Ecos del Evangelio

7 julio, 2016 / Carmelitas
Domingo X Tiempo Ordinario 2016

Iba Jesús camino de una ciudad llamada Naím…” Con él caminan “sus discípulos y mucho gentío”. A Lucas le gusta presentarnos a Jesús caminando seguido de los suyos. Hoy vemos, como otra multitud le sale al paso acompañando a un difunto: un joven, “hijo único de su madre viuda”.

Se encuentran dos cortejos: uno camina hacia la muerte sin esperanza, reflejada en una madre que había perdido todo apoyo humano: “hijo único”, “viuda”, ¿qué le quedaba?; el otro, siguiendo a Jesús, camina hacia una vida que no conoce del todo y que Jesús les ira desvelando progresivamente. Un cortejo sigue a un muerto sin ninguna esperanza, el otro va detrás de una vida sin término.

Los hombres, siempre entre luces y sombras, caminamos por la vida en pos de una esperanza de plenitud o resignados a que todo acabe con la muerte. No se puede ser seguidor de Jesús y, a la vez, carecer de esperanza en la resurrección de los muertos, ni tampoco vivir como si se estuviera muerto.

“Y Jesús sintió compasión” En el violento mundo en que vivimos no necesitamos salir de casa para encontrarnos cada día con la realidad de la muerte y del sufrimiento de los hombres. Los medios de comunicación nos ofrecen puntualmente las más crudas tragedias que sucedan en cualquier rincón del mundo. Y no sólo eso, sino, que para el entretenimiento de la gente, sólo se les ocurre emitir más situaciones y películas de violencias.

Así nuestra sociedad, se ha familiarizado con la muerte y la violencia psicológica y física, y muchos son capaces de digerir con total naturalidad los dramas más crueles, siempre que, como es lógico, no les afecten a ellos. Ya hace tiempo que el hombre ve como cosa normal el aprender a matar psicológica o físicamente a otros, disfrazándolo de “defensa de la patria” o zarandajas por el estilo.

Así estamos embotando nuestra sensibilidad y nos incapacitamos para compartir el sufrimiento de las personas que nos rodean. La actitud de Jesús ante el sufrimiento de los demás es muy diferente. Ante el drama de una pobre viuda se siente tocado. Sabe que el pueblo jamás existe en abstracto, que el sufrimiento y la muerte afecta a seres concretos de carne y hueso, y quiere ayudarnos.

“Y le dijo: No llores”. Es indispensable que sepamos descubrir el sufrimiento de las personas que nos rodean, hacernos cargo de sus estados de ánimo, sintiendo como propios sus sufrimientos y dificultades. Entonces, como fruto de un profundo silencio solidario, surgirán las palabras y las acciones oportunas que serán palabras y acciones de esperanza.

Amigos, no por tener siempre el nombre de Dios en los labios somos más cristianos y nuestras palabras son más consoladoras. Si nuestras muestras de condolencia no son fruto de una auténtica compasión (pade-cer-con), serán falsas, es decir, antievangelicas: “estaba de Dios”, “Dios lo quiso”, “hay que resignarse y aceptar su voluntad”… ¿Como va a querer Dios el sufrimiento y la muerte?

Jesús no espera la petición de la madre o del pueblo que la acompañaba. ¿Por qué? Era tal el desconsuelo de aquella mujer y de aquella multitud, que ya no había en ellos ni la más remota esperanza de recuperación; la fe del pueblo no daba para más, como sigue sucediendo ahora.

Jesús actúa por propia iniciativa y nos manifiesta que el signo máximo del reino de Dios es la victoria sobre el mayor enemigo del hombre: la muerte. Detiene aquel el cortejo de la muerte y nos invita también a nosotros a que detengamos todo lo que suene a muerte: los derechos humanos violados, las libertades cívicas manipuladas en aras del libertinaje, del pensamiento único, de la mentira, del egoísmo…

“¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!” La fuerza de la palabra de Jesús es progresiva: 1) palabras de consuelo a la madre, 2) gesto de detención a los que llevaban el cadáver a la sepultura, 3) palabras de vida para el joven muerto.

Las palabras de consuelo deben ser entrañablemente verdaderas y no de cumplimiento.. Jesús llevó consuelo cuando veía cualquier sufrimiento a su alrededor. Pero Jesús hace más de lo que podemos hacer los hombres: detiene la marcha inexorable hacia el sepulcro y devuelve el joven a su madre. No es sólo una palabra de hombre que consuela. Es una palabra de Dios que comunica vida. Solamente la palabra de Dios puede “consolar” definitivamente, porque sólo Él puede asegurar la victoria sobre lo que nos hace llorar más que todo: la muerte.

¿Qué podemos extraer para nosotros de todo lo dicho?

Ante este relato deberíamos quedarnos en actitud contemplativa y emocionada por la revelación que nos hace de la persona de Jesús. Un Jesús en comunión con el dolor humano, cercano a los que sufren. Un Jesús que pasa por el camino de los hombres comunicando vida. La muerte de los pobres o de los amigos es para Él también, como una muerte de algo entrañable, de algo propio e íntimo.

Todos deberíamos dejarnos “despertar” por Jesús resucitado. Porque ¿no serán muchos ese hijo de la viuda que necesita ser reanimado porque ha perdido, quizá, el aliento y el sentido de una vida verdaderamente plena, “quemado” por mil tropiezos, bloqueado por tantos conflictos internos, conscientes o inconscientes, que nos tienen encerrados en el “ataúd” del “no hay nada que hacer”? ¿No mueren cada día muchas ilusiones -quizá antes de nacer- por falta de horizontes y de modelos de identificación, por falta de “verdaderos guías” fiables entre los adultos?

Una y otra vez, Jesús nos dice a cada uno de nosotros: “Levántate” del egoísmo y ábrete a los demás; “levántate” del pesimismo y cree de verdad en la fuerza del amor de Dios que puede cambiarnos a cada uno de nosotros…

Los cristianos deberíamos preguntarnos cuáles son hoy los casos límite que deben llevarnos a la acción. Si aquella mujer de Naín era triplemente abandonada y marginada, no nos será difícil, si miramos a nuestro alrededor, descubrir a los que se encuentran hoy más desamparados y marginados.

Un cristiano debe tomar la defensa de los que yacen bajo la muerte -ya sea biológica, social o cultural…-, y no contentarse con seguir detrás del carro de la historia, al “sol que más calienta”, adoptando una postura más o menos humanitaria solo cuando ve en peligro sus intereses o su prestigio. Eso es de ser miserable y además falso hasta más no poder.

Es dando la vida a los más marginados, a los más débiles y a los más pobres, a los que se les ha robado la dignidad, como testificamos a favor de nuestro Dios. Este debe ser el signo profético dela Iglesiay de cada comunidad cristiana, de la misma forma que fue el signo profético de Jesús.

El pueblo, con el instinto que le caracteriza, descubre en Jesús a “un gran Profeta”, porque no sólo predica un mensaje, sino que también se acerca a la miseria humana e intenta su remedio inmediato. ¿De qué sirve una denuncia profética, si no va acompañada de una acción positiva en el mismo sentido de la denuncia?

Es cristiano quien reconoce que Jesús es la palabra de Dios que se hace realidad en la misma vida de los hombres. Y no hay signo más verdadero de vida que dar la vida al que no la tiene.

Este milagro es un signo de nuestro destino y del destino del mundo. Jesús resucitado nos da a conocer su situación y la perspectiva que nos espera a nosotros: venceremos la muerte pasando por ella, moriremos para resucitar, pasaremos para siempre a la vida con el Padre y con Jesús.

La resurrección de Jesús y la nuestra no es algo para saber, sino para vivir y anunciar. Desde la resurrección de Jesús todo queda transformado por esa nueva luz que cambia las perspectivas y el sentido de la vida. Es la buena noticia primordial que debemos vivir y anunciar a todos.

Este mundo que esperamos se va gestando entre nuestros triunfos y nuestras lágrimas, entre nuestros logros y nuestras nostalgias. Pero siempre que nos mantengamos en el cortejo de la vida es decir en el de Cristo.

Jesús es alguien que vive con gozo profundo la vida de cada día. Pero su alegría no es fruto de una cuidada evasión del sufrimiento propio o ajeno. Por eso, su alegría no es una anestesia que le impide ser sensible al dolor que le rodea.

El Papa Francisco, nos ha recordado que el gran inconveniente para permitir que Jesús nos levante es el “fanatismo que a muchos les hace creer que están en posesión de la verdad y que les hace ciegos ante la realidad”.Son muertos vivientes, a los que no les importa llevarse por delante lo que sea y a quien sea. A personas así, es imposible que Cristo los resucite.

El hombre que sigue las huellas de Jesús siempre será un hombre feliz, porque su felicidad está en buscar la felicidad de los demás, por encima de la suya propia. Claro eso, un fanático, que es un muerto viviente, no puede entenderlo, precisamente porque esta muerto y sin ganas de resucitar.

 

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