Ecos del Evangelio

8 agosto, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XIX T.O. CICLO A 2020

LA ESENCIA DE UN CREYENTE ES LA FIDELIDAD

 

 

¿Seguro que la fe que digo tener está de acorde con la que Cristo me pide, y que Él mismo nos enseña? Esta es la gran pregunta que cada uno se debe responder, si es sincero consigo mismo, tras la Palabra de Dios de hoy.
Casi todo el mundo busca seguridades temporales, y en el campo religioso, ídem de lo mismo. Pues hay que dejar claro, que cuando lo que empuja a alguien a Cristo es el deseo de seguridades temporales, entonces no está entendiendo lo que significa la fe, y se llevará mas pronto que tarde un desengaño, La esencia de un creyente no es la seguridad, como si fuera un paraguas, para no tener dificultades. La esencia de un creyente es la fidelidad.

 

Si creemos en Jesús Resucitado.

Si uno se toma en serio el Evangelio.

Si el Señor vive en nuestra vida y no es un fantasma, ¿por qué tanto miedo?, ¿por qué tantos cristianos derrotistas? ¿Y si no se tiene miedo cual es el motivo? Ah ya: la instalación, la comodidad, el aburguesamiento. ¿Y así, sin arriesgar nada por Cristo y por los demás, quiere ser creíble el cristianismo?
El evangelio no dice -en ningún lugar-, que la vida cristiana es un nadar en la tranquilidad y seguridad, en la instalación, ritos y siesta. La fe no ahorra a nadie las dificultades y los problemas, aunque ayuda al creyente a superarlos, y de la manera que muchos ni sospechan.

 

Un primer paso imprescindible para la verdadera fe, es la oración. Si os fijáis, Cristo en la oración descubre cuál es la voluntad de Dios y la fuerza para llevar a cabo la tarea que se le ha encomendando, pero no encuentra una especie de panacea y de seguridad ante las dificultades. No esperemos el triunfalismo, el poder, la instalación y la milagreria, como camino para seguir a Jesús. Porque nos equivocamos de plano.

 

El seguimiento de Cristo se basa en la oración silenciosa y humilde, en la vivencia de lo que creo y en el testimonio desinteresado, y sin eso no hay seguimiento de Cristo. Lo que habré logrado, es una fe hecha a la medida de mis intereses, utilizando a Cristo para mis intereses. Pero me habré equivocado de plano.

 

Elías, en su viaje de huida hacia el monte Horeb perseguido por las amenazas de la reina Jezabel, sintió miedo y se deseó la muerte. Al llegar al monte, se le anunció que iba a ver a Dios y se dispuso al encuentro. Y aquí es donde Dios le dio la lección. Pasó el huracán y allí no estaba Dios. Vino un terremoto, y allí no estaba Dios. Hubo fuego en la montaña, y allí no estaba Dios. Finalmente se levantó una suave brisa, y allí si estaba Dios.

 

Dios no se manifiesta necesariamente allí donde nosotros le suponemos o le queremos. Dios está lleno de sorpresas. Tiene su estilo de actuación. Por suerte, nunca lo podemos programar en nuestros ordenadores. Sus caminos, muchas veces, no son nuestros caminos.

 

Si Elías recibió una lección, otro tanto se puede decir de Pedro. Pedro sintió, al igual que los demás que estaban en la barca, verdadero pánico, hasta llegar a gritar del susto ante la agitación del lago y también ante la presencia inesperada de Jesús sobre las aguas en la oscuridad. Pedro, siempre decidido, y presuntuoso, se arriesgó, fiado en sus propias fuerzas, pero esa presunción y las dudas le llevaron a hundirse. ¡Ah!, pero su oración no pudo ser más breve ni más urgente: «Señor, sálvame». Así fue aprendiendo a no confiar demasiado en sus propias fuerzas, sino en Dios. La oración amigos, la oración, que no la retahíla.

 

 

Saquemos dos conclusiones muy válidas para nuestra fe.

 

 

1ª-Conclusión: A pesar de las apariencias, Jesús JAMÁS alimenta un espíritu religioso enfermizo que sólo busca lo maravilloso y milagrero, la vanidad y la vanagloria. El cristiano tiene que enfrentarse con las contingencias de la vida como los demás hombres, sin disponer de un Dios que le resuelva mágicamente los problemas. Como todos las demás personas, los cristianos, tenemos problemas para vivir, para convivir, para llevar adelante el matrimonio o la educación de los hijos.

 

La tormenta del lago es el símbolo de todas las duras circunstancias con que Jesús tuvo que enfrentarse para ser fiel a sí mismo: se enfrentó con la incomprensión de los apóstoles, con la persecución de sus enemigos, con el abandono del pueblo, con los dirigentes de su nación y religión.

 

Su fuerza residía en su misma pobreza interior. Jamás presumió de sí mismo, ni buscó el triunfo fácil. Era su sentido de servicio a los hombres, el que sostenía su voluntad inquebrantable. La oración para Él era la toma de conciencia para saber cual era voluntad del Padre y qué le pedía en cada momento. ¡Cuánto echo a faltar esto, en no pocos cristianos en general, y en la clase religiosa en particular, cuando ves luchas intestinas por relucir o por el cargo!

 

Me da pena ver vocaciones que sólo buscan el relucir, el estar en la palestra, el aparentar. Por delante una cosa y por detrás otra ¿A quién siguen me pregunto? ¿Dónde están esa pobreza interior, esa humildad y esa naturalidad que Cristo pidió a quien quisiera seguirle?

 

 

2ª-Conclusión: La fe del cristiano se mide en los momentos de prueba. El verdadero triunfo del cristiano, es el triunfo de la fe en un Dios que conduce la historia más allá de las apariencias. Y el cristiano triunfa cuando su conciencia no se doblega ante los peligros, ni ante las amenazas.

 

Si miramos la historia de la Iglesia, cuando triunfó el orgullo, la prepotencia, el dominio sobre los hombres, el avasallamiento de las conciencias…, en realidad la gran derrotada fue la Iglesia. Y ahí está historia para quien quiera comprobarlo.

 

Pero cuando permaneció fiel a su ideal de pobreza, de diálogo, de apertura, de comprensión…, entonces sí podemos hablar del triunfo de la fe. Cuando hizo de madre y no de juez, entonces fue lo que su fundador quiso que fuese.

 

Hay que luchar contra los enemigos de la fe con las armas del evangelio, pero luchemos primero de puertas adentro contra los que atentan contra los designios de Dios y los postulados del Evangelio, sean feligreses o clero, porque también desgraciadamente existe, entre estos últimos, los que atentan contra el Evangelio. ¿O no es atentar: estar pendiente de la poltrona, el boato, la apariencia, la vanagloria? Dios no es el abogado de causas caprichosas, ni el recetario que nos hace vivir en una balsa de aceite. Ni tampoco lo representan los que se toman el sacerdocio como un funcionariado, o un cargo para sobresalir.

 

Es la hora de ser honrados y volver al Evangelio, tal como lo predicó y lo vivió Cristo dentro de la historia, creando lugares de fe, es decir, de amor, es decir, de esperanza; porque ahí, sí está Dios a pesar de todas las tempestades.

 

El seguir a Cristo, comporta arriesgarse. Y el que no se arriesgue por Cristo, sin ninguna duda, perderá el tren de la autentica vida, y por supuesto el de la salvación. Al final de nuestros días, no se nos pedirán cuentas de los éxitos que hayamos cosechado, sino de los esfuerzos y el compromiso que hayamos puesto en la tarea que a cada uno el Señor nos ha encomendado.

 

¡Y eso, está más claro que el agua!

 

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