Ecos del Evangelio

7 julio, 2016 / Carmelitas
DOMINGO XI Tiempo Ordinario

El domingo pasado la protagonista del evangelio era aquella pobre viuda de Naín a la que Jesús le devuelve con vida a su hijo único, que había fallecido. Hoy la protagonista del evangelio vuelve a ser una mujer, esta vez una mujer pecadora.

Pocos pasajes son más reveladores del talante y de la persona de Jesús que el evangelio de hoy. Estamos acostumbrados a oírlo y, por eso, quizá no nos llama la atención. Jesús es invitado a comer por un fariseo. Fue una invitación fría e impersonal, en la que el anfitrión de Jesús no le dio las muestras de hospitalidad tradicionales en este tipo de comidas.

Jesús aparece en el pasaje del evangelio no comiendo con pecadores, sino con el fariseo Simón, pero en esa comida irrumpe una mujer, conocida como pecadora publica, y comienza a extremar sus muestras de cariño al Maestro. El evangelista nos da muchos detalles: «Llegó con un frasco de perfume, se colocó detrás de Jesús junto a sus pies, llorando, y empezó a regarle los pies con sus lágrimas, se los secaba con su pelo, los cubría de besos y se los ungía con aceite».

La situación creada fue de las que calificaríamos como embarazosa. ¿Qué harían hoy día algunos obispos y sacerdotes, invitados a una comida convencional y protocolaria, y en la que entrase de repente una mujer pecadora, probablemente una prostituta? Fácilmente pensarían que esa mujer era una inoportuna, que no sabía guardar las formas. Y casi seguro que sacarían la agenda y le darían hora para otro día.

Jesús no fue así: actuó con una libertad absoluta. Le habló con tremenda claridad al fariseo, incluso se le podría haber acusado de ineducado. A través de una hábil parábola: permitió que esa mujer le expresase todo su afecto y todo su respeto -el gesto de la mujer- es una mezcla de gran amor y de gran respeto.

Y Cristo dijo una de las frases mas impresionantes sobre el amor y el perdón: «Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor: pero -y otra vez se refiere veladamente al fariseo- al que poco se le perdona, poco ama». Romano Guardini, comentando este pasaje, decía que «cuando Jesús dice que no ha venido a salvar justos sino a pecadores, no quiere decir que excluya a los justos, sino que no los hay. Los hombres que no se consideran pecadores es como si no existieran.

No se trata de que los cristianos se vuelvan neuróticos con el sentido de la culpabilidad: pero hay que ser honesto con uno mismo, y reconocer que somos pecadores y que muchos ni se plantean el pedir perdón ¿No hay que confesar inevitablemente, como David ante el profeta Natán: «He pecado contra el Señor»? ¿Cómo es posible que muchos puedan decir que no tienen pecados porque no roban y no matan, cuando están haciendo la vida imposible a otros con sus indiferencias y su manipulación, por ejemplo?

¿Qué pasó en el corazón de aquella mujer, conocida como pecadora? Yo creo que era una mujer que tenía esperanza de encontrar a alguien que no la considerara objeto de placer; encontrar a alguien que fuese comprensivo con su situación y que le ayudara a salir de aquel agujero .Y en Jesús lo encontró. Y allí, en aquel encuentro tan humano, tan de corazón a corazón, sintió que brotaba de su interior la presencia de un Dios que creía en ella y que le daba el mejor de sus perdones. Aquella mujer debió experimentar lo que todos hemos sentido ante algunas personas: que hay en ellas una autenticidad, una pureza, una honestidad, que nos atraen irresistiblemente y ante las que sentimos que brota de nuestro interior lo mejor de nosotros mismos.

Por el contrario, y en el otro extremo, está la figura de Simón el fariseo: el hombre frío y calculador que no se compromete para no cogerse los dedos. Ante la clara parábola de Jesús, responde con ese juicioso: «Supongo que aquel a quien la perdonó más». Ese es el peligro de muchos: el hacer las paces con ellos mismos, el creerse justificados ante Dios y ante su conciencia porque «ni robo ni mato», o porque soy una persona cumplidora y practicante; es verdad que tengo pecados, pero no son graves, claro…

Aunque sea paradójico decirlo, ¿no es verdad que necesitamos a veces algún revolcón en lo que más nos duele para hacernos conscientes de que, como decía Guardini: ¿«Los hombres que no se consideran pecadores no existen»? Es lo que le sucedió al rey David: quizá en su corazón se había creado una conciencia de hombre justo, que se derrumbó ante Betsabé, la mujer de Urías, el hitita. Y su figura salió engrandecida de aquel revolcón: «He pecado contra el Señor», y de los labios de aquel rey poeta surgió uno de sus más bellos salmos, el salmo 51.

¿De verdad experimentamos la vivencia bella y consoladora del perdón generoso de Dios que nos empuja a amar mucho? Las confesiones de algunos-de los que aun se confiesan- deberían dejar de ser una rutina convencional para convertirse en un encuentro entre un Padre que nos cubre de besos y un hijo que regresa y le cubre también de besos.

-Todos somos culpables: David era culpable, Simón era culpable, la prostituta también… y nosotros. Nadie puede presentarse delante de Dios para decirle: “Soy un hombre justo”. Y no hay nadie que pueda estar en regla en todo, que pueda justificarse a sí mismo y cumplir la ley sin la gracia de Dios. Por lo tanto, no podemos acudir al templo para orar como aquel otro fariseo, para convertir nuestra alabanza a Dios en presunción y nuestra acción de gracias en autosuficiencia. Más bien debemos acudir allí como el publicano, si es que queremos alcanzar la gracia y el perdón de Dios. Porque todos necesitamos de su indulto, pero sólo aquellos que son conscientes de esa necesidad pueden recibirlo.

Se trata de cambiar de modo de vida, a eso nos invita el evangelio de hoy. Es posible. Si se pueden cambiar mentalidades y actitudes anómalas que pueden existir en nuestra conducta. Superar aquellos puntos oscuros que, tal vez, no nos dejan dormir o vivir en paz. Dios, que es amor y perdón, se nos revela con su comprensión y su misericordia. El mejor perfume que podemos derramar sobre Jesús es precisamente ese: el replanteamiento o la renovación de nuestras personas, de nuestros corazones. ¿Qué puede más en nosotros? ¿El pecado o la gracia? ¿La mediocridad o el deseo de perfección? ¿El arrepentimiento o los torreones de la arrogancia?

Empujados por un ambiente racional e individualista, por un ambiente de indiferencia y discriminación hacia el que no piensa como yo, se nos invita a la distancia y a las dudas, a la desconfianza y al ¡sálvese quien pueda! Pero, cuando alguien nos sonríe o nos echa una mano, enseguida sale la parte más positiva de nosotros mismos. A la mujer pecadora le ocurrió lo mismo: mucho se le perdonó porque mucho amó. O dicho de otra manera; fue tan grande su expresión de cariño y de adhesión a Jesús que, el Señor, le ofreció aquello que más necesitaba esa mujer: su perdón, su reconocimiento, la recuperación total de su dignidad.

No podemos consentir que nuestra religión (relación con Dios) sea fría o caiga en posturas distantes. A Dios no podemos considerarle como a un funcionario que está detrás de una ventanilla y al que acudimos rutinariamente porque está mandado, sopena de que nos condene. Ni a los demás, como aquellos a los que tenemos que soportar y naturalmente condenar a la más mínima ocasión. Tenemos que recuperar en la vida cristiana algunos elementos sustanciales de los principios cristianos: la comprensión y el perdón, la alegría y la solidaridad, la sinceridad y la corrección fraterna y dejar de lado apariencias y dobles personalidades.

Todo será posible si, en el centro de lo que somos y vivimos, ponemos a Dios y muchos dejan de utilizarlo y manipularlo para intereses que nada tiene que ver con el cristianismo. Y si ponemos de verdad a Dios en el centro, pondremos automáticamente también al prójimo, sin mirar ni juzgar sus pecados.

Se trata de concretar ese cambio de vida basado en la comprensión: No podemos ir por el mundo con la ley en la mano, ni siquiera con la ley de Dios. No podemos pasearnos con autosuficiencia de leguleyos sabiendo en cualquier caso, cuáles son nuestros derechos y los deberes de los demás, exigiendo, condenando a los otros, repartiendo premios y castigos. Porque la ley se vuelve entonces contra nosotros y no podemos quejarnos si nos miden tal y como nosotros medimos. Porque la ley no puede salvarnos y el legalismo, lejos de fomentar la convivencia, la entorpece. Porque el mismo Dios ha querido ser para los hombres, antes gracia que justicia y nos ha perdonado a todos en Jesucristo.

La comprensión es una actitud divina que Cristo nos enseñó. Jesús fue comprensivo con los pecadores públicos, los acogió, los perdonó y se sentó a comer y beber con ellos en una misma mesa provocando la crítica de los santones de Israel. Jesús fue incluso tolerante para los que no lo eran con los demás, para los fariseos, también con ellos se sentó a comer en una misma mesa. Jesús fue tolerante con todos, hasta el punto de cargar sobre sus hombros el pecado del mundo y morir perdonando a sus enemigos.

Ofrezcamos, como la mujer del evangelio, nuestro mejor perfume al Señor y por ende a los demás ¿Y eso como se hace?

*Ofreciendo el perfume de mi arrepentimiento, consciente de mis errores pero sabiendo que siempre me espera el Señor.

*Olvidándome de los pequeños amores fugaces y amando como Cristo me ha enseñado.

*Soltándome de cualquier actitud o ideología que me hace esclavo, para ser libre al sostenerme de la mano de Cristo.

*Siendo valiente y mirando siempre de frente, aunque los que me rodean, me juzguen fría y duramente.

*Siendo de los tuyos, Señor, y vertiendo sobre tus pies las lágrimas de mi vida pasada y tan vacía.

*Sabiendo-en definitiva- que a cambio de mi vida renovada, me ofreces lo que nadie jamás me ha brindado: tu comprensión, tu misericordia y tu perdón infinito.

 

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