Ecos del Evangelio

19 junio, 2021 / Carmelitas
DOMINGO XII T.O. CICLO B 2021

 

Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?

 

Hay muchas formas de ver la vida, de enjuiciar los acontecimientos o de enfrentarse a situaciones adversas. Pero, quien lo hace desde la fe y con la fe, se enfrenta a ellos de una forma diferente: desaparece el pánico; se piensa en un “todo es posible”.Y sobre todo, NUNCA se deja de luchar.

 

 

El Evangelio de este día nos hace comprender que, con Jesús, las cosas son diferentes.

 

Frente a un mundo convulsionado y amenazado con tormentas en el cielo de la economía, de la paz y de la salud.

Frente a un mundo convulsionado y amenazado por nuevos e inéditos avances, que no pocas veces, sirven para despersonalizar al hombre y convertirlo en un juguete.

Frente a un mundo convulsionado y amenazado por la falta de los valores mas esenciales para la dignidad de la personas.

Frente a todo eso, no cabe el encogerse de brazos, el acobardarse, y el esperar que no me toque a mí, o que pase la tormenta. La fe, nos aporta sosiego. Pero la fe, también nos llama a espabilar ¿Aún no tenéis fe?

 

 

¿No nos damos cuenta de, que se proclama por activa y por pasiva que, el hombre, es dueño de sus acciones y que por lo tanto, no es necesario recurrir a una fuerza divina? ¿O que lo que acontece en el mundo, es azar, fruto de la simple casualidad?

¿No nos damos cuenta de, que sin Dios, los huracanes de los malos tratos; o las olas de la injusticia que rompen contra los muros de los más pobres, son en el fondo un fracaso, de ese intento del hombre de prescindir de una referencia a Dios?

¿No nos damos cuenta de, de que sin Dios vamos a la pura animalidad; a una selva en la que nos devoramos unos a otros?

 

 

Es cierto que estamos viviendo unos momentos especialmente delicados en nuestras sociedades.

Que nos preocupa el deterioro de la naturaleza.

Que las amenazas que abundan por doquier nos acongojan.

Que esta plaga que nos azota no es precisamente fruto de la buena voluntad y la sensatez. Pero no sirve de nada quedarse en el lamento.

Es el momento de mirar hacia el cielo. De pedir a Dios que oriente esta barca totalmente a la deriva en la que, mucha gente hace tiempo que navegan en un horizonte sin rumbo y con un mar embravecido. Y también, es el momento- vuelvo a repetir- de actuar. Aquello de, “a Dios rogando y con el mazo dando”

 

 

Ante la coyuntura que estamos padeciendo, puede que la fe no nos ofrezca respuestas mágicas y repentinas. Pero, es que la fe, no está para eso. La fe nos ayuda, nos orienta, nos ilumina en la oscuridad. Y, sobre todo, hace que aumenten nuestras fuerzas para hacer frente a todas esas dificultades. Y, además, nos recuerda algo elemental y esencial que nunca hemos de olvidar: en esa batalla contra el mal, no estamos solos, nos acompaña Jesús de Nazaret. Qué bien lo expresó M. Gandhi: “La fe es la que nos dirige a través de océanos turbulentos”

 

 

A los cristianos, cuando somos bautizados, no se nos hace un seguro de vida, es decir, no se nos garantiza que por el hecho de serlo, vayamos a estar exentos de dudas y de batallas, de dificultades y de tormentas. Jesús, que era el Señor, no vivió ajeno a ellas, los discípulos tampoco y ¿nosotros? Posiblemente si analizamos nuestra propia historia, encontraremos enseguida situaciones tormentosas. Momentos en los que hemos sentido que el mundo (la familia, el matrimonio, la profesión, etc.) se nos iba entre las manos, se abría en mil fisuras bajo nuestros pies.

 

 

¿Dónde está, entonces, la lotería de ser seguidor de Jesús? Pues precisamente en fiarnos de Él; en caminar con Él y en dejarnos guiar por Él, si es queremos reorientar la barca de nuestra vida y ayudar a otros. No hay otro camino. Si somos de los suyos, las turbulencias (que las hay y duras en nuestra existencia) serán prueba de nuestra fidelidad; serán la clave para ver la consistencia de nuestra fe; serán la criba que purifica el trigo de la paja; serán el punto de inflexión para dejar de ser autosuficientes y quijotes.

 

A los que nos decimos amigos de Jesús.

No nos deben de asustar las tormentas que dañan la imagen de la Iglesia, pero tampoco, quedarnos de brazos cruzados.

No nos debe de paralizar cuando, la barca de nuestra fe haga ademán de sacudirnos fuera, pero tampoco dormirse en los laureles.

No nos debe hacer caer en la resignación, y menos, sabiendo que Jesús va por delante.

 

 

Lo que debe asustar a muchos y hasta aterrarlos, es que han administrado a Jesús un somnífero y un cómodo almohadón, y lo han aparcado en la POPA de la barca de sus vidas.

La propuesta del Evangelio, desde sus mismos inicios, encontró adhesiones, deserciones y críticas. El mensaje de Jesús, cuando se vive medianamente bien, asombra. Y puede asombrar en dos sentidos.

* Cuando los cristianos vivimos convencidos y con entusiasmo el hecho de que somos Hijos de Dios y, por lo tanto, damos razón de Él, allá donde estamos.

O cuando los cristianos nos diluimos en medio del mundo y, lejos de darle sabor, a penas se nota nuestro ideario, nuestra pertenencia a la iglesia, nuestra experiencia de Jesús Resucitado. Si, amigos, podemos asombrar en doble dirección: cuando se nos nota que somos cristianos y, por el contrario, cuando somos insípidos en el ser, hablar y obrar.

 

 

Y Cristo sigue diciéndonos: “Vamos a la otra orilla». – Porque hay otra orilla para ser una autentica persona ¿Y cual es? Pues Jesús mismo, su manera de vivir, esa es la otra orilla. «Nos apremia el amor de Cristo, nos dice san Pablo, esa es la clave. Si de verdad nos apremia su amor, para capear el temporal y pasar a la otra orilla, hay que dejar el bolsillo, o el cargo, o la fama, o las comodidades, o las seguridades, o el lucimiento o la imposición, o la apariencia. etc. Todo eso hay que dejar que el mar se lo trague.

 

 

Y para eso debemos hacernos una muy sencilla y simple pregunta: ¿Tenemos fe en Jesús como para embarcarnos con Él? ¿O prefrieren no pocos seguir en la orilla que les lleva a la perdición?

 

 

Es el momento oportuno para situarnos delante del Señor. Para retomar, con serenidad, la Oración, la Palabra de Dios y la Eucaristía. Para interpelarnos sobre nuestros miedos ¿A qué tenemos miedo? ¿Por qué tenemos miedo? ¿A quién? Si, el Señor, nos ha dicho que estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Esta promesa nos debe de producir consuelo, calma y paz.

 

Ten confianza en Dios, Tú que me escuchas, y pídele:

 

En la salud, pide a Dios que sea tu fortaleza.

En el trabajo, dile a Dios que lo realices con dignidad.

En el desaliento, preséntale a Dios tu debilidad.

En la oscuridad, déjale al Señor que sea tu luz.

 

 

Cuando todo se venga abajo, busca una mano que te sostenga.

Cuando todo carezca de sentido, ábrete la Palabra de Dios.

Cuando creas que todo está acabado, piensa en Jesús.

 

 

Déjale a Dios, que sea Dios.

Déjale que, en las tormentas, sea quien tenga la última palabra.

Déjale que, en las inquietudes, ponga a tono tu corazón.

 

 

Porque, si desesperas, pones a Dios en mal lugar.

Porque, si desesperas, piensas que el mal es mayor que el poder de Dios.

Porque, si desesperas, denota que tu fe no es tan grande como crees.

Porque, si desesperas, es porque no caminas al ritmo de Jesús.

 

 

Jesús es el mejor calmante.

Jesús es el mejor timón. Jesús es quien, tarde o temprano, hasta lo más retorcido, ante Él, se endereza.

Con Jesús, lo imposible es posible.

 

Todo dependerá, de donde coloquemos a Jesús en la barca de nuestra vida: o en la proa o en la popa.

 

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