Ecos del Evangelio

9 junio, 2018 / Carmelitas
DOMINGO X T.O CICLO B 2018

El camino lo traza la palabra de Cristo.

 

El evangelio de hoy tiene un particular interés para todos nosotros, porque Jesús define perfectamente quiénes constituyen su auténtica «familia» y pueden ser llamados sus «hermanos».

 

Jesús congrega, como Buen Pastor, a cuantos desean constituir la familia de Dios, familia a la que Él mismo ha de alimentar con la Palabra y con el Pan de la vida. Sin embargo, para ser miembro de esta familia hacen falta ciertas condiciones, ya que es una familia especial a la que no se puede llegar por simple casualidad o tradición. Hoy Marcos descarta a dos grupos que ciertamente no forman parte de la comunidad de Jesús.

 

EN EL PRIMER LUGAR, ESTÁN LOS ESCRIBAS Y FARISEOS.

 

Eran los conductores espirituales del pueblo y los exponentes de la Antigua Alianza, del antiguo culto a Dios. (¿Qué casualidad, verdad?) Con su inteligencia son capaces de conocer al dedillo las Escrituras, pero su corazón rebosa del orgullo y se consideran los mejores. No toleran que un simple Fulano, como consideraban a Jesús, que no pertenecía a su grupo selecto, pudiera introducir reforma alguna en lo que ya estaba establecido.

 

Le acusan de ser un poseído por el demonio; por eso, concluyen, que puede expulsar al demonio de los demás. Pero Jesús les contesta de forma concluyente: “¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Sería como un reino o una familia divididos, y pronto dejarían de existir. En cambio les dice: si yo expulso a los demonios es simplemente porque soy más fuerte que ellos; de la misma forma que solamente un hombre más fuerte que el dueño de una casa puede hacer un saqueo de la misma.

 

Nadie con sana intención podía acusar a Jesús de aliado del demonio viendo los signos que realizaba. Y es que sin apertura a la verdad, sin la sinceridad del corazón es imposible penetrar en los designios de Dios. Y éste era el caso de los escribas y fariseos.

 

La lección del evangelio es clara: para llegar al Reino de Dios, para tener acceso a la verdad del Espíritu, NO BASTA SOLAMENTE con el conocimiento de las Escrituras, ni con la sabiduría teológica, ni con el ejercicio del culto, ni con el cumplimiento de la ley. Hay personas que se las dan de muy religiosas, pero que esconden un tremendo pecado detrás de esas máscaras religiosas.

Jesús distingue pues, entre los pecados que pueden ser perdonados, es decir, que surgen de la debilidad humana, y los que son fruto de la mala intención. Dios conoce el interior de cada uno y no se deja engañar.

 

La blasfemia contra el Espíritu Santo muchas veces está revestida de acto religioso, de postura teológica, de celo apostólico, etc. Es un pecado sutil y difícil, porque se esconde entre los pliegues del orgullo religioso, que es un autentico cáncer de la religión.

 

EL SEGUNDO GRUPO QUE QUEDA FUERA DE LA FAMILIA DE JESÚS, LO FORMAN SUS PROPIOS PARIENTES.

 

Encerrados en su mundillo y fastidiados por las cosas fuera de lo común que hacia su pariente, o bien miedosos por las posibles consecuencias, que llevaría a la deshonra de la familia, pretenden en un primer momento llevarse a Jesús, pues dicen: «Es un exaltado», que traducido con la crudeza de Marcos es como decir «Merece ir al manicomio.»

 

Más tarde vuelven a la carga y le dicen: «Tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan» Y Jesús les da una respuesta que les deja boquiabiertos: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Estos son mi madre y mis hermanos: el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.”

El pensamiento de Jesús es claro: la comunidad cristiana establece entre sus miembros una relación totalmente distinta a la que puede dar la raza o la sangre. En una familia se nace y, aunque los lazos entre la familia no sean cordiales, los lazos quedan para siempre. En cambio, a la familia de Jesús se ingresa por una decisión personal y libre. Dicho de otra manera….

 

Nadie nace cristiano. Uno se hace cristiano caminando hacia Cristo, escuchando su palabra, practicándola y haciendo el esfuerzo por salir de uno mismo, hasta encontrar el sentido de la vida.

 

Haber si queda claro: La simple cercanía física o casual con Cristo no nos transforma automáticamente en sus discípulos, ni es la familiaridad con las cosas sagradas lo que nos hace santos.

 

Es posible que a veces nos comportemos como los parientes de Jesús: creemos que solo por estar más «en la Iglesia» -como se suele decir- ya estamos santificados y con la salvación asegurada. Pues nos equivocamos.

 

Jesús no rechaza de plano a sus parientes. Pero tampoco se deja manosear ni mangonear por ellos. No tolera que nos acerquemos a Él de cualquier forma, ni que pongamos nuestras manos en su vida, ni en la vida de la comunidad cristiana, con la misma mentalidad de una parentela chismosa.

 

Sí, en cambio, establece el criterio para que uno pueda sentirse auténtico pariente de Jesús, familiar suyo, hermano y miembro de su comunidad. Y el criterio es uno solo: «Hacer la voluntad de Dios», o, como relata Lucas: “Escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica”.

 

¿Pensáis que se es de la familia de Jesús, solo por estar bautizado, comulgar, ir a misa, cumplir determinadas prácticas religiosas, o estar inscrito en algún movimiento o hermandad de la Iglesia…? Pues quien así lo piense, se equivoca de plano. Todo lo anterior puede estar hecho por simple tradición o costumbre, al modo de una parentela que surge por el solo juego de los lazos naturales. De manera que ojito y no nos equivoquemos.

 

Cumplir la voluntad de Dios, eso es lo que nos hace de su familia. Haber si queda claro porque después de 2000años de cristianismo ya va siendo hora.
Podemos imaginarnos la impresión que causaron las palabras de Jesús en aquella gente que lo rodeaba. De pronto sintieron que el amor de Dios se posaba sobre ellos, los humildes y marginados, para hacerlos partícipes de la familia del Salvador.

 

Jesús pues, purifica al máximo el concepto de religión: el creyente puede prescindir de todo, menos de eso único y esencial que lo introduce a la intimidad con Dios: la humilde escucha de su palabra y el seguimiento de Cristo por el camino de la santidad.

 

El verdadero creyente es un pobre que vacía su corazón de sus propias palabras y pretensiones, y se deja llenar -como aquella muchedumbre- con las palabras de Cristo. Este seguimiento supuso para los apóstoles el dejar su casa, su trabajo, sus padres, su mundo de relaciones. Hay algo de absoluto y de irreversible cuando uno acepta la invitación de seguir a Jesús. Y, es hacerlo con intención limpia, sincera y transparente y dejar de lado apariencias. Espero que quede claro

 

Por tanto hoy se nos llama a que purifiquemos nuestras intenciones.
No nos acerquemos a Cristo ni con el corazón empecinado -como los escribas que pecaron contra el Espíritu- ni con la miopía y vulgaridad de su parentela.

 

No creamos que ya todo lo sabemos, que a Jesús lo tenemos en el bolsillo desde hace mucho tiempo, o que el Evangelio ya no nos puede decir nada o muy poco porque lo conocemos de sobra…

No transformemos la comunidad, la parroquia, en un chismorreo de parentela aburguesada. Si nos creemos más cerca del Señor, seamos los primeros en descubrir cada día la novedad de su palabra y seamos los primeros en purificar nuestro concepto religioso.

 

Hoy se nos llama a vivir en la santidad.

El camino lo traza la palabra de Cristo. Poner en práctica esta palabra es cumplir la voluntad del Padre. Y eso, solamente eso, nos hace madre y hermanos de Jesús. Sólo así constituimos su familia con pleno derecho…
Por tanto sólo pertenecen a su familia, sólo podemos llamarnos cristianos, si la vida de Jesús es nuestra vida; si sus palabras son nuestras palabras; si su amor es nuestro amor. Y lo sabremos si las cosas que le sucedieron a Él nos están pasando ahora a nosotros. Quizá la más clara sea que los ricos nos rechacen y calumnien y los pobres nos sigan. Jesús pues, tiene ya una familia: sus discípulos; abierta a todo hombre, judío o pagano, que tome la decisión de seguirle y cumplir la voluntad de Dios.

 

Sabrás pues si perteneces a la familia de Jesús, si haces tuyas estas actitudes que nos detalla Teresa de Calcuta:

 

*Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida.

*Cuando tenga sed, dame alguien que precise agua.

*Cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor.

*Cuando sufra, dame alguien que necesita consuelo.

*Cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro.

*Cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado.

*Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos.

*Cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien.

*Cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos.

*Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión.

*Cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender.

*Cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona.

 

Amigos, como se dice vulgarmente, Cristo pone los puntos sobre las ies. Y yo os lo traslado a vosotros para que nadie se engañe.

 

Espero que así sea.

 

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