Ecos del Evangelio

27 junio, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XIII T.O. CICLO A 2020 28 DE JUNIO DE 2020

 

Hoy es un buen día para cantar eternamente las misericordias del Señor.

 

 

 

En la primera lectura, del segundo libro de los Reyes (4, 8-11. 14-16ª). Eliseo es acogido por un matrimonio, en el que la esposa confía en él como hombre Santo de Dios; le pide a su marido que le construyan una habitación para que se retire cuando regrese; Eliseo agradecido piensa ¿qué puede hacer por ella? Y le dice a la mujer; “El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo”

 

¿Qué me quiere decir Dios con esta lectura?

 

Es muy interesante reflexionar, cómo a lo largo de nuestra vida; aparecen personas; algunas se quedan, otras que se van; pero que, si nos permitimos confiar en ellas, como la mujer del pasaje confió en Eliseo como Santo de Dios, nos dejan ver que Dios siempre está presente en nuestras vidas y de formas que jamás nos imaginamos siquiera.

 

Confiar en Dios; recibirlo, prepararle una habitación en nuestra casa, que es nuestro corazón; aceptar su presencia en cada uno; permitirle que obre milagros que creíamos imposibles, y que nos conceda lo que ni siquiera nos atrevemos a pedirle. La confianza puesta en Dios nunca queda defraudada. Así es el amor de Dios, que, como un Padre, sabe lo que queremos, aunque no lo pidamos; sabe lo que es bueno para nosotros; Él conoce nuestros deseos más íntimos; en el pasaje, la mujer jamás le pidió a Dios ni a Eliseo tener un hijo, además su esposo era anciano; más, sin embargo, Dios obró el milagro de un hijo.

 

El salmo 88 nos dice “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”

Aquí el salmista me invita a agradecer a Dios por toda su misericordia. El Señor es siempre Fiel y misericordioso.

 

Hay tanto que agradecer:

• Aclamar y agradecer por el nuevo día.
• Por el hermano que me encuentro y me apoya.
• Porque tengo un techo bajo el cual resguardarme.

 

 

En fin, todo lo que tengo hoy y ahora, lo agradezco a la misericordia de Dios. Aún más, también necesito agradecer por las angustias y los malos momentos, pues son éstos, a través de los cuales Dios me muestra su infinita sabiduría, su fidelidad, su acompañamiento. Sé que es difícil ver en los momentos de tristeza y tribulación con claridad la mano de Dios, pero la fe nos lleva a caer en cuenta que con Él, nunca estamos desamparados y por ello es momento de que cantemos su misericordia.

 

 

En la segunda lectura, la Carta del apóstol San Pablo a los Romanos (6, 3-4. 8-11). San Pablo nos dice que así como fuimos bautizados en Cristo, también lo hicimos en su muerte; y que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre; así también nosotros resucitamos a una vida nueva.

 

En lo personal, a veces me cuesta trabajo entender las escrituras las primeras veces que las leo; otras veces cuando escucho algún pasaje o lectura, inmediatamente lo relaciono con alguna situación que sucedió o que me pasó. Ésta Carta de San Pablo, en lo personal, me parece que me dice, principalmente en este tiempo difícil que estamos pasando, que la muerte no es el fin; ya que Cristo murió por los pecados de los hombres y los bautizados en Cristo debemos morir también para ver la gloria de Dios; porque también con su Muerte y Resurrección, dejó abiertas las puertas para nosotros. Si estamos vivos, necesitamos morir al pecado para Resucitar con Cristo.

 

Es difícil perder a un ser amado y querido, nadie quisiéramos vivirlo, sobre todo de maneras tan tristes como esta pandemia, o a través de la delincuencia, o por un accidente, por enfermedad, o por otras tantas situaciones; pero si somos de Cristo y estamos con él en su muerte, la misericordia de Dios es tan grande, que nos ofrece un nacimiento a una vida nueva. Si vemos la muerte desde esta perspectiva, no deja de ser dolorosa y terrible; pero nos abre la confianza y a la tranquilidad de que nacemos a una vida nueva, donde no existe el pecado, ni mal alguno. Estas calamidades son terrenas y todos los bautizados en Cristo gozaremos junto con él de la muerte del pecado y viviremos para gloria de Dios.

 

 

El Evangelio, Según San Mateo, 10, 37-42 Jesús nos dice: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí…” “…el que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado…”

 

Si tomamos las palabras tal cual se dicen, podemos pensar que son palabras muy duras. Ciertamente, son palabras difíciles de entender, pues terrenalmente amamos a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestra pareja, a nuestros amigos, etc. Pero también a veces rechazamos a los que nos han hecho algo, a los que no son “dignos” según nuestros criterios; a los que consideramos que nos ofendieron.

 

A través de éstas palabras entendemos que Dios está en todas partes. Necesitamos amarlo a él antes que a todo en este mundo; pues si de verdad amamos a Dios por encima de todos, seremos capaces de amar al prójimo; pues es lo que nos manda nuestro Padre. En teoría, esto no sería tan difícil, pues si amamos a nuestros padres en la tierra, y somos capaces de dar la vida por ellos; cuan más, si amamos a Dios más que a todo, podremos dejar todo por seguir sus enseñanzas. Seremos capaces de amar a todos y de recibir a todos como Dios nos pide que lo hagamos. No es que quiera que nos enemistemos con nuestra familia por seguirlo; si no que, al amar a Dios por encima de todo y de todos, podremos ser capaces de dar la vida por Dios, siguiendo en cuerpo y alma los que nos manda nuestro Padre Celestial.

 

 

Mtra. En Educación Angélica Hernández Martín
Instituto Rosa del Carmelo A.C.
Santiago de Querétaro, Qro. México.

 

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