Ecos del Evangelio

19 junio, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XII T.O. CICLO A 2020

«No tengáis miedo»

 

Reanudamos el tiempo ordinario, y la palabra de Dios de este domingo y en concreto el evangelio, nos recuerda una actitud fundamental de los primeros cristianos. Y es que si seguimos en serio a Cristo, NO CABE TENER MIEDO.

 

¿Quién ha dicho que el anunciar el Evangelio, fuera empresa fácil? El amor, desde Cristo, no es una revista de corazón donde todo se compra y todo se vende. El amor, desde Cristo, implica renuncia y perdón, gratuidad y humildad. Y esto, no está precisamente en boga hoy y aquí. Pues ese amor, es el que hemos de vivir en primer lugar, y trasmitir en segundo lugar.
Se ve con claridad meridiana, que los esquemas de una sociedad basada en familia, el matrimonio, la familia etc., no son precisamente los que nuestros gobernantes desean para un futuro malentendidamente “progre”.

 

Ante esta realidad, dura y cruda, no caben las falsas excusas ni los cobardes miramientos. Un cristiano o tiene claro lo que es decisivo desde el Evangelio o corre el riesgo de perderlo todo por el camino, y convertirse por lo tanto, en un salero sin sal, en una lámpara sin luz, o en un mar sin agua. Jesús nos recuerda que, seguirle, implica incomodidades y deserciones, traiciones y sufrimiento, luchas e incomprensiones.

 

¿Nos damos cuenta de que está en juego la dignidad de muchas personas, la educación y un montón de valores que nos han ido literalmente robando? ¿Este virus que corre entre nosotros, y que es una autentica pandemia, pensáis que no nos afecta? .Tampoco pensábamos que un virus desde China nos afectaría, y nos ha tenido dos meses encerrados. Amigos, va siendo hora, de salir del confinamiento de la cobardía, que manda en la fe de muchos cristianos.

 

Estamos asistiendo a una etapa emocionante y clarificadora, donde se nos presenta delante de nosotros una decisión que no puede dilatarse: quien sea, que sea de verdad y, quien no lo sea, pues que no lo sea, pero los que quedemos, tener que poner coto a tanto desmán.

 

El único miedo que debe paralizar a un cristiano es el vértigo que produce el no llevar a cabo la voluntad de Dios.

El único pavor que debe sentir un sacerdote y laico comprometidos con su iglesia, es el haber callado cuando más necesaria era una voz denunciante.

El único terror que debiéramos de sentir, los cristianos enviados por Jesús, es saber que somos de su equipo, y en cambio, muchos no lo defienden en el terreno de juego con el evangelio en mano, sino con las consignas de esta sociedad sin rumbo.

 

El escalador, según cuentan, deja de temblar cuanto más arriba está. Los cristianos, tal vez temblamos demasiado, porque igual no estamos donde tendríamos que estar: dando con valentía, la razón y la cara por nuestra fe.

 

¿Por qué tanto miedo a plantear desde nuestras convicciones cristianas, aquello que puede acarrear incomprensiones, deserciones, críticas o persecuciones? La vida cristiana no es ir contracorriente siempre y en todo, pero tampoco comulgar con ruedas de molino en todo. Hay que reconocer, que en muchas ocasiones, puede más en nosotros la apariencia, la buena imagen, el qué dirán, etc., que la audacia para mostrar y proponer, sin tapujos y nítidamente, aquellos valores que consideramos irrenunciables desde la fe y hasta convenientes para el conjunto de la sociedad.

 

El futuro, en parte, depende de lo que hagamos en el presente, si es que queremos que las conciencias de las personas, de los gobernantes, de las futuras generaciones, se sostengan en aquellos pilares que se forjan por medio de la familia, la educación, la catequesis, nuestra homilética, etc. ¿Por qué tanto miedo a que nos encasillen? ¿Que nos pueden tratar de retrógrados? ¿Es acaso mejor pasar de puntillas por la vida y no armados con valores inquebrantables? ¿Qué nos dirá el Señor al final de nuestra vida; venid valientes de mi Padre, o marchad de aquí aprensivos que mirabais para otro lado?

 

Dios nos ha dado la vida y la fe como dones. Y porque nos ha regalado la vida y la fe, en justa reciprocidad, le hemos de ofrecer nuestra colaboración para ir perfeccionando su creación (la tierra y el hombre), intentando que, el hombre, deje se ser enemigo de sí mismo, como lo es.

 

Echemos un vistazo a la situación mundial.

¿Mejor o peor que hace unos años?
¿Con ilusión o sin esperanza?
¿Con conflictos permanentes o con una paz sostenida por alfileres?

No seamos pesimistas pero, tampoco, pardillos, y lancemos las campanas al vuelo ¡Ya está bien de tanto callar! Porque cuando hay que hablar, y hay que hablar, el que calla otorga.

 

Abundan leyes injustas y, cada vez más, se hace necesario un orden internacional -que como dijo el emérito Papa Benedicto en la ONU- respete la integridad y la dignidad de las personas. Ello claro está, nos lleva a defender la causa de los más pobres; el honor de los pueblos; el derecho a nacer de los niños que están en el seno materno; una educación que, en sus valores más fundamentales, sean marcados por la familia y no según el dictado de los gobernantes de turno.

 

El bienestar de un mundo nuevo, nos exige a los cristianos pregonar desde la azotea de la política, de la familia, de la educación y desde cualquier otro areópago a nuestro alcance, el valor supremo de la vida frente a la eutanasia o el terrorismo o el juego y el negocio, en el que se ha convertido el experimento de células madres y embriones….

 

¿Qué esto no es rentable? A los ojos de una modernidad mal entendida claro que no. Pero ¿y ante los ojos de Dios? ¿Los seguidores de Jesús nos podemos quedar callados frente a lo que consideramos pernicioso para el bien común? ¿Es que los cristianos, por miedo a ser señalados, hemos de dejar colgado el mensaje del evangelio en una percha?

 

Nuestras fuerzas son las que son, pero ¿y nuestros ideales? ¡Nuestros ideales cristianos son los mejores, si es que los hacemos vida en nuestra vida! En nuestra confianza en Dios está el secreto para llevarlos a cabo. El Señor va por delante. Poco nos importa que, en muchos lugares se mofen de la Iglesia y los cristianos. ¡Más le hicieron a Jesús Maestro! El Señor va por delante e, incluso en esas situaciones, se pondrá de nuestra parte aunque aparentemente creamos estar caminando solos.

 

La Nueva Evangelización, de la que tanto nos hablaba Juan Pablo II y a la que nos convocó también Benedicto XVI, EMPEZARÁ cuando el Evangelio, Jesucristo y la Iglesia misma, cuente con cristianos valientes que, allá donde se encuentren, sepan defender la causa de Jesús y se muestren como lo que deben ser: como cristianos.

 

La Nueva Evangelización, y no nos escandalicemos, pasa por empezar desde cero, a fraguar la vida de muchos cristianos que viven como si no lo fueran. A formar familias desde el Evangelio. A ocupar puestos de responsabilidad en la sociedad civil sin renunciar ni menospreciar los valores del cristianismo. Sólo entonces, cuando lleguemos a ese grado de madurez, es cuando veremos y comprobaremos que el Señor va por delante.

 

Porque Jesús, si viniera de nuevo, haría suyo sin duda, aquel viejo proverbio: “las cosas claras y el chocolate espeso”. Aunque sienten mal las primeras o, el chocolate, a más de uno se le atragante o indigeste.

 

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