Ecos del Evangelio

14 octubre, 2016 / Carmelitas
DOMINGO XIX Tiempo Ordinario

DOMINGO XXIX T.O. CICLO C 2016 Amigos, la oración es tan importante que sin ella no existe cristiano que valga. Quien de verdad se da cuenta de que la oración es imprescindible, comprende una cosa esencial: y es que un cristiano, es un testigo de la propia debilidad pero fortalecido por la fe, y del poder de Dios que se manifiesta en la resurrección de Jesús. Quien no tenga esta experiencia, está abocado al fariseísmo o al paganismo. O se engríe en las propias obras olvidando la conversión del corazón, o se instala en ese agnosticismo tan de moda, valorando virtudes humanas y arrinconando la acción de Dios que perdona, anima y fortalece. Desde esa experiencia de debilidad -experiencia común aunque no se quiera reconocer- el hombre levanta cada día sus ojos a los montes en busca de ayuda: ¿De dónde me vendrá el auxilio? ¿Del talento? ¿De la psicología? ¿Del dinero? ¿Del cambio de estructuras sociales? ¿Del amigo prepotente? ¿Del mesías de turno? ¿De la experiencia? ¿De los libros de teología o de moral?… Y el creyente proclama: “El auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra. Como cada domingo la Escritura que es don de Dios, nos viene también hoy dispuesta a enseñar, reprender, corregir, ayudar. ¿Qué hace el pastor de la Iglesia que ve cómo su predicación y su acción pastoral parecen una batalla desigual ante tanta contra catequesis de los medios de comunicación? ¿Qué hace un cristiano comprometido con la tarea del Reino de Dios, frente a unas estructuras sociales más robustas que las murallas de Jericó? ¿Cómo reacciona un matrimonio de buena voluntad, cuando ve que la crisis arrastra a la pareja? ¿Y el cristiano corriente que ve en la lucha contra los siete pecados capitales mayor dificultad que la de Israel frente a las siete naciones?… Arrojar la toalla es una solución demasiado frecuente. ¡Cuántos ex-cristianos podríamos encontrar hoy, derrotados por la dificultad! Jesús nos enseña hoy la importancia de la oración en nuestra vida. En su parábola, el juez no tiene más remedio que conceder a la buena mujer la justicia que reivindica. No se trata de comparar a Dios con aquel juez, que Jesús describe como corrupto e impío, sino nuestra conducta con la de la viuda, para ver si nuestra oración de petición es constante y perseverante. Recordemos que la oración de petición no significa dejarlo todo en las manos de Dios. Moisés, aunque hoy aparezca orando con los brazos elevados, no es ciertamente una persona perezosa e instalada. Él era el gran líder y el conductor del pueblo y daba a la oración una importancia decisiva en su vida. Tampoco Jesús nos invita a la pereza, Recordad lo que nos dice con la parábola de los talentos, cómo hemos de trabajar para hacer fructificar los dones de Dios para bien de todos. Lo que quiere recordarnos hoy la Palabra de Dios es que la actitud de un cristiano debe ser claramente de apertura a Dios, y no de confianza en nuestras propias fuerzas. Cuando en la Oración Universal de la misa pedimos, por ejemplo, por la paz, no le estamos diciendo a Dios algo que no sabe o que tiene que hacer Él. Expresamos en su presencia las urgencias de la humanidad y con ello nos comprometemos a trabajar nosotros mismos en lo que le pedimos a Dios y según el estilo de Dios. Se trata de orar y con perseverancia.-¿Puede uno imaginarse un hijo y un padre sin hablar nunca entre sí? ¿Y unos enamorados que no hablasen o lo hiciesen sólo de vez en cuando? ¿Y unos amigos sumidos en un mutismo diario? Serían ciertamente especimenes rarísimos; muy poco humanos. ¡Pues haberlos ailos! Precisamente uno de los dones que el hombre aprecia más, porque le permite relacionarse directamente con los demás, es el de la palabra. A través de la palabra el hombre puede trasmitir al otro su amor o su odio, su respeto o su desdén, su confianza o su inquietud, su admiración o su desprecio. Es inimaginable un hombre que no hable con aquél que, de un modo u otro, ame. Y sin embargo, todavía en el cristianismo tienen que convencerse muchos de la necesidad de la oración cuando la oración es sólo y únicamente hablar con Dios como un amigo, con ese Dios al que decimos amar y seguir. Orar para el cristiano debería ser tan natural como lo es hablar para el hombre: porque debería ser natural la necesidad de ponerse en contacto con Dios para decirle que le amamos y que le necesitamos. Jesús insiste cerca de sus apóstoles en la necesidad de orar. Por algo será. Y hasta se toma el trabajo de enseñarles cómo hay que hacerlo y qué es lo que hay que decir cuando se dirijan al Padre. Y en momentos especialmente dolorosos y peligrosos para Él y los suyos les prevendrá de su posible deserción, advirtiéndoles que oren para no caer en la tentación. ¡Y es tan fácil caer en la tentación! No precisamente en una tentación, pudiéramos decir extraordinaria, sino en la tentación diaria de la indiferencia, de la apatía, de la vida acomodaticia y fácil, tan sencillamente de encontrar en el mundo que nos toca vivir. Jesús quiere que oremos por encima de cualquier sensación de fracaso en la oración. Quiere que oremos con la insistencia que acometemos lo que de verdad nos interesa en la tierra. La mujer viuda, indefensa, consiguió del juez que le atendiera y no porque se sintiera inclinado a hacerlo sino porque le venció la insistencia tenaz de la mujer. Y es que en las cosas humanas actuamos tenazmente, con insistencia. Con insistencia perseguimos el negocio y hablamos con quien sea necesario y cuantas veces haga falta para llegar hasta aquél que puede echarnos “una mano” en la empresa que acometemos. Con insistencia hablamos con el médico que pensamos puede curarnos, con la persona que creemos que puede querernos. Pues con esa insistencia quiere Jesús que oremos, es decir, que nos dirijamos a Dios para pedirle o simplemente para decirle que lo amamos. No hay duda de que muchos cristianos padecen una crisis de oración. Este hombre nuestro tan lleno de ruidos, de prisa, de orgullo, de competitividad, de grandes logros y de no menos grandes y ruidosos fracasos, se ha olvidado de que ahí, cerca de él y aun en la intimidad de su ser, Dios está esperando que le dedique unos minutos de su preciosa vida para decirle con absoluta sencillez lo que piensa, lo que teme, lo que desea, lo que padece y lo que goza. Porque eso es orar. La crisis que estamos padeciendo en la iglesia, en las parroquias, en los seminarios semivacíos, en la vida de muchos cristianos, en la felicidad y en la forma de vivir de muchos se debe en gran parte a que la oración es escasa, mediocre y débil. Y eso es tan claro como la formula del agua: H2O Muchos cristianos no saben marcar ni cómo conectar con ese número de la oración. Otros, hace tiempo que lo dieron de baja en su agenda telefónica. A otros, nadie se ha preocupado de hacerles sentir y ver el valor de una relación íntima y personal con Dios para que llegasen a conocer aquella experiencia que Santa Teresa de Jesús nos retrataba; “oración no es otra cosa sino tratar de amistad con quien sabemos que nos ama” Me gusta el final de aquella leyenda del centinela que se pasó toda una vida esperando la venida de Dios: Un día viéndose ya muy viejo y limitado, dejó salir de su corazón este grito: “me he pasado toda la vida esperando la visita de Dios y me voy a morir sin verle”. El centinela, estaba en la torre del castillo. En aquel mismo momento oyó una voz muy dulce a sus espaldas. “Pero es que no me conoces”. El centinela aún no veía a nadie. Estalló lleno de alegría, “qué bien que ya has llegado”. ¿Por qué me has hecho esperar tanto? ¿Por dónde has venido que yo no te he visto? Y nuevamente la voz aún más dulce que antes le dijo: “siempre he estado cerca de ti, a tu lado, más aún, siempre he estado dentro de ti. Has necesitado muchos años para darte cuenta, pero ahora ya lo sabes. Este es mi secreto, yo estoy siempre con los que me esperan y sólo los que me esperan pueden verme”. Qué triste sería si cuando de nuevo vuelva el Señor a la tierra, se encuentra el torreón de su iglesia con el centinela durmiendo. Pues aprendamos una cosa muy sencilla: que la evangelización se hace de rodillas”, es decir hay que ser personas de oración. Sin la relación constante con Dios la evangelización se convierte en función. El Santo Cura de Ars a un joven sacerdote que, aparentemente, no veía frutos pastorales en su vida pastoral le apostillaba: ¿no será que no rezas con fe? ¿No será que no lo haces frecuentemente? ¿No será que no lo haces con insistencia? Fe, frecuencia e insistencia son tres termómetros que ponen sobre la mesa la verdad y la profundidad de nuestra oración. La importancia de la oración la resumen muy bien J.M. Peman, cuando dice: Sepa yo mezclar de vez en cuando con el trabajo requiebros y jaculatorias breves, que lo perfumen de incienso. Ni el rezo estorba al trabajo, ni el trabajo estorba al rezo. Trenzando juncos y mimbres se puede labrar a un tiempo para la tierra un cestillo y un Rosario para el cielo.

 

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