Ecos del Evangelio

27 junio, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XIII T.O. CICLO A 2020

 

Si el domingo pasado nos decía Cristo- por tres veces- que no tuviéramos miedo en dar la cara por Él y su evangelio si es que queremos ser de los suyos. Hoy además nos da unas consignas que a muchos les pueden parecer desconcertantes: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mi, no es digno de mi; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi».

 

Parece como si Jesús fuera un rival, un adversario de las personas que tenemos a nuestro lado, las personas a las que nos sentimos llamados a amar más: nuestra familia. ¿Qué quieren decir esas palabras de Cristo? ¿Acaso Jesús está en contra de la familia, y nos pide que la dejemos de lado y no nos preocupemos de ella? Sería inhumano… que Cristo nos pidiera tal cosa.

 

Jesús no nos pide que dejemos de lado a la familia, o que no nos preocupemos de ella. Lo que Él sí nos exige, es que, en todo lo que vivimos, en todo lo que hacemos y amamos, pongamos por encima de todo sus criterios: lo pongamos a Él, a su Evangelio, y llegaremos a poner y a dar el amor que Él nos enseña, que es el que no tiene ni pizca de egoísmo. Un amor gratuito, incondicional y entregado.

 

El padre y la madre, de los que se nos habla en el Evangelio de hoy, no se refiere sólo a nuestros progenitores. Son también, muchos rostros con diversos nombres, en la realidad que nos circunda: riquezas, ocio, placer, materialismo, hedonismo, relativismo, miedos, etc. Son muchas las cosas que nos atenazan y nos impiden servir y amar con generosidad y con desprendimiento .Por eso nuestro amor se parece tan poco a ese amor de Cristo, porque está impregnadas de egoísmo, de intereses, de apariencia, de ambición, etc.

 

El padre y la madre, son también, esa fe de espectador, de butaca, de complemento, de exaltación sentimental ocasional en que muchos están, pero que nada tiene que ver con seguir a Cristo, porque de esa manera es imposible conocerlo, seguirlo y amarlo.

 

A Dios, a Cristo hay que llevarlo en el fondo de las entrañas y para eso hay que amarlo de verdad: con obras. Cuando uno demuestra ese amor con obras, la vida y las renuncias de la vida cristiana, se contemplan con otra óptica, con un trasfondo de felicidad y de fidelidad.

 

Todos podríamos hacer un balance, y veríamos, lo poco que damos a Dios, en comparación con la inmensidad que Dios nos ofrece y recibimos de Él. Malo será que, el día de mañana, abriendo el diario de nuestras buenas obras, de nuestros ratos de oración, del trabajo en pro de la justicia, de la confianza y de la esperanza en Dios, nos encontremos con la gran sorpresa de que tenemos muy pocos asientos señalados a nuestro favor por haber estado entretenidos en “muchos padres y madres” que distrajeron nuestra existencia del Padre Dios, de nuestra Madre la Virgen y de nuestro hermano Cristo.

 

¿Perder para ganar? Pues sí. Dios en nosotros y a través de nosotros, invierte en el mundo de una forma original y desconcertante: hay que ir, muchas veces, contracorriente. Comprando aquello que muchos desprecian y abrazando a aquello que la sociedad rechaza. Para ello, claro está, es cuestión de abrir los ojos del corazón y no mirar para otro lazo.

 

¿Perder para ganar? Pues sí. Jesús nos deja unas pistas (su palabra y su vida), por las que podemos optar hacia esos grandes valores que, a pesar de las dificultades, perduran en el tiempo.

 

Alguien dijo, con cierta razón, que los cristianos tenemos que aprender a “jugar en bolsa”. No precisamente en aquella que el mundo económico propone para enriquecerse abusivamente. El cristiano convencido, ha de estar dispuesto a perder de lo suyo (tiempo, bienes materiales, esfuerzo) para que un día Jesús, pueda reconocernos como aquellos que se arriesgaron y arriesgaron abundantemente en su nombre y en favor de los demás.

 

Releamos por favor, despacio el evangelio de este domingo: «El que gana su vida, la perderá. Y el que pierda su vida por mí, la ganará». Mucho me temo que toda nuestra filosofía del «ganar» sea para Jesús, balones en «fuera de juego». « ¿De qué te sirve ganar el mundo si pierdes tu alma»?, dijo en otra ocasión. Ese interrogante, repetido por San Ignacio de Loyola, fue el que hizo comprender también a Francisco Javier que hay «otra» escala de valores, poco atractiva, pero más productiva.

 

Igualmente, el día en que otro Francisco, el de Asís, se despojó de sus galas para casarse con la «madonna povertá», los bienpensantes del pueblo juzgaron que aquel chico estaba loco, que «había perdido el juicio» Pero él sabía que había «ganado» al verdadero Padre del Cielo.

 

Igual que el mendigo del poema de Tagore: cuando vació sus alforjas, supo que, en vez de perder un grano de trigo, había ganado un grano de oro. Y lo mismo, cuando Jesús invitó al joven rico a «venderlo todo y dárselo a los pobres», no le invitaba a «perder», sino a «ganar».

 

Esa es la lección de este domingo de verano. La ley del mínimo esfuerzo, los egoísmos, las apariencias, las vanaglorias. Todo eso es propio de mentes muy cortas, corazones de piedra y muy poco agradecidos. Hay otras cuentas a «plazo muy fijo» que aseguran y garantizan el «ciento por uno». Por eso el ser cristiano no es ningún pasatiempo, ni una distracción para exaltar mis sentimientos de vez en cuando. El ser cristiano es tomarse a Cristo en serio y llevar su enseñanza como bandera.

 

Ese es el camino de la felicidad y de la vida. Es el camino que yo también desde mi libertad escogí. Os aseguro que no hay ninguno camino que le llegue ni a la suela del zapato al camino que me ofreció Cristo. Es el camino que me tocó el corazón y que me cautivó.

 

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