Ecos del Evangelio

15 junio, 2018 / Carmelitas
DOMINGO XI T.O. CICLO B 2018

 

Dios actúa siempre

 

Hoy, a través de dos parábolas aparentemente simples, Jesús nos quiere hacer entrever en qué consiste el Reino de Dios y a qué se parece…

Quizás después de escucharlas, podemos pensar en nuestro interior: ¿Y esto es el Reino de Dios? ¿Con la comparación de una semilla que crece se puede resolver su misterio? ¿Esto es lo que los apóstoles no podían comprender? Entremos aunque sea brevemente en esas parábolas.

 

LA PRIMERA PARÁBOLA habla de una semilla que fue plantada por un hombre. Pasan los días y el hombre observa cómo la semilla crece, se desarrolla, da frutos y está lista para la cosecha, a través de un proceso misterioso, animada por una fuerza interna que en ningún momento requirió la ayuda del sembrador. La semilla tiene un algo especial que produce su proceso hacia la meta: el fruto y la cosecha.

 

Pues bien: a esto se parece el Reino de Dios, dice Jesús. Y no nos da más explicación. A primera vista, su sentido parece fácil: la semilla es el mismo Jesús o su Evangelio que ha sido depositado en la tierra de los hombres. Y mientras la historia sigue su curso, Dios desarrolla el Reino por medio de una fuerza misteriosa e incomprensible para el hombre y lo lleva hasta su consumación.

 

La explicación parece exacta: se trata de una parábola que puntualiza cómo el Reino es la obra directa de Dios en medio de los hombres, y que no necesita de los hombres ni para crecer ni para llegar a su término, que es la salvación de los hombres.

 

Pero entonces surgen más preguntas: ¿Qué es, entonces, este Reino que no necesita de los hombres para crecer? ¿Y cómo actúa en medio de nosotros que casi ni nos damos cuenta de que va creciendo? ¿Y cuáles son sus frutos? ¿En qué consiste la cosecha final?

 

Si pudiéramos responder ya a estos interrogantes, el Reino dejaría de ser Reino de Dios, ya que precisamente lo que nos sugiere la parábola es que Dios tiene ocultos caminos para llegar al hombre y salvarlo; caminos que producen admiración y sorpresa en nosotros, de la misma forma que el sembrador se admira por el proceso de la semilla y no atina a hallar explicación alguna. Siguiendo este pensamiento, podríamos decir que Dios actúa siempre en forma sorprendente y más allá de toda explicación racional, minuciosamente calculada.

 

Los judíos contemporáneos de Jesús, al igual que los mismos apóstoles, tenían un esquema distinto con referencia al Reino. Los libros del último siglo antes de Cristo del Antiguo Testamento sugerían que el Reino vendría dentro de tal plazo concreto, después de tremendas catástrofes, y que el Mesías aparecería con tales señales; que el pueblo se levantaría contra la dominación extranjera, etc.; y, sin darse cuenta, habían hecho del Reino de Dios la concreción de un sueño humano al que parecía que Dios debía sujetarse.

 

Jesús quiere purificar -también hoy- el sentido religioso de los apóstoles y de nosotros: les hace descubrir que la intervención de Dios en la historia humana -pues esto es el Reino- y su forma de actuar, sólo son conocidas por Dios mismo y que siempre sus caminos serán sorprendentes, por lo que se necesita es una permanente apertura a su Palabra y a su Espíritu, sin especular ni política ni religiosamente sobre el Reino, es decir sobre la manera de actuar de Cristo. Solamente los «pequeños» podrán penetrar en el misterio del Reino; es decir, aquellos que, vaciados de sí mismos, esperan el encuentro con Dios en la forma bajo las formas y maneras que el mismo Dios plantee.

 

Por eso mismo: ¿Quién puede explicar por qué nosotros tenemos fe, y otros no la tienen? ¿Y cómo es que cada uno hemos llegado a la fe de una forma y por caminos distintos; pero, no nos confundamos, no necesariamente eso que nosotros llamamos «tener fe» coincide con el Reino de Dios.

 

El Reino es Dios mismo en cuanto es sembrado en nuestro interior y, por misteriosos caminos, nos conduce hacia algo nuevo, hacia un futuro, hacia un crecimiento que es más fruto de nuestra apertura a Él y de nuestra confianza, que de esfuerzos calculados.

 

Por tanto, mantengámonos alertas al divino proceso que se produce en nuestro interior. Bien está que nos reunamos, que escuchemos la predicación, que hagamos esto o aquello; pero no creamos que solo así estamos haciendo el Reino, ni menos forzando a Dios a que realice su obra en nosotros.

 

Estemos, sí, alertas, porque aun en el ruido de una vida intensa; aun en un momento histórico difícil y complejo; aun en medio de nuestras dudas marchas y contramarchas, digo que, a pesar de todo esto y más allá de todo esto, Dios actúa en nosotros y tiene un camino para cada uno, camino que tiene un fin que da sentido a todo a lo que vivimos, aunque muchas veces no lo entendamos.

 

Y si, como aquella tierra de la parábola, nos hemos abierto a esa pequeña semilla que es el Cristo oculto en nosotros, tengamos esperanza en que no seremos defraudados, a pesar de que, a veces, no entendemos qué pasa ni adónde vamos a parar.

 

Lo mismo que les pasó a los apóstoles en la hora decisiva de Jesús, ninguno de ellos supo que a pesar de la cruz el Reino estaba actuando, y creyeron, en cambio, y siempre según sus cálculos, que todo estaba perdido. Y lo que era perdido para el hombre, era ganado para Dios.

 

 

LA SEGUNDA PARÁBOLA nos dice que el Reino de Dios es como la más pequeña de las semillas: la mostaza cuya semilla es muy pequeña, pero llegará a crecer de tal manera que un día todos los pueblos podrán cobijarse bajo su sombra.

 

Como en la parábola anterior, en un primer momento nos parece fácil la explicación: primero vino Jesús, la pequeña semilla, juntamente con los doce apóstoles; después la comunidad fue creciendo y la fe cristiana se extendió por todas partes hasta llegar, no solamente a los judíos, sino también a los pueblos paganos.

 

Pero pronto descubrimos que tal explicación nos deja una inmensa laguna: ¿Acaso la fe cristiana o la Iglesia se han extendido por todo el mundo? ¿Y de qué manera concreta todos los pueblos podrán cobijarse a la sombra de un Reino que día a día, más que crecer, parece desaparecer del mundo, si tenemos en cuenta que en el interior de la fe cristiana avanza también el ateísmo y el descreimiento religioso?

 

Y, sin embargo, la parábola contiene la respuesta: no pongamos una etiqueta al Reino de Dios ni lo confundamos solo con la Iglesia o con tal comunidad religiosa. También la Iglesia debe anunciar el Reino de Dios, y debe, al mismo tiempo, esperarlo y vivirlo.

 

La parábola apunta, precisamente, a que descubramos que si el Reino es de Dios, Dios tiene sus caminos para llegar a todos los hombres. No somos nosotros quienes vamos a instaurar ese Reino en el mundo; ni tampoco cometamos el error de pensar que nuestra manera de vivir la fe es el único camino que tiene Dios para que el hombre se salve. Jesús insiste en que comprendamos el carácter trascendente del Reino. Es algo que está mucho más allá de lo que pensamos o hacemos; más allá, incluso, de nuestra institución religiosa.

 

Es Dios el que salva; es decir, es Él mismo el que a cada hombre, esté donde esté, le brinda la oportunidad de salvarse. Y, por cierto, que a cada hombre le exige lo mismo: el cambio de vida y la apertura constante al Espíritu.

 

CONCLUYENDO… La palabra de hoy de Cristo nos puede dejar un poco desconcertados. Y quizá para esto nos explicó estas dos parábolas: para que nos desconcertemos. O, mejor dicho, para que no perdamos nuestra capacidad de asombro ante la forma como Dios conduce la historia.
No caigamos en la tentación de querer explicarlo todo: desde cómo es Dios hasta cómo puede actuar en tal sacramento, hasta el porqué de tal suceso o qué va a pasar mañana. No especulemos con los datos de la fe ni con la Biblia, ni queramos con cierta ligereza, muy humana por cierto, determinar las leyes del proceder divino como si fuésemos los consejeros directos de Dios. Estas dos parábolas, más allá de su misterioso sentido, nos obligan a una postura humilde, atenta y sensata.

 

Vivamos intensamente nuestra fe, y pidámosle a Dios más fe, para no creernos los únicos poseedores de la verdad, y no obligar a los demás a llegar a Dios por nuestro tamiz a base de imponer nada.

 

Si te acostumbras a ver siempre el lado positivo de las cosas: en las dificultades, te superarás con más facilidad; en los desaciertos, te sobrepondrás con voluntad; en las dudas, sabrás discernir con mayor seguridad; en los problemas, la solución te resultará más fácil; en los momentos de soledad, el pesimismo no te doblegará; en la enfermedad, sabrás luchar con fe; ante el desprecio, tu ánimo no decaerá; en horas difíciles, una luz interior te guiará y eso significa que el Reino de Dios está creciendo en ti.

 

Dios actúa siempre así la mayoría de las veces, al contrario de cómo nosotros pensamos y actuamos. ¡Y mira que está explicado hace 2000 años en el evangelio! Pero no hay manera de querer entenderlo ¿No será porque no pocos no están dispuestas al compromiso, a la ayuda que Dios nos pide, porque se está más cómodo con un cristianismo solo de cumplimiento?

 

 

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