Ecos del Evangelio

30 junio, 2018 / Carmelitas
DOMINGO XIII T.O. CICLO B 2018

La vuelta a la vida

 

 

Nuestro Dios ama la vida ¡Cuán aleccionadora es la palabra de hoy! “Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes”. “Todo lo creó para que subsistiera”. “Dios creó al hombre para la inmortalidad”. Nos pueden sorprender estas palabras, pero debemos encontrar su sentido verdadero.

 

Demasiadas veces oímos decir que hemos nacido para morir, pero nos olvidamos de que morimos para vivir. Hemos nacido para vivir a pleno pulmón, eternamente. Dios ha hecho al hombre y a la mujer para que vivan de verdad. Para que superen, incluso, el mal trago de la muerte, como un episodio pasajero. Hemos sido creados para vivir. Por eso nos fastidia tanto esta vida nuestra, porque tiene tantas limitaciones que parece más una muerte que una vida.

 

Vivir es conocer, y amar, y relacionarnos, y crear cosas nuevas. Pero ahora y aquí, se puede decir muy bien que sólo hacemos un ensayo de todo ello. Un ensayo de conocer: ¡Cuántas cosas permanecen en la oscuridad y en la ignorancia! Un ensayo de amar: ¡Cuántos amores limitados, rotos, por los egoísmos, por la pereza, por los intereses! Un ensayo de fraternidad: ¡Cuántos grupos y comunidades funcionan tropezando continuamente! Un ensayo de crear: ¡Cuántos proyectos mueren o enferman a causa de las mezquindades! A pesar de todo, tenemos sed de vivir plenamente.

 

Dios ama la vida y quiere que vivamos de verdad, tanto como podamos aquí en la tierra y del todo, plenamente, en su corazón, en la eternidad. Para eso hemos sido creados.

 

Hoy el evangelio nos presenta la vuelta a la vida de una niña de doce años. Todos la daban por muerta. Jesús dice que duerme. Ellos se burlan. Jesús le da la mano y le dice: “Talitha qumi: Contigo hablo, niña, levántate”. “La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar;… y les dijo que dieran de comer a la niña”. ¡Cuántas veces nosotros también damos por muerta a mucha gente porque vive de una manera distinta a la nuestra! ¡Cuántas veces, en lugar de darles la mano, les echamos en cara sus diferencias! ¡Cuántas veces, en lugar de darles el alimento que necesitan, les damos los mendrugos de nuestras rutinas!

 

Hemos de aprender de Jesús, a descubrir la vida que hay en el corazón de las personas, descubrir los valores que llevan, porque el Espíritu de Dios trabaja en el interior de las personas continuamente, mejor de lo que nosotros podríamos imaginar. Facilitemos que la semilla germine y crezca, no según nuestros modelos, sino con la novedad que la eterna juventud de Dios impulsa en sus corazones.

 

La muerte o la enfermedad NO las envía Dios; lo que hace Dios, nuestro Padre que ama la vida, es ayudarnos a sobrellevar estos males que Él no quiere. Algo semejante hacia Jesús según Evangelio.

 

 

No leemos en el Evangelio que Jesús dijera a los enfermos que tuvieran paciencia, que vieran en el sufrimiento una prueba de Dios. Ni dice Jesús que la muerte se deba aceptar resignadamente. No lo dice. Jesús ante la enfermedad y ante la muerte, no habla (no predica); Jesús ante la enfermedad y ante la muerte, actúa. Es decir -Él que podía hacerlo, cura, incluso -en algunos casos- devuelve la vida.

 

 

Pero claro está, nosotros podemos preguntarnos qué podemos y debemos hacer ante nuestros hermanos y hermanas enfermos, o ante quienes sufren la muerte de unos de sus seres queridos. Porque nosotros, lo que hacía Jesús, no podemos hacerlo, no tenemos el poder de obrar milagros. ¿Que no podemos hacer milagros? Hay muchos milagros que si podemos hacer, pero nos falta fe y amor, haber si queda claro.

 

Por ejemplo…

Aprendamos a no hacer discursos, ni dar explicaciones supuestamente piadosas (porque no lo son), ante el dolor y la muerte. No se trata tanto de hablar, como de actuar. Actuar, ¿cómo? Procurando comunicar vida a quienes más la necesitan. Es decir, haciendo compañía, atendiendo con el máximo cariño, ayudando en todo lo que necesitan aquellos que son los más amados de Dios porque sufren lo que Él no quisiera que nadie sufriera. Dicho de otro modo: lo que nosotros podemos hacer es procurar compartir y comulgar con el amor que Dios tiene para con los que sufren por la enfermedad o cercanía de la muerte.

 

 

No tenemos el poder de resucitar muertos, pero tenemos el poder de amar y de amar con fe, que es, probablemente, lo más importante. No podemos olvidar que, según lo que hemos leído en el evangelio de hoy, Jesús necesitaba una cosa para poder actuar, para poder curar: necesitaba que quienes pedían tuvieran fe. Le dice a Jairo: “No temas, basta que tengas fe”. Y a aquella afligida mujer le dice incluso: “tu fe te ha curado” (no yo, tu fe). Y el próximo domingo leeremos que en su pueblo no pudo hacer milagros porque no encontró fe.

 

¿De qué fe se trata? Simplificando podríamos decir que no se trata de recitar el Credo (Jesús, a quienes curaba, no les pedía que formularan su fe). Probablemente, la mayoría de quienes fueron curados por Jesús no creían -no sabían- que él era el Hijo de Dios, que Él era Dios hecho hombre. No se trata de esa fe.

 

La fe que pedía y pide Jesús para curar era y es una gran confianza en la bondad de Dios, en que Dios quería que se curaran, en que Dios es el Padre de la vida quería y quiere vida para todos. Y que este gran anuncio -que es el anuncio del Reino de Dios- se realizaba por Jesús.

 

Y esta fe en la bondad de Dios, creador de la vida, amante de la vida, que sufre por el dolor de quienes sufren, esta fe que nosotros hemos recibido de Jesucristo, que nosotros identificamos con Jesucristo, es lo que cada domingo, en la misa, renovamos y celebramos y pedimos que sea más viva en nosotros, para que así podamos ayudarnos, cada día, unos a los otros.

 

En Jesús todo es vida, y eso lo olvidamos con frecuencia y, precisamente por eso, ante el secarral en el que se ha convertido parte de nuestra sociedad (en valores y fundamento ético o moral) necesitamos acudir a la fuente de la vida para tomar un buen refresco que nos anime a seguir adelante y a no debilitarnos por tantas sangrías que el día a día producen en nuestro pensamiento, en nuestro corazón o en nuestros ideales. Vivir según Jesús, es sentir una continua transfusión de vida y una visión confiada en nuestro futuro definitivo.

 

Toquemos la Eucaristía (que es el actual manto del Señor) y pongámonos de pie con respeto, veneración y fe cuando, el Evangelio por boca del sacerdote nos dice: ¡contigo hablo… levántate! Levantemos el ánimo por favor, os lo digo en nombre de Dios.

 

Pidámosle fe al Señor: para no desangrarnos por las cosas estériles e inútiles que no merecen la pena.

*Para que sintamos el brotar de una nueva vida, a través la oración y la Eucaristía.

*Para que elevemos nuestro ánimo cuando, postrados en mil problemas, tengamos la sensación de que se impondrán a nuestras posibilidades de hacerles frente.

*Para que, siendo débiles como somos, podamos ser enérgicos como Cristo quieres que los seamos.

 

Pidámosle fe al Señor

*Porque la fe, es ver lleno el vacío.*Porque la fe, es confiar en lo prometido.

*Porque la fe, es levantarse aún a riesgo de volver a caer.

*Porque la fe, es poner a Dios en el lugar que le corresponde.

*Porque la fe, es atisbar luz donde algunos se empeñan en clavar sombras. Y, cuando algunos nos den por muertos o vencidos, escuchemos desde lo más hondo de nuestra conciencia la voz de Cristo:

¡A ti te lo digo! ¡Levántate!

 

Tengamos mas fe y veremos milagros y haremos milagros:

*Busca tu gloria en la gloria de los demás, y los demás buscarán su gloria en ti.

* Si hablas a los demás, que tu palabra sea limpia; pero no hables con orgullo, porque hacerlo con orgullo es hablar con falsedad.

*Usa todo lo que la naturaleza pone a tu alcance.

*No malgastes tu tiempo.

*Tienes poco tiempo, justo el que estas disfrutando ahora.

*Trata de conocerte.

*No te mal utilices.

*Busca dentro de ti la solución a tus problemas.

*Si tienes que atarte, átate a ti mismo pero junto a Cristo.

*No culpes a los demás de tus propios errores.

*Sé tu propio juez, pero un juez justo.

*No pronuncies la palabra imposible, porque todo es posible dentro de ti, si te dejas guiar por Cristo. ¿Te vas apuntando todo esto?

 

 

Pero a lo mejor sigo dudando

*Cuando observo el campo sin arar, cuando los aperos de labranza están olvidados, cuando la tierra está quebrada, me pregunto… ¿Dónde estarán las manos de Dios?

 

*Cuando observo la injusticia, la corrupción, el que explota al débil.

 

*Cuando veo al prepotente pedante enriquecerse del ignorante y del pobre, del obrero y del campesino carente de recursos para defender sus derechos, me pregunto… ¿Dónde estarán las manos de Dios?

 

*Cuando contemplo a esa anciana olvidada; cuando su mirada es nostalgia y balbucea todavía algunas palabras de amor por el hijo que la abandonó, me pregunto: ¿Dónde estarán las manos de Dios?

 

*Cuando veo al moribundo en su agonía llena de dolor; cuando observo a una pareja y a sus hijos deseando no verle sufrir; cuando el sufrimiento es intolerable y su lecho se convierte en un grito de súplica de paz, me pregunto: ¿Dónde estarán las manos de Dios?

 

*Cuando miro a ese joven antes fuerte y decidido, ahora embrutecido por la droga y el alcohol; cuando veo titubeante lo que antes era una inteligencia brillante y ahora harapos sin rumbo ni destino, me pregunto… ¿Dónde estarán las manos de Dios?

 

Pero siempre que me hago estas preguntas, escucho una voz que me reclama: “No te das cuenta que tú eres mis manos, atrévete a usarlas para lo que fueron hechas, para dar amor y alcanzar estrellas”. Y comprendí que las manos de Dios somos “TU y YO”, los que tenemos la voluntad, el conocimiento y el coraje para luchar por un mundo más humano y justo. Que TU Y YO tengamos unos ideales tan altos que no podamos dejar de acudir a la llamada del destino. Que TU Y YO desafiando el dolor, la crítica y la blasfemia, nos comprometamos a ser las manos de Dios.

 

El mundo necesita esas manos, llenas de ideales y cuya obra sea contribuir día a día, a forjar una nueva civilización, que busque valores superiores, que compartan generosamente lo que Dios nos ha dado y puedan al final llegar con las manos vacías, porque entregaron todo el amor, para lo que fueron creadas.

 

¿Te parece poco milagro poner en práctica todo lo que te he expuesto? ¡Pues venga levántate y a resucitar a mucha gente que lo necesita!

 

 

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