Ecos del Evangelio

6 julio, 2018 / Carmelitas
DOMINGO XIV T.O. CICLO B 2018 (1)

 

La Palabra de Dios hoy  provoca escándalo

 

¿Por qué tanta resistencia a la Palabra de Dios? Las lecturas de hoy nos presentan la cruda realidad de muchos: la rebeldía ante la Palabra de Dios. Como ejemplo la frase de Dios a Ezequiel: “Yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día”. Dios, Cristo, ni tenía, ni tiene muchos motivos para sentirse halagado por la atención que le prestan muchos de su pueblo. Escuchan su palabra pero no la viven, no cambian de estilo de vida. Y esa es la pura verdad, y la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero.

 

Generalmente sus profetas fueron expulsados o muertos, y su mensaje cambiado por cualquier teoría que resultara más fácil y llevadera. Así surgió el viejo refrán que recuerda hoy Jesús: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.» Jesús probó la validez del refrán cuando tuvo la idea de ir a su pueblo, Nazaret, y se encontró con la envidia y el recelo de los suyos.

Si Dios permanentemente habla en la historia de su pueblo y de cada hombre, no es menos cierto que muchos encuentran la forma, (excusas) para no escucharlo. No me refiero a quienes sencillamente ignoran o cuestionan la existencia de Dios, sino de quienes, diciéndose creyentes, hacen oídos sordos a la llamada de Dios.

 

Podríamos descubrir, entre otros, los siguientes motivos:

 

1-La lucha interna del hombre En el hombre actúan dos fuerzas o voces interiores. Son como dos instintos: el de la vida y el amor, y el de la muerte y el egoísmo. Muchos son presa de esa fuerza misteriosa que les lleva precisamente a hacer lo contrario de lo deseado. Lo que estoy diciendo no se refiere solamente a cada individuo, sino que lo podemos aplicar a una familia, a una comunidad o a toda la Iglesia en general.

Por definición, la Iglesia es la comunidad de Dios, salvada por Cristo, depositaria de su Evangelio, pero ¡cómo le costó y le cuesta ser fiel al Evangelio; cómo claudicó y claudica una y mil veces; cómo vendió y vende no pocas veces a Cristo por un puñado de monedas o por una alianza política! ¡Y con qué facilidad se predica la pobreza desde los palacios y las poltronas de mármol; o se predica la sinceridad mientras se amordaza las conciencias con el miedo!

 

 

2-La resistencia de muchos a cambiar de vida. La Palabra de Dios se escucha para reformarse, para cambiar de estilo de vida .Porque si no es así ¿para que se escucha? Y justamente aquí pone su dedo en la llaga la Palabra de Dios, que es, por definición, una palabra que urge a la conversión. Si el hombre no tuviera nada que modificar, los profetas estarían fuera de lugar.

Pero desde el momento en que el profeta denuncia el pecado del hombre y de los pueblos, su tarea se vuelve difícil y antipática. Quitarlos de en medio con la cárcel o la muerte fue siempre un viejo recurso que aún no ha perdido vigencia. En algún momento de la vida, a todos nos puede resultar un poco antipática la Palabra de Dios: a veces suele ser dura, recta, intransigente; no cede ante el vicio, no afloja ante el poderoso; no se amilana ante las dificultades.

 

 

3-Muchos tienen miedo a la inseguridad. Si la Palabra de Dios urge a un cambio de vida, hay que abandonar cierta forma de pensar y de ser para comenzar de nuevo. Y eso suele dar miedo, pero ese miedo tiene consecuencias fatales para una comunidad por ejemplo: aferrados a lo que siempre se hizo, se resisten a todo intento de cambio, sin analizar, si el cambio responde o no a una forma más auténtica de vivir el Evangelio.

Por eso, siempre hubo resistencias a las reformas de la Iglesia, tanto por parte de los laicos como de los sacerdotes y obispos. Una vez que la gente se instala en sus esquemas endurecidos y, digámoslo de paso, cobijados y seguros bajo cierto régimen, e ideología, se les hace muy duro pensar que quizá sea necesario un cambio.

El hombre y también el creyente ama lo seguro… y la Palabra de Dios, tal como hizo con Abraham, suele invitarnos a caminar «hacia la tierra que yo te mostraré». La fe se cimienta y crece desde la confianza en el Dios que habla. Pero ahí está el problema del hombre, también el religioso: que no se fía del todo de la Palabra de Dios. Y eso es así, y hay que ser sinceros.

 

 

4-En el fondo lo que hay es miedo a encontrarse con uno mismo. Es el miedo a la verdad desnuda. No hace falta que a muchos les enseñen a mentir. Ante lo que les molesta y duele en el orgullo, recurren a sutiles formas para autoengañarse y engañar a los demás. Toda verdad duele y exige, sacude la pereza, aplasta el orgullo y pone al descubierto esa zona oscura en la que muchos se refugian para no ver la verdad.

 

No es extraño, por lo tanto, que el evangelio de hoy nos muestre, el triste espectáculo de los paisanos de Jesús que -sin motivo alguno serio- se resistieron sistemáticamente a su predicación. ¿Y cómo nos resistimos a la Palabra de Dios? Pues nos lo dice el evangelio.

 

 

Primero «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? Detrás de esas preguntas hay una realidad y es ésta: no estaban, ni están muchos, dispuestos a pensar que la palabra de Cristo, la de un hombre como nosotros, sea la de Dios. ¡Si Dios quiere hablarnos, que venga directamente y que se nos revele como a los profetas!

El orgullo humano choca contra la pobreza de Dios. Dios nunca habla con modos espectaculares, ni se vale de hombres muy sabios y famosos; sus mensajeros son siempre muy poco divinos a los ojos humanos. La Palabra de Dios: no puede acomodarse al esquema humano porque viene a denunciar precisamente como falsos los esquemas humanos. De ahí como decía Pablo, el desprecio y la indiferencia con la que muchos viven su fe.
Por eso no es difícil comprender la resistencia de los nazarenos y la de muchos que se dicen cristianos. Si llegaran a aceptar como Palabra de Dios esa palabra que llega por caminos tan humildes y sencillos, tendrían que renunciar a esa forma orgullosa de pensar y de obrar de muchos y a eso no están dispuestos.

 

Segundo «No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y sus hermanas no viven con nosotros aquí?» Estas preguntas burlonas se basan en el siguiente argumento: todo enviado de Dios viene del cielo, es distinto de nosotros y nadie puede conocer nada de sus familiares porque es de otro mundo. En cambio, de este Jesús conocemos todo, es como nosotros: nada especial hay en su familia ni en sus parientes… ¿Qué se cree, entonces éste?

En otras palabras: el mundo de los hombres está estructurado sobre la base de categorías sociales y de status. Se piensa que todo lo importante tiene que venir de alguien que está por encima de nosotros por su autoridad, su prestigio, su dinero, su poder, etc. Y si Dios está por encima de los hombres, ¿cómo comprender a este Dios que nace en un pesebre y muere en una cruz?

 

En la misma Iglesia nos parece lógico que Dios hable de arriba hacia abajo. Se acepta la palabra de un Concilio o de un Papa, pero ¿y si la Palabra de Dios se nos revelara a través de la gente sencilla, del testimonio de los pobres o de los que no duermen a la sombra de un templo?

 

Este fue el problema de los nazarenos y es el de muchos cristianos: Jesús no era escriba, ni jefe sacerdotal, ni teólogo, ni siquiera era sacerdote o levita.

Era ante los ojos de los ciudadanos, un profeta del pueblo, un hombre simple y vulgar. Por lógica, entonces, no podía ser el mensajero divino.

 

Es la ironía de la fe: Dios se resiste a quienes quieren un Dios majestuoso, lejano, rico, prepotente y politiquero. Ese es el Dios buscado por los hombres que quieren justificar sus procederes amparados por slogans religiosos. Y hasta las mismas religiones acaban por presentar así a Dios cuando sus representantes quieren justificar su poder y fastuosidad. Ese Dios es la tentación de la Iglesia en la que cae tantas veces. Y al parecer no aprende.

 

 

Concluyendo y llamando al pan, pan y al vino, vino…

 

La Palabra de Dios hoy nos llega a nosotros provocando escándalo. Cada uno quisiera una palabra que se acomodara a sus vicios, a su pereza, a su modo de ser. Quisiera una palabra inofensiva, llena de elocuencia, pero que no comprometiera a nada ni a nadie. Y Dios nos habla, sí, pero a su modo. Nos habla aquí… Sí, aquí, en esta comunidad. Pero la cuestión está, ¿en cuántos la escuchan?, es decir, ¿en cuantos la hacen vida en sus vidas? El evangelio no es solo para escucharlo, sino para vivirlo.

 

Como en aquella sinagoga de Nazaret, aquí cada domingo nos habla Jesús ¿Y cambia algo en los que lo escuchan? ¿O todo sigue igual como en aquellos paisanos de Jesús? Esa es la gran cuestión.

 

Muchos de los que se dicen cristianos continúan a lo suyo, fijándose en los apellidos, en la profesión, en el coche, en el dinero, en sus esquemas particulares. Y Jesús continua pasando desapercibido cuando se sale a la calle y se hace presente en un amigo, en un familiar, en un pobre, en la noticia de un diario, en la naturaleza.

 

Su palabra puede llegar de las formas más insólitas, por eso es fácil hacerse el sordo. Si muchos buscaran realmente la verdad desnuda, la encontrarían, porque la verdad no tiene autor, ni título, ni estuche especial. Hasta nos puede venir de un enemigo o de un ateo. ¡Si muchos fueran sinceros en buscarla, cuántas barreras caerían, cómo valorarían a los demás, cómo dejarían de condenar al que no piensa como ellos!

 

Amigos, no basta con parecer muy piadoso y parecer muy devoto. Sin estar dispuestos a dejar que la Palabra de Dios cambien el estilo de vida para testimoniar a Cristo, lo demás es puro teatro y caricatura de lo que significa ser cristiano.

 

Lo siento, pero va siendo hora de saber, comprender y poner en solfa lo que significa ser cristiano, y dejarse de tanto cumplimiento, pero sin repercusión en la vida.

 

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