Ecos del Evangelio

26 junio, 2021 / Carmelitas
DOMINGO XIII. T.O. CICLO B 2021

 

 

Este domingo es para hacernos de entrada la gran pregunta: ¿Cómo es nuestra fe? Lo digo porque, ¡OJO CON LA FE FÚNEBRE! El domingo pasado, con el episodio de la tormenta calmada en el lago de Galilea, señalé, que al Señor, muchos lo han dejado dormido. Que no es Él quien se desentiende, sino que muchos, le han administrado un somnífero, y lo han puesto a buen recaudo en un cómodo almohadón, en la popa de la barca de sus vidas.

 

 

Jesús se encuentra hoy ante dos situaciones distintas, y las dos con un mismo común denominador: En las dos situaciones en las que se requería la presencia de Cristo había fe. Tanto el jefe de la sinagoga, como la mujer que se iba en sangre, confiaban plenamente y en primer lugar en Cristo. Y Cristo, y con creces, premió esa fe con la salud.

 

 

Ciertamente. La ciencia ayuda, pero bien lo sabemos, no lo es todo: llega hasta donde llega. ¿Quién puede, sino Cristo, arrancarnos de la muerte definitiva? ¿Quién puede sino Cristo ir más allá de esa frontera donde la técnica más moderna es incapaz de alcanzar? La técnica prolonga la vida (o la acorta). Pero Cristo mima la vida, la consuela, la recupera, pero en todo caso la eterniza. La técnica estudia, mira y se detiene en el cuerpo. Pero Cristo va más al fondo: a la persona, a la fe, al alma.

 

Saquemos algunas conclusiones, a modo de recordatorio, de los milagros de hoy del evangelio.

 

Se nos recuerda que la fe, es la condición imprescindible para la actuación de Dios.
Se nos recuerda que la fe cura y salva.
Se nos recuerda que sin fe, las ideas solo esclavizan y degradan.
Se nos recuerda –aunque no guste escucharlo- que muchas veces preferimos abandonaros en manos de lo inmediato; echarnos en los brazos de la simple y pura ciencia, antes que confiar sobretodo en el Señor.

Se nos recuerda, que podemos y tenemos que decir mucho en las diferentes situaciones que nos acompañan.
Se nos recuerda, que muchas veces hay que” vivir contracorriente”.
Se nos recuerda, que, lo fácil, es dejarse arrastrar por la corriente.
Se nos recuerda, que es mejor cerrar los ojos a este mundo con la conciencia de un deber cumplido, que no omitido.
Se nos recuerda, que si la fe no se celebra y se vive, se muere.
Se nos recuerda, que no perdamos de vista que nuestra fe, es una vitamina de vida y no de muerte.
Se nos recuerda, que nuestra Iglesia, no es un tanatorio donde se recibe cuando se muere.
Se nos recuerda, que nuestra fe, no es un vestido que se utiliza cuando morimos.
Se nos recuerda, que nuestra amistad con Cristo, no está centrada y se limita a su muerte, sino en su resurrección.

 

 

¿Tienes fe? Entonces no te faltará auxilio en los momentos en los que, por debilidad o enfermedad, ves que la vida se te escapa irremediablemente.

¿Tienes fe? Cuídala.
Con una oración sincera.
Con la escucha de la Palabra de Dios.
Con la contemplación.
Con el agradecimiento a Dios por haberte hecho hijo suyo por el Bautismo.

¿Tienes fe? No te des por vencido en las causas nobles. Lucha con toda tu alma para que, el mundo que te rodea, deje de ser un flujo de injusticias, de sangre o de desencanto.

¿Tienes fe? ¡Entonces, el Señor, te necesita! Eres de los suyos. Ofrécele, tus obras, que demostrarán tu fe.

¿Tienes fe? Entonces pídele a Cristo que te conceda vida abundante y de la buena. No esperes a estar enfermo para recurrir a Él. Y, si te llega la debilidad, entonces que te encuentre fuerte en tus convicciones y confiado en su persona.

 

 

Lo dicho, que nuestra Iglesia, no es un servicio de pompas fúnebres sino una casa, donde la vida sacramental nos debe llenar de ilusión, valor, coraje y esperanza, en todos los instantes de nuestra vida. ¿Su secreto? ¡Pues que Cristo además de ser nuestro Maestro, es nuestro sanador y salvador!

 

Ante la realidad actual, donde sólo es creíble lo que se demuestra o se ve, la fe, juega un papel fundamental.

Quien cree, se salva.

Quien cree, vive la dimensión del dolor desde otra perspectiva.

Quien pone en Jesús sus debilidades o sus hemorragias (internas o externas) está llamado a recuperarse, a sanarse.

Nos azotan muchos flujos de muerte:

*Flujos de desesperanza. Más allá de las promesas de nuestros gobernantes, hemos de poner nuestros ojos en aquel Dios que siempre pone aliento en nuestro camino.

*Flujos de sin sentido. Ante el pesimismo que nos invade (con la crisis cabalgando sobre nuestros hombros), el Señor nos invita a permaneced firmes en Él.

*Flujos de incredulidad. El consumismo nos ha acostumbrado a vivir bajo los dioses de lo placentero y en el camino fácil.

*Flujos de inquietud. Nos abruman muchos acontecimientos. Nos agobian las situaciones que nos rodean.

Ante todo eso, el Señor nos señala un sendero: ser sus discípulos. Al tocar el manto de Jesús, es decir, (la Eucaristía, la oración personal, los sacramentos) podemos revitalizar nuestro cuerpo físico y espiritual. A veces podemos considerar que ya son suficientes unas prácticas sacramentales, el estar bautizado, o incluso, el practicar de cuando en vez la caridad. ¿No hizo muchísimo más Cristo por nosotros?

 

Además de caridad, con su cuerpo en la cruz, dio muestras de la grandeza de su amor.

Además de orar, defendió públicamente el Reino de Dios ante los poderosos de su tiempo.

Además de dejarse bautizar en el Jordán, asumió ese otro bautismo de sangre: su muerte en cruz. Pues eso es lo que nos pide. Eso significa seguirle.

 

¿Y aún nos resistimos a creer? ¿No habrá llegado el momento de publicitar, con todos los medios a nuestro alcance (especialmente desde la experiencia personal) que el manto de Cristo se sigue dilatando a lo largo y ancho del mundo? ¿No será que la humanidad, desangrándose en miles de flujos, desconoce que hay un Cristo que puede y desea taponar todas esas heridas sin más respuesta que la fe?

 

Hace mucho tiempo, Señor, que estoy enfermo: mis piernas se resisten a progresar por las sendas de la fe, buscan otros parajes más persuasivos menos complicados y hasta menos exigentes.

 

Hace bastante tiempo, Señor, que mis manos dejaron de abrazar. Buscan lo fácil, la recompensa, el amor por el amor, la gratitud por lo que dan.

 

Hace no sé cuánto, Señor, que mi cuerpo derrama flujos de sangre: de apatía y desencanto; de inseguridad y altivez; de orgullo y vanagloria; de caídas y pesimismo; desorientación y desesperación.

 

Como la hija de Jairo necesito vida. Como al flujo de sangre de aquella mujer, necesito que cortes de raíz la herida que me debilita y me mata. Porque, si miro a mí alrededor, veo que poco o nada pueden hacer por mí. Porque, hace mucho tiempo, mucho tiempo, Señor, que los que me ven ya no hace nada por mí, solo les produzco lástima.

 

DAME FE, SEÑOR.

 

Porque la fe, es ver lleno el vacío.
Porque la fe, es confiar en lo prometido.
Porque la fe, es levantarse aún a riesgo de volver a caer.
Porque la fe, es poner a Dios en el lugar que le corresponde.
Porque la fe, es atisbar luz, donde algunos se empeñan en clavar sombras, para que, de esa manera, vean que Tu presencia invisible, es más poderosa que todo lo visible. Tu voz, es autoridad y sana calmando las heridas. Tu paso, no deja indiferente al que te mira con amor y te acaricia con fe.

¿Dónde está Dios?
Quizá en la popa de la barca de tu vida, durmiendo, porque le has administrado un somnífero. No, la pregunta es equivocada.

 

Preguntémonos. ¿Dónde estoy yo?¿ Donde esta mi fe y como es mi fe?

Esa es la pregunta correcta. Espero que después de lo dicho, cada uno la pueda responder y obrar en consecuencia.

 

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