamente de la realidad interior del ser humano, sobre todo en los momentos de crisis.

 

No valen las protestas de la ortodoxia, ni la dulzura de las palabras, ni tener todo el día el nombre de Dios en la boca…, sino la realidad de la vida. La actitud del corazón del hombre es lo que determina su obrar.

 

Por eso descubramos quien es nuestro prójimo, pero con el corazón, para desterrar de nosotros la hipocresía: os dejo unas cuantas actitudes-de diversos pensadores- que si las ponéis en práctica os ayudaran sin duda:

 

*La bandera par conseguir la felicidad, es hacer felices a los demás.

*La caridad para con Dios se mide por la caridad que se tiene con el prójimo, y ésta roba el Corazón del Señor y…el de las criaturas también.

*La chismorrería necesita mucho combustible y el combustible es el prójimo.

*La forma más segura de hacernos agradable la vida a nosotros mismos es hacérsela a los demás.

*La parábola del Buen Samaritano nos invita a un examen sincero de nuestro compromiso con la caridad: qué estamos haciendo por los demás y en especial por los necesitados.

*El modo mejor de alegrarte a ti mismo es tratar de alegrar a otro.

*La obra humana más bella es la de ser útil al prójimo.

*La Providencia ayuda a los que ayudan al prójimo.

*Las culpas de la casa ajena todas las creemos, las de la propia casa las ven pocos, porque tienen en sus ojos todas las vigas de sus techos.

*Las palabras de aliento después de la censura son como el sol tras el aguacero.

*Lo mejor que cabe hacer en este mundo es proporcionar alegría a nuestros semejantes.

*Lo que no quieras que otros te hagan, no lo hagas a otros.

*Los que dicen que algo no puede hacerse no deberían interrumpir a quienes lo están haciendo.

*En definitiva: si quieres reformador y corregir a alguien comienza que por reformarte y corregirte a ti mismo.

 

 

¿Aprenderán muchos la lección, para no ser guías ciegos que conviertan en ciegos a otros?

 

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