Ecos del Evangelio

7 julio, 2016 / Carmelitas
DOMINGO XIII Tiempo Ordinario

El evangelio de hoy nos presenta tres actitudes de otros tantos personajes, reflejo sin duda de las actitudes humanas que se dan en todos los tiempos sobre el «seguimiento a Jesús». Son, por tanto, «cuadros para nuestra reflexión».

1. «Los mensajeros que envió Jesús por delante entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no le recibieron, porque se dirigía a Jerusalén».-He ahí una primera sinrazón, del «no seguimiento a Jesús». Los celos entre samaritanos y judíos. ¡Qué pena! Muchos no suelen mirar al sol, que es lo que señala el dedo, sino al dedo que señala el sol! Y, según sea ese dedo, se suele aceptar o no al sol. Son los que impiden o falsean su seguimiento de Cristo. Ven el sol, es decir la fe en Cristo, según si les conviene en aquel momento, y cuando les conviene no tienen escrúpulos de utilizar el mensaje del evangelio para defender sus ideologías.

2. «Otro, a quien dijo Jesús “sígueme”, respondió: “déjame primero enterrar a mi padre”». Es otro rasgo de la condición humana y de no pocos cristianos: la ancestral pereza e indecisión. Dejan para mañana lo que pueden hacer hoy, sabiendo que es verdad lo que lamentaba Lope de Vega: «Mañana le abriremos -respondía-, para lo mismo responder mañana». Los propios intereses suelen prevalecer sobre el «interés» de Dios. Y van dilatando peligrosamente su conversión y entrega. Exponiéndose a tener que reconocer como Machado: «La primavera pasó por tu puerta. Dos veces no pasa»

3. «Jesús le dijo a otro: “el que pone su mano en el arado y echa la vista para atrás, no vale para el Reino de Dios”». Así son muchos: ambiguos, peligrosamente confusos. Amigos del color gris. Cultivadores del «sí… pero…». En el Apocalipsis se nos dice: « ¡Ojalá fueras frío o caliente; pero como eres “tibio”, te arrojaré de mi corazón». Son las personas de la niebla y de lo borroso, no dicen ni «sí», ni «no»; dicen «según».Los que modositamente hablan y se comportan pero llevan dentro la intransigencia y la manipulación siempre a punto. El caso es «ir tirando». Vivir en pleno paisaje londinense. ¡Y Jesús lo dijo bien claro!: «El que no está conmigo, está contra mí».

Después de todo esto, cabe hacerse la pregunta del millón. ¿Se ha de ser héroe para seguir a Jesús? Porque en el evangelio, Jesús parece mostrarse muy radical, muy exigente -casi diríamos intolerante- con estos tres hombres que quieren seguirle.

Responder a esta pregunta es clave, porque la mayoría no somos ni héroes ni santos, pero supongo que queremos seguir a Cristo Y si para ser cristiano (seguidor de Jesucristo) es necesario una conducta heroica o una santidad perfecta, ¿no habremos de reconocer que supera nuestras posibilidades? La santidad no cabe duda, asusta a muchos Y no se por que. Porque para seguir a Cristo no hace falta ni ser héroe ni santo.

Es cierto que las exigencias de Jesucristo son radicales. Pero también nos dice el evangelio que quienes de hecho le seguían (los apóstoles, las mujeres que iban con Él, los otros discípulos…) no eran héroes, ni ejemplos de perfección. Hoy mismo hemos leído que Santiago y Juan querían que bajara fuego del cielo para acabar con la gente de un pueblecito que no había querido recibirles. Cuántas veces encontramos en los evangelios muestras de cobardía, de incomprensión, de vanidad, de peleas entre los apóstoles… Y no por ello Jesucristo les rechaza o niega que puedan ser discípulos suyos.

¿Cómo pues unir por una parte, la exigencia radical de Jesús como condición para ir con Él y por otra, el que quienes de hecho le siguen sean hombres y mujeres con sus defectos y pecados? Pues teniendo algo claro, que: Jesucristo es exigente y no pacta con la mediocridad, pero no pide como condición previa la heroicidad.

Posiblemente nos ayude a comprender todo esto el fijarnos dónde sitúa Jesucristo su radicalidad, qué es lo que Él exige como condición para seguirle. Y veremos que Jesucristo no exige que Pedro o Juan o Santiago o María Magdalena o cualquiera de quienes le siguen, se transformen en un momento en héroes o en seres perfectos. Comprende su cobardía, sus defectos y sus pecados, Pero lo que sí exige es que no pongan condiciones para seguirle, que no se reserven nada. Es decir, que confíen ilimitadamente en Él, que estén dispuestos a dejarse transformar, que quieran seguirle más y más. AHÍ ESTALA CLAVE

El problema está en la persona y en su enfermedad crónica. ¿Y eso qué significa? Pues que hay zonas de la vida de una persona que se reserva para ella, en las que cree que debe comportarse según sus criterios y no según los de Jesús. Son los que están dispuestos a seguirle a horas y si no tienen ningún compromiso. Ponen condiciones a Jesucristo: en esto o en aquello, no te metas. Más aún: pretenden pactar con Jesucristo (¡estamos tan acostumbrados a pactar!): yo haré esto o aquello, pero déjame tranquilo en este otro asunto, lo haré a mi manera y no como Tú me dices.

Entonces estas zonas de la vida que se reservan (y que a menudo son muy importantes para ellos: el modo de comportarse cuando se trata de ganar dinero, o de querer dominar y relacionarse con los demás, la vivencia cotidiana con los de casa hecha de dureza o de mal humor, etc. etc.), estas zonas se convierten en una autentica enfermedad en su vida cristiana. Porque Jesucristo no pretende que para seguirle, seamos héroes o santos, pero quiere que nos entreguemos sin reservas ni condiciones a su Espíritu que puede transformarnos más y más.

El problema (en la vida cristiana) no es que no se tenga una salud perfecta, o un comportamiento ideal; el problema es que por una parte del cuerpo (de la vida) muchos no dejan circular la sangre de Jesucristo, la fuerza transformadora de su Espíritu.

El problema es la enfermedad de la rutina y la instalación y el “dolce far niente” en la que viven no pocos cristianos y que les impide seguir de verdad a Cristo. Por eso Jesucristo es radical. Porque sabe que reservándonos estos espacios de nuestra vida, nunca le podremos seguir. Por eso Él, cada domingo, quiere que renovemos el memorial de su entrega total por nosotros. Para que nos animemos a darnos también nosotros, sin condiciones. Él no deja nunca de esperarlo.

Y la palabra clave de Cristo a pesar de nuestras debilidades es: Sígueme

Ser cristiano no es solo tener fe, sino irse haciendo creyente. Con frecuencia, entendemos la vida cristiana de una manera muy estática y no la vivimos como un proceso de crecimiento y seguimiento constante a Jesús.

Sin embargo, en realidad, se es cristiano cuando se está caminando tras las huellas del Maestro. Por eso, quizás deberíamos decir que nos llamamos cristianos, pero, que solo vamos siendo cristianos en la medida en que nos atrevemos a seguir a Jesús en el camino de la vida

Para no pocos, la vida cristiana se reduce más o menos a vivir una moral muy general que consiste sencillamente en «hacer el bien y evitar el mal». Eso es todo. No han entendido que el seguimiento a Jesús es algo mucho más profundo y vivo, y de exigencias más concretas. Se trata de irnos abriendo dócilmente al Espíritu de Jesús para vivir como Él vivió y pasar por donde Él pasó.

Por eso, el cristiano no sólo evita el mal, sino que lucha contra el mal y la injusticia como lo hizo Jesús, para eliminarlos y suprimirlos de entre los hombres. No sólo hace el bien, sino que lucha por un mundo mejor, adoptando la postura concreta de Jesús y tomando sus mismas opciones.

Lo cierto es que no basta buscar la voluntad de Dios de cualquier manera sino buscarla siguiendo muy de cerca las huellas de Jesús. La cuestión no está en si alguien busca a Dios, sino en si lo busca donde Él mismo dijo que está.

A veces pensamos que es difícil saber cuál es la voluntad de Dios en nuestra vida. Y sin embargo, sabemos muy bien cuál es el estilo de vida sencillo, austero, fraterno, cercano a los pobres, que debemos reproducir día a día siguiendo a Jesús.

Hay una cosa muy claro si queremos seguir a Jesús. «La voluntad de Dios es que le amemos, amando al hermano, solo así es posible amar a Dios y seguir a Cristo. Se trata del amor.

Ciertamente es arriesgado y exigente seguir a Jesús. No se puede servir a Dios y al dinero, no se puede echar mano al arado y volver la vista atrás, no se puede pretender seguirle desde un cómodo almohadón habiendo cumplido el precepto dominical, y después no dar la cara por Él.

No amigos, la verdadera alegría está en seguirle en el camino de la vida. Cuando el creyente se esfuerza por seguir a Jesús día a día, va experimentando de manera clara que sin ese “seguir a Jesús”, su vida es menos vida, más inerte, más vacía y más sin sentido.

Siempre recuerdo que Ignacio Ellacuría decía a una persona querida, una semana antes de su muerte, que era probable que no volviesen a verse. Y, sin embargo, no se quedó en España. Él y sus compañeros sabían que les estaba esperando probablemente la muerte e hicieron también su propia subida a Jerusalén. Como también saben que se están buscando la muerte tantos cristianos que viven hoy en puestos de avanzada y, sin embargo, siguen firmes en sus puestos.

Los que vivimos en situaciones más tranquilas, ¿no tenemos que preguntarnos también hoy por nuestra coherencia en el seguimiento de aquello en lo que creemos, aunque nos cueste dificultades, tensiones, luchas? Porque el seguimiento del camino y del estilo de vida de Jesús, es lo que constituye el ser cristianos.

No nos engañemos, Cristo nos lo ha dejado hoy muy claro, porque no quiere seguidores de mediocres, ambiguos, escondidos, cobardes, que pasan por el mundo sin que nadie se dé cuenta. Cristo quiere cristianos convencidos, valientes, que salgan a la calle y “hagan ruido” como dice el Papa Francisco.

 

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