Ecos del Evangelio

14 julio, 2018 / Carmelitas
DOMINGO XV T.O. CICLO B 2018

Jesús  nos envía a dar Testimonio

 

Las lecturas de hoy nos dan pie a hacernos dos grandes y esenciales preguntas: ¿Qué es ser cristiano? y ¿Cuál es el retrato robot del cristiano?

Puede parecer que después de 2000 años de cristianismo, estas preguntas sean inútiles, pero son por el contrario, mas necesarias que nunca hacérselas y con seriedad.

 

Mirad, el cristiano, el seguidor de Jesucristo, incluso antes de llamarse así, era aquél que, desde la fe en Jesucristo como Señor, tomaba un nuevo camino y se ponía en marcha para anunciar la Buena Noticia del Reino y para irla haciendo realidad. Dejar el antiguo camino (pecado, idolatría, judaísmo, etc.) para tomar con otros, el camino hacia el Reino del Padre.

 

Os propongo diez puntos, para quien quiera ser autentico seguidor de Cristo, porque de eso se trata:

 

1-Un cristiano es un elegido, un escogido de Dios, como lo fue el profeta Amós: “el Señor me sacó de junto al rebaño”; como lo fueron los apóstoles, llamados a seguirle, y tantos y tantos a lo largo de la historia. Y nos invita a ponernos en camino con Él, y como Él.

 

2- Por tanto somos escogidos para ser enviados y ser instrumentos suyos. El amor de predilección que Dios siente por Israel, y por el nuevo Israel, Jesús de Nazaret, y por los que creen en su Hijo, es un amor de confianza. “Me dijo: Yo te envío. Ve y profetiza a mi pueblo” o la autodefinición de Jesús: “Yo soy el enviado del Padre”, determina bien su personalidad a partir de una tarea.

Los que conocen a Jesucristo se convierten de esa manera, en sus portavoces (profetas) y en sus testigos. Tienen que dar cuenta no de sí mismos, sino del que les envía. Tienen que ser transparentes de Otro. No pueden quedarse quietos ni instalados allí donde están. No pueden esperar sentados cómodamente donde siempre, a la espera de que vengan. Jesús siempre va de camino, rutas nuevas, culturas diferentes, gentes que salen al paso.

 

3- Ser enviado de Cristo no es un camino de rosas, sino que resulta molesto. Con frecuencia el enviado lo es a pesar suyo. Y su mensaje a primera vista despierta curiosidad, pero pronto sacude a la gente de su letargo y acaba siendo incómodo. Interpela, porque denuncia, pide cambio y aporta novedad. Y encuentra resistencias.

 

4- Por eso a los auténticos profetas, muchas veces, se les da la espalda, son rechazados. “Vete, profetiza en otras tierras”. “Tal vez otro día te escucharemos”. Y puede que no sean bien recibidos, amenazados de muerte, encarcelados, apedreados o despeñados. Como Jesús: “Si a mí me han rechazado, también a vosotros os rechazarán”.

Con frecuencia el mensaje de Cristo, encuentra corazones cerrados, planes hechos, grupitos que creen saberlo todo, adaptaciones de conveniencia, resistencias al cambio exigido. “Si en un lugar no os reciben, marchad a otro… Sacudid el polvo de vuestra sandalia.” La verdad molesta y sin embargo la verdad nos hace libres. Y esa es la verdad que hay que predicar la del Evangelio, no la que el cura de turno se pueda haber inventado, para tener sus adeptos.

 

5- A pesar de todo hay que ser insistentes. El apóstol de Jesucristo no se echa atrás fácilmente. Persevera en la misión recibida, a pesar de la dificultad. La Buena Noticia ha de llegar a todas las gentes, y sus efectos se han de notar. Esa tarea pide temple, personas fuertes, convencidas, que no den pasos atrás. Siempre hacia adelante, con la verdad por delante, aun a riesgo de la propia vida. El Reino de Dios no quiere hacerse sitio a la fuerza, pero se impone por su propia fuerza. Dios llama insistente pero pacientemente.

 

6- Al enviado se le da una autoridad delegada. No se trata de un poder o de una autoridad al modo de este mundo: poder que avasalla o tiraniza, para someter e inculcar miedo a los feligreses. La autoridad que se le da al enviado es una autoridad de servicio y para el servicio de otros. Nunca para la propia gloria. Siempre como algo recibido para darlo.

Y aquí surge la constante tentación que por desgracia en no pocos enviados se hace realidad: convertirse en un mandamás, en el que corta el bacalao, ser una autoridad como la mundana que ejerce un poder despótico sobre los feligreses y los convierten en borreguitos sin derecho a rechistar. Y el Señor ya lo previno: “que no ocurra así entre vosotros”. Pues ni por esas, siento decirlo, pero quien así actúa, por muy obispo, sacerdote o religioso que sea es un anticristo. Espero que quede claro

 

7- La autoridad que se le da, es para expulsar demonios, es decir, para actuar contra las fuerzas del mal, para curar lo “incurable”. Y cada generación y cada tiempo tiene sus propios demonios, males y esclavitudes que parecen insalvables.

El enfermo, el endemoniado, es el que está condenado a la postración, a verse marginado y sentirse improductivo, inútil, sin sentido. La autoridad es para acoger, servir, cuidar, “perder” el tiempo con la gente que nadie escucha, que nadie atiende, para devolverles la dignidad.

No se trata pues, sólo de buenas palabras, sino que “ungían con aceite a los enfermos”. Algo que parece inútil pero es todo un detalle de calor, de atención, de esperanza. Tener palabra y manos suaves, como un padre y como una madre. Desde la fe en Jesucristo vencedor, llevar una palabra y un gesto de liberación que levante y resucite al vencido que vive como muerto.

 

8-Predicar la conversión. Anunciar el Evangelio sin trampa ni cartón, sin rebajarlo porque quizás moleste Porque seguir el evangelio supone una serie de cambios y de condiciones. “Arrepentíos, que el Reino de Dios está cerca”. “Acomodaos a la nueva mentalidad que pide el Camino de Jesucristo”. No se trata de predicar normas y requisitos, sino de ayudar a crear hombres nuevos con criterios y valores nuevos.

 

9- Vivir en pobreza. Significa ser una persona austera, sencilla y sin dobleces, ni apariencias. Confiando en la Providencia del Padre que envía, pero también en el amor fraterno que acoge y comparte. Compartir con los feligreses las alegrías y esperanzas pero también las fatigas y sufrimientos.

 

10- Dejase hospedar. Los distintos trabajos y funciones eclesiales no son ángeles quienes los ejercen, sino el enviado, el llamado por Cristo. Si le pedimos dedicación, hemos de cuidar que tengan techo y sustento y descanso digno. Vivir de su trabajo no es andar mendigando lo justo.

Este programa es el que propone Cristo y el que él vivió. No hay por qué restringirlo a unos pocos. Todos y cada uno estamos invitados a hacerlo nuestro. Y esto que es aplicable a cada seguidor de Cristo, lo es también y mucho más a la Iglesia en general. Porque la estructura se esta comiendo la esencia del mensaje de Cristo. Lo siento, pero que cada palo aguante su vela

 

*¿Cómo podría la Iglesia recuperar su prestigio social y ejercer de nuevo aquella influencia que tuvo en nuestra sociedad hace solamente algunos años? Sin confesarlo, quizás, en voz alta, son bastante los que añoran tiempos pasados. Y a las nuevas ornadas de vocaciones me remito.

 

*¿No hemos de luchar por recuperar otra vez esas plataformas perdidas que nos permitan hacer «una propaganda» religiosa y moral, eficaz, capaz de superar otras ideologías y corrientes de opinión que se van imponiendo entre nosotros?

 

*¿No hemos de desarrollar unas estructuras religiosas más fuertes, perfeccionar nuestros organismos pastorales y hacer de la Iglesia una «empresa más competitiva y rentable»?

 

 

¿Es ése el camino a seguir? Según el evangelio está claro que no.

Entonces ¿Qué evangelio están leyendo muchos y quieren inculcar?

 

Las palabras de Jesús, al enviar a sus discípulos sin pan ni alforja, sin dinero ni túnica de repuesto, insisten más bien en «caminar» pobremente, con libertad, ligereza y disponibilidad total. Lo importante no es un equipamiento que nos dé seguridad sino la fuerza misma del evangelio vivido con sinceridad, pues el evangelio penetra en la sociedad no tanto a través de medios eficaces de propaganda, sino a través de testigos que vivan fielmente el seguimiento a Jesucristo.

 

Necesitamos cristianos bien formados, pero a la par que sean testigos vivos del evangelio. Son necesarias en la Iglesia la organización y las estructuras, pero sólo para sostener la vida evangélica de los creyentes.

 

Porque de lo contrario llegamos a donde estamos, a una Iglesia cargada de excesivo equipaje, que se hace sedentaria y conservadora. Y a la larga procura abastecerse a sí misma, más que de caminar libremente en el evangelio.

 

Necesitamos una Iglesia más desguarnecida, más desprovista de privilegios y más empobrecida de poder socio-político; una Iglesia más libre y más capaz de ofrecer el evangelio en su verdadera pureza. Una Iglesia políticamente no correcta.

 

Seguiré predicando en desierto, pero no pararé de luchar por lo mismo que Cristo: por la Iglesia que surgió del cenáculo y que está arrinconada, sustituida por una Iglesia sumamente mundanizada y estructurada y por ello apartada de la voluntad de su fundador. He dicho…

 

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