Ecos del Evangelio

13 julio, 2019 / Carmelitas
Domingo XV del tiempo ordinario. Evangelio Lucas 10,25-37

 

«Vuelve al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma»

 

Comenzamos a nacer de nuevo cuando el Espíritu Santo nos regala los ojos para ver a los demás.  Papa francisco

 

 

En medio de los afanes del día a día, el bombardeo de información de los medios, las exclusivas naturalistas de la dura realidad que padecen muchos de los nuestros en cualquier lugar del mundo y los discursos vacíos que, pretenden esconder los efectos reales de la falta de honestidad y solidaridad, surgen dudas como ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna? ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Pero y quién es mi prójimo?

 

En el Evangelio de este domingo Jesús nos invita a descubrir a ese prójimo tirado en el camino de la vida, que en muchas ocasiones somos incapaces de reconocer. Aquellos a quienes les ha sido herida y arrebatada su dignidad y asaltados sus derechos.

 

“Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo”

El sacerdote y el levita caminan de prisa y sin tiempo, muy ocupados con los asuntos del templo, funcionarios diligentes que no dejan pasar ni una coma de lo que está establecido, pero sin ninguna disposición para levantar la vista y detenerse en medio del camino. La compasión de Dios no se puede expresar con solo un rodeo, es necesario acercarse, derrochar tiempo, curar las heridas, mirar con ternura y hacerse cargo de tu prójimo.

 

Nuestro ser cristiano no puede quedarse en el fiel cumplimiento de la burocracia, Dios quiere que nuestras manos estén liberadas para salir al encuentro, para sanar las heridas, levantar del camino y abrir segundas oportunidades. No podemos pasar de largo ante la desnudez de nuestros hermanos. Nuestro mundo frágil y de senderos inseguros necesita samaritanos dispuestos a bajar de su cabalgadura y ofrecer su aceite para calmar los golpes de la injusticia y la indiferencia.

 

“Pero un samaritano al verlo se le acercó y lo cuidó”

María, madre de ternura y compasión, que nuestra mirada sepa detenerse y reconocer a todos aquellos apaleados del camino. Que sepamos descubrir el sufrimiento de los más próximos y ser las entrañas misericordiosas de Dios que alivian el dolor y sanan desde la ternura.

 

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