Ecos del Evangelio

12 junio, 2021 / Carmelitas
DOMINGO XI T.O. CICLO B 2021

Comenzamos el tiempo ordinario

 

 

Atrás hemos dejado el tiempo pascual, con su máxima expresión Pentecostés. Atrás hemos dejado la fiesta de la gran familia de la Trinidad. Atrás ha quedado la solemnidad de Corpus Christi y la Solemnidad del Corazón de Jesús. Y comenzamos el tiempo ordinario, en el que hemos de ir poniendo en solfa todo lo que hemos celebrado solemnemente en los meses anteriores. ¿Será así?

 

 

Porque el tiempo ordinario, no significa volver a la rutina. Sino que se trata, de vivir en lo ordinario de nuestra vida, lo extraordinario de la fe que celebramos. Porque ser cristiano no es un “hoy sí y mañana no”. Sino todo lo contrario. En la vida cotidiana, guiados por la fe (como señala hoy San Pablo), necesitamos demostrar nuestro ser cristianos. Hoy, a través de dos parábolas aparentemente simples, Jesús nos quiere hacer entrever en qué consiste el Reino de Dios y a qué se parece. Entremos aunque sea brevemente en esas parábolas.

 

 

La primera parábola habla de una semilla que fue plantada por un hombre. Pasan los días y el hombre observa cómo la semilla crece, se desarrolla, da frutos y está lista para la cosecha. Y lo hace a través de un proceso misterioso, animada por una fuerza interna, más allá de la ayuda del sembrador. La semilla tiene un algo especial que el sembrador no entiende.

 

 

Apliquémoslo a la fe:

 

Dios, tiene caminos para llegar al hombre y salvarlo. Caminos que producen admiración y sorpresa. Y que nosotros- de la misma forma que el sembrador- nos sorprendemos, porque no atinamos a hallar explicación lógica alguna.

Dios, actúa siempre de forma sorprendente y más allá de toda explicación racional calculada.

Dios, nos habla a través de medios y maneras inimaginables.

Dios, aunque no nos percatemos, porque estamos muy ocupados, siempre está a la puerta de nuestro corazón. Esperando que le abramos.

 

 

Los judíos contemporáneos de Jesús, al igual que los mismos apóstoles, tenían la creencia, al igual muchos cristianos la tienen, de un Reino de Dios al estilo y modos humanos. Basado en el poder y la vanagloria. Y en el que todo esté calculado y controlado. Y además, convencidos de poder comprar la voluntad de Dios. ¡Que equivocados!

 

 

Pues bien, Jesús quiere purificar- también hoy- el sentido religioso de los apóstoles y de nosotros. Les hace descubrir que, Dios interviene en la historia humana por caminos sorprendentes, y por eso mismo, se necesita una permanente apertura a su Palabra y a su Espíritu, sin especular ni política, ni religiosamente, sobre la manera de actuar de Cristo. Solamente los «pequeños», es decir, los que se abren de corazón y se comprometen, podrán entender y vivir las formas y maneras que el mismo Cristo plantea.

 

 

Estemos alerta, y no nos confundamos. No necesariamente eso que nosotros llamamos «tener fe» coincide con la verdadera fe que nos describe de palabra y de obra Cristo.

 

Estemos alerta, y mantengámonos despiertos ante el divino proceso que se produce en nuestro interior.

 

Estemos, sí, alerta, porque aun en el ruido de una vida intensa; aun en un momento histórico difícil y complejo; aun en medio de nuestras dudas, marchas y contramarchas. A pesar de todo eso y más allá de todo eso, Dios actúa en nosotros y tiene un camino para cada uno. Camino que tiene un fin, que da sentido a todo a lo que vivimos, aunque muchas veces no lo entendamos. Y, si como la tierra de la parábola, nos hemos abierto a esa pequeña semilla que es el Cristo oculto en nosotros, tengamos esperanza en que no seremos defraudados, a pesar de que, a veces, no entendamos cuales son los caminos de Dios.

 

 

 

La segunda parábola nos dice que el Reino de Dios es como la más pequeña de las semillas: la mostaza, cuya semilla es muy pequeña, pero llegará a crecer de tal manera, que un día todos los pueblos podrán cobijarse bajo su sombra.

 

 

Apliquémoslo a la fe: Como en la parábola anterior, en un primer momento, nos parece fácil la explicación. Primero vino Jesús: la pequeña semilla, juntamente con los doce apóstoles. Después la comunidad fue creciendo, y la fe cristiana se extendió por todas partes hasta llegar, no solamente a los judíos, sino también a los pueblos paganos.

 

 

Pero pronto descubrimos que tal explicación nos deja una inmensa laguna: ¿Por qué entones la fe en Cristo, que es la fe de la iglesia, no ha calado en todos? Es mas, parece que va desapareciendo. Pues porque en el interior de cada uno, la fe se ve zarandeada por las apetencias mundanas. Y si uno no está dispuesto a la conversión continua y a la apertura constante al Espíritu, las olas de la rutina, y de la evasión; de la comodidad y de las excusas, nos alcanzan y ahogan la fe.

 

 

¿Es que en nuestros días, el ocio, el descanso, el deporte, son incompatibles con la práctica de la fe? Por supuesto que no. SI SE TIENE FE, NO. ¿Cómo podríamos combinar el fenómeno del deporte, del ocio y del descanso, con la vivencia religiosa del domingo? ¿Por qué, hay tiempo para todo, en los niños y en los que no son tan niños, pero, en cambio, no hay lugar para la catequesis, la maduración de nuestra fe, la Palabra de Dios, la Eucaristía y la Oración? ¿Cómo podríamos combinarlo? Pues-lo repito. Combinándolo, si es que hay fe. Si para mi, la fe es algo sustancial, seguro que lo combino ¿No será que los padres y en general muchos adultos, son los primeros que no están convencidos, es decir, que la fe la consideran algo secundario, ocasional y por tanto prescindible? Pues claro que si, es algo que salta a la vista. Aunque no guste ni decirlo, ni escucharlo.

 

 

Concluyendo… La palabra de hoy de Cristo, nos puede dejar un poco desconcertados. Y quizá para esto nos explicó estas dos parábolas, para que nos desconcertemos. O, mejor dicho, para que no perdamos nuestra capacidad de asombro, ante la forma como Dios conduce la historia.

 

No caigamos en la tentación de querer explicarlo todo. Desde cómo es Dios. Cómo puede actuar en tal sacramento. O hasta el por qué, de tal suceso. O qué va a pasar mañana.

No caigamos en la tentación de determinar las leyes del proceder divino como si fuésemos los consejeros directos de Dios.

No caigamos en la tentación de presentarle a Dios un pliegue de descargos y justificaciones, para justificarnos nosotros.

 

 

Las dos parábolas de hoy, nos obligan a una postura humilde; atenta y sensata; clara y coherente. Las dos parábolas de hoy, nos obligan a dejar a Dios ser Dios y nosotros dedicarnos a la tarea que nos ha encomendado. Y si tenemos interés-es decir fe- en descubrir esa tarea, empecemos por lo imprescindible: Oración, Palabra de Dios y Eucaristía.

 

Pidámosle a Dios más fe.

Para poner coherencia en nuestra fe.
Para descubrir a quien frecuentemente dejamos relegado: Cristo.
Para darnos cuenta de que el problema no es que no entendamos a Cristo, sino que no lo queremos entender porque compromete.

 

 

 

Mirad, el día que descubramos el tesoro del Evangelio, y lo vivamos, entonces cada uno verá que: en las dificultades, se superará con más facilidad; en los desaciertos, se sobrepondrá con voluntad; en las dudas, sabrá discernir con mayor seguridad; en los problemas, la solución le resultará más fácil; en los momentos de soledad, el pesimismo no le doblegará; en la enfermedad, sabrá luchar con fe; ante el desprecio, su ánimo no decaerá; en las horas difíciles, una luz interior le guiará y eso significa que el Reino de Dios está creciendo en él.

 

 

 

Dios actúa así la mayoría de las veces, al contrario de cómo nosotros pensamos y actuamos. ¡Y mira que está explicado hace 2000 años en el evangelio! Pero no hay manera de querer entenderlo.

 

 

¿No será, porque no pocos no están dispuestos al compromiso? Porque se está más cómodo con un cristianismo solo de cumplimiento.

 

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