Ecos del Evangelio

11 agosto, 2018 / Carmelitas
DOMINGO XIX T.O. CICLO B 2018

“¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.

 

Se necesita pan para el difícil camino de la vida, pero no solo pan material, sino además y sobre todo, el pan que es Cristo, el pan celestial.

 

Por diversos motivos, seguro que un día u otro todos hemos experimentado el desánimo total, ese abatimiento al ver que nada podemos hacer, y también hemos exclamado: “¡Basta, Señor!” Quizá no nos hemos atrevido a decir como Elías: ¡”Quítame la vida…!”, porque, ya se sabe, nosotros somos muy civilizados y según qué cosas no se pueden decir.

 

Hay momentos en los que pensamos que ya hemos acabado el camino. El cansancio puede más que nuestras fuerzas. Quizá habíamos luchado, habíamos puesto de nuestra parte todo cuanto podíamos y más. Pero ahora se terminó. No tenemos ánimos para continuar y, por eso, nos justificamos diciendo que ya no podemos hacer nada más.

 

Es entonces cuando nos hace falta “el ángel del Señor” que nos ofrezca tantas veces cuantas sean necesarias el alimento básico, porque el camino es superior a nuestras fuerzas. Y eso que nos puede pasar a nosotros, también sucede a los demás. Y quizá tendríamos que se “ángeles del Señor” que, sin demasiados discursos y, sobre todo, sin querer hacer el camino que ellos deben andar, ofreciésemos al que lo necesita un pan cocido y un cántaro de agua, diciéndoles con toda sencillez: “¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.

 

Y ese alimento que nos hace falta a nosotros y que nosotros podemos ofrecer es Jesús, el pan vivo, el pan que da la vida, el pan que nos da fuerzas para poder continuar caminando toda la vida hacia la montaña de Dios.
-¿Jesús el pan vivo, el pan de la vida? ¿Pero no conocemos a su Padre y a su Madre? ¡Que escándalo! Ya lo fue para aquellos que discutían con Jesús.

 

¿Cómo puede ser un pan bajado del cielo un hombre de quien conocemos a su Padre y a su Madre? ¿Cómo puede ser que Dios se haga presente de una manera tan familiar? ¿Cómo puede ser que caminar hacia la montaña de Dios signifique encontrarse con los demás hombres? Provoque o no escándalo, la única manera de llegar a la plenitud, a la vida por siempre, es entrando en comunión con Cristo. Y eso para el que cree y para el que no cree.

 

Mientras no volvamos constantemente a Jesús, a su vida concreta, no se podrá decir de ninguna de las manera que hayamos escuchado su enseñanza y seamos seguidores suyos, porque habremos olvidado que la única manera de mostrar que creemos de verdad en Cristo es que vivimos como Jesús. Y volver a Jesús es volver a la vida, es caminar hacia la vida, la autentica vida.

 

Toda la enseñanza de Jesús conduce a la vida. Y todo lo que conduce a la vida conduce a Jesús. De aquí que podamos ir con compañeros de camino que no creen en Jesús pero que buscan constantemente la vida para todos. Y de aquí, también, que tengamos que rechazar todo lo que se dice y hace en nombre de Jesús pero que va paralizando y matando vida.

 

Y lo que nos conduce a la vida, nos lo describe S. Pablo en la 2ª lectura
“Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo”. ¡Qué fácil es decirlo! Ponerlo en práctica ya cuesta más. Pero sólo así iremos esparciendo vida; sólo así mostraremos que hemos encontrado y comido el pan de vida; sólo así nos podremos volver a levantar para continuar el camino; y sólo así podremos contagiar a los demás los ánimos y la fuerza necesaria para no desfallecer en la lucha, a veces dura, de la vida.

 

Cristo se entregó por nosotros, se dió Él mismo, dió su vida para que todos la tuviéramos en abundancia. Él, como Hijo amado de Dios, imitó a su Padre. Por eso dió la vida, porque amó como sólo el Padre ama.

 

Nosotros, que no siempre somos dignos de ser llamados hijos de Dios, acerquémonos una vez más con confianza a recibir este pan de vida que nos dará fuerzas para continuar, con sencillez pero con alegría, haciendo presente, hoy y aquí, la Vida de Jesús, la Vida de Dios.

 

Por eso hay que dejar de pasar de Dios. Y tenemos que comenzar por los cristianos, si, hay que decirlo con toda claridad. Cristo y la fe en Él no es un añadido a la vida, y desgraciadamente para muchos cristianos así es.

 

La incredulidad es una tentación siempre presente en nuestra vida y que empieza a echar raíces en nuestro corazón desde el momento mismo en que nos vamos organizando nuestra vida de espaldas a Dios y solo acudimos a Él cuando tenemos alguna necesidad.¡No amigos, hay que ser serios! Y, o lo tomamos, o lo dejamos.

 

Vivimos en una sociedad donde Dios no se lleva. Se ha quedado pequeño. Como algo poco importante que es fácil arrinconar en algún lugar muy secundario de nuestra vida. Lo más fácil hoy es vivir «pasando de Dios». Incluso, muchos que se dicen «creyentes» están perdiendo capacidad para escuchar a Dios. No es que Dios no hable ya en el fondo de las conciencias. Es que, llenos de ruido, avidez, posesiones y autosuficiencia, no saben ya percibir la presencia del «más callado de todos» a quien damos el nombre de Dios.

 

Quizá sea ésta una de las mayores tragedias del hombre contemporáneo. Estamos arrojando a Dios de nuestra conciencia. Rehusamos escuchar su llamada que nos busca. Intentamos ocultarnos a su mirada amistosa e inquietante. Preferimos «otros dioses» con quienes vivir con más tranquilidad.

 

Cuando los hombres perdemos esta capacidad de escuchar la invitación de Dios en el fondo de nuestra conciencia individual, corremos el riesgo de gritar colectivamente afirmaciones muy solemnes sobre el amor, la justicia, la solidaridad y honestidad, pero sin darles luego cada uno un contenido práctico en nuestras propias vidas.

 

Cuando no se escucha la llamada personal de Dios, es fácil escuchar los intereses egoístas de cada uno, las razones de la eficacia inmediata, el miedo a correr riesgos excesivos, la satisfacción de nuestros deseos por encima de todo.

 

No hemos de olvidar que los hombres vamos construyendo nuestra vida no tanto en los acontecimientos ruidosos sino, sobre todo, en esas horas calladas en que somos capaces de ser «dóciles» al Dios que habla desde nuestra conciencia.

 

Por eso os pregunto mirándoos a los ojos

-¿Es pan de primera, Cristo, en las mesas donde nos sentamos?

-¿Es pan de verdad, Cristo, en nuestras conversaciones?

-¿Es pan de justicia, Cristo, en nuestras obras?

-¿Es pan de silencio, Cristo, en nuestra oración?

-¿Es pan de misericordia, Cristo, en nuestra dedicación a los demás?

 

 

Sólo desde una convicción profunda de nuestra fe en Jesús, podremos llevar adelante nuestra misión de bautizados. Romper nuestros vínculos con Él, alejarnos de los sacramentos (que son gracia), y quedarse tan tranquilos, no hace sino ahondar nuestro desconocimiento de su persona y convertir nuestros actos en simples momentos de altruismo sin relevancia divina alguna y con un alto riesgo de cansancio.

 

 

No olvidemos que, el pan de la Eucaristía, nos fortalece y nos empuja a seguir nuestro camino hacia el Padre. Y si un cristiano no tiene claro que la Eucaristía es algo imprescindible, es nuestro viático para el camino, y la va dejando de lado, con pretextos y justificaciones, entonces apaga y vámonos.

 

Ser cristiano, y más en los tiempos en los que nos encontramos, conlleva una lucha sin cuartel. Un estar constantemente planteándonos si merece la pena o no ir de la mano de Jesús. ¿Lo más fácil? Soltarse de su mano. ¿Lo más meritorio? Perseverar en esa amistad. Jesús no nos da “gato por liebre”

 

Quiere seguidores de cuerpo entero y, a veces, hacemos de nuestra entrega a Jesús como hace el carnicero cuando sirve en su comercio: va diseccionando las diferentes partes y lo vende según el gusto y precio de sus clientes.

 

Nuestra fe, por qué no reconocerlo, también está atravesada por esa alta dosis de relativismo. La ambigüedad nos acompaña en muchos momentos y, cuando hay que dar la cara por Cristo, nos damos cuenta o de que no estamos preparados o de que no tenemos suficiente fuerza para hacerlo.

Y es que, cuando la cosa va en serio (“en tiempos recios amigos fuertes de Dios”) es cuando llegamos a comprender sí, nuestra fe, es ámbito exclusivamente privado y débil o si por el contrario está formada y bien dispuesta para ser un referente e interpelar al mundo que nos rodea.

 

Ha llegado la hora de tomarnos en serie la fe y el seguimiento de Cristo y dejar de lado, la rutina y la fe por tradición. Aquí que cada palo aguante su vela. Y que cada uno desde su conciencia se responda a si mismo. Pero lo que no se puede es continuar engañándose con una fe que no tiene relevancia para nada en la vida. O solo la tiene cuando hay algún acontecimiento social que celebrar. “Al pan pan, y al vino vino”

 

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