Ecos del Evangelio

3 julio, 2021 / Carmelitas
DOMINGO XIV T.O. CICLO B 2021

 

Y continuamos, un domingo mas, reflexionando sobre la fe. En España (al igual que en otros tantos países) pensábamos que por el hecho de poseer el carné de conducir, ya lo teníamos indefinidamente para siempre y que, como mucho, una extralimitación o imprudencia, no iría más allá de una sanción. Pero a partir del 1 de julio de 2006, comenzó a regir el carné por puntos, y ya no vale todo. Quien la hace, no es que la pague, pero si que va restando en su cuenta puntos y puede llegar un momento en el cual no pueda circular.

 

 

En el inicio de nuestra vida cristiana, también se nos dio como un carné por el Bautismo. Y como cristianos también corremos el riesgo de pensar que, por el hecho de estar bautizados, y de que Dios sea bueno y misericordioso, tenemos derecho a todo. Y por tanto, pensamos que todo vale de cara a Dios, incluso saltarnos una y otra vez los mandamientos de Dios, y la vida cristiana. Y con ella, arrinconar lo más sagrado que Cristo nos mandó: la Eucaristía.

 

 

Pues sería bueno pensar que, en la gran carretera que son los años que vivimos, hay momentos en los que vamos restando puntos a nuestra vida ética, a nuestra conducta moral, a nuestro ser hijos de Dios, a nuestro compromiso con el mundo. Lo realizamos, unas veces, conscientemente y otras sin darle demasiada importancia. El mundo, entre otras cosas, nos ha habituado-y nosotros lo hemos aceptado- el alejar de nosotros el concepto de “culpa” o de “pecado”. Como si el “todo cuela” y el “todo vale” se constituyese en un factor-cloroformo para no vivir los valores evangélicos -y de paso-justificar nuestras infracciones a Dios y a los demás.

 

 

Y viene el evangelio de este domingo y, entre otras cosas, el Señor nos dice que el problema es que no hay fe: Fallo de fe en lo que hacemos. Ausencia de fe en lo que decimos. Falta de fe en lo que creemos y en Aquel en quien creemos.

 

 

Y viene la primera lectura y, ya que hablamos del carné por puntos, nos dice que hay todo un grupo de “conductores” tocados por la fe, pero que viven como si Dios no existiese; que hace un tiempo que lo han olvidado; que lo han sustituido por diminutos dioses del tres al cuarto; que conducen su vida (familia, profesión, conciencia, etc.) sin más criterio que lo que les apetece.

 

 

Y viene la segunda lectura y, nos recuerda San Pablo, que lejos de presumir de hacerlo todo bien, nos dice que hemos de ser conscientes de que hemos de presentarnos ante Dios intachables o por lo menos con la humildad de haber intentado ser sus hijos. Porque en aquel definitivo encuentro con Él, que se producirá tarde o temprano, no todo colará.

 

Ante la descristianización progresiva, tendríamos que preguntarnos si, tal vez nosotros estamos también colaborando con un “rechazo pasivo” a que el mensaje del Evangelio sea poco a poco silenciado. Y si somos sinceros, la vida cristiana de muchos, así lo confirma, guste o no guste. Aunque quizás, ni siquiera se ruboricen, los que aun siendo cristianos, ni celebran la fe, ni la viven y así, están colaborando en ese silenciar a Cristo.

 

 

¿Sirve de algo ser cristiano y no celebrarlo, vivirlo y manifestarlo? ¿Es lógico familias enteras bautizadas, en las que nunca se reza, no se bendice la mesa o no se asiste en familia a misa? Quienes están en esa dinámica, no saben el daño que se están haciendo y están haciendo a los que conviven con ellos.

 

 

Estamos demasiado acostumbrados a decir que “Jesús es Hijo de Dios”, a decir que “Jesús es amor”. Y es verdad, lo es. Lo malo es que, eso, no nos sorprende. Nos deja igual… por no decir indiferentes.

 

 

Confesar que Cristo es Hijo de Dios, nos debería incitar a vivir como hermanos (y no siempre lo hacemos). Nos debería incitar a instalar a Dios en el centro de nuestro pensamiento y acciones (y en cuántos momentos lo desterramos).

Confesar que Jesús es amor, implica el alejarnos de nuestros egoísmos (y en cambio, preferimos vivir con ellos).

 

Confesar que Jesús es amor, debería llevarnos a perdonarnos mutuamente (pero eso, nos resulta un agravio el hacerlo primero nosotros), etc. ¿No estaremos rechazando también nosotros, con nuestras actitudes, a ese Jesucristo que nos habla con su propia vida de lo que significa ser cristianos?

 

*¿Qué no está de moda el ser cristiano? ¿Qué ha perdido “puntos” el pertenecer a la Iglesia y defenderla? ¿Qué te señalan por el camino de la vida por ser miembro de…? ¿Qué te pueden criticar por ir contracorriente?

 

 

¿Y dónde está la fe, si no se da la cara por lo que se cree? *Es mejor salir de la tierra, con el marcador a “0” según los cánones que rigen en el mundo, y pensar que hay otro anotador, muy distinto y con otros parámetros en la eternidad, que es al fin y al cabo el que cuenta para llegar a la gran final: el encuentro con Dios.

 

 

¿Y dónde está la fe, si se pierde de vista, que la meta no es lo mundano? *No nos debe importar perder “ciertos puntos” en la sociedad que nos toca vivir, antes que perder aquellos otros que otorga el Señor, a los que creen en Él, esperan en Él y viven según Él.

 

 

¿Y dónde está la fe, si a Dios se le tiene arrinconado en el día a día? *Lo excepcional y extraordinario, es acoger la Buena Noticia. Dejarse llevar por ella. Modelar nuestra vida y la de la sociedad, con los colores que nos brinda el Evangelio.

 

 

¿Y dónde está la fe, esa que se dice tener, si resulta que no se proclama, porque ni se celebra ni se vive?

Amigos, al leer las lecturas de este domingo, vemos que –tanto Ezequiel, como Pablo, o como el mismo Cristo- pasaron lo suyo cuando intentaron despertar los corazones de los hombres. Sufrieron, fueron acosados o incomprendidos por esa insistencia o deseo profético de que los hombres volvieran los ojos a Dios. Y sin embargo lo tenían claro, porque se sentían profetas, igual que nosotros lo somos.

 

 

¿Y qué es un profeta?

Ser profeta, es alguien que no se fija en los frutos de su misión; no se acobarda o se echa atrás aunque aparentemente sus esfuerzos no se vean recompensados.

Ser profeta, es aquella persona que, además de vivir lo que predica, es terco en su propuesta: ¡Jesús vive! ¡Somos hermanos! ¡El cielo nos espera!

Ser profeta, es ir contracorriente. Es hablar alto y claro pero, sobre todo, es volver a colocar a Dios en su lugar, en aquellos lugares de donde ha sido apartado por variados intereses ideológicos o socioculturales.

 

 

Por tanto y para finalizar. ¡Cuidado con el carné que Dios te regaló para conducir tu vida desde la fe!¡Cuidado con el cuenta Km de tu vida!

 

Si vives de espaldas a Dios, tendrás el cuenta Km. a cero.

Si vives de vez en cuando con Dios tu cuenta Km irá a ralentí.

Si pretendes ser como Dios, tu cuenta Km. se volverá loco.

Si tu vida se reduce a lo material y tangible, tu cuenta Km. durará lo que respire tu vida.

Si quieres ser frío y calor a la vez, tu cuenta Km. se mareará.

Si anhelas el triunfo, tu cuenta Km. se acelerará, a tal punto que puedes sufrir un accidente.

Si crees en un más allá, el cuenta Km. de tu vida irá a ritmo constante.

Si crees en Jesús, el cuenta Km. de tu vida nunca te decepcionará.

Si esperas en Jesús, tu cuenta Km. desbordará de alegría y la fraternidad; de justicia y el perdón; de fe y la esperanza.

Si escuchas a Jesús, tu cuenta Km. será como la Palabra que ilumina.

Si acoges al Señor en tu vida, tu Km habrá he hecho su labor, el poder guiarte y llevarte a la salvación.

 

 

En fin. Que, si en tu vida, caminas con el código de circulación del Evangelio, ¡no lo dudes! Lejos de ser sancionado por Dios, encontrarás la fórmula para ser feliz y el premio de ver –cara a cara- al Señor.

Y, esto ¿no merece la pena conservarlo, cuidarlo y actualizarlo?

 

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