Ecos del Evangelio

21 julio, 2018 / Carmelitas
Domingo XVI

Venid a un sitio tranquilo a descansar

 

Hoy, es un tiempo propicio para reflexionar en torno a estas palabras de Jesús.

En medio de nuestras innumerables actividades, reuniones, encuentros, trabajos de diversa índole, en los que nuestro día a día transcurre, lleno de inquietudes y preocupaciones sobre cómo realizar mejor nuestra misión, cómo solucionar determinadas situaciones de carácter apostólico o comunitario, etc., realmente es “refrescante” caer en la cuenta de que Jesús, el Señor a quien seguimos, cuida de nosotros. No se trata de un cuidado que se hace idea etérea, sino que, su actitud con los discípulos que regresan de la misión habla específicamente de un espacio y tiempo de descanso que Él mismo considera necesario.

 

Los discípulos han ido a la misión y han regresado felices de lo que han vivido, es posible que también traigan nuevas inquietudes que deben ser expuestas, compartidas y confrontadas. Jesús les procura un tiempo y un espacio para el descanso, para compartir experiencias, el Señor parece ávido de escucharles, de disfrutar de su presencia. ¿Dónde podemos descansar mejor los cristianos que junto al Maestro? Es un tiempo para intimar con el Señor.

 

Es posible entonces que los discípulos, después de su regreso comprendan la compasión que mueve a Jesús por aquellos que “están como ovejas sin pastor”, no por un sentido voluntarista del deber, si no por la infinita misericordia que embarga su corazón, que se alimenta de la relación con su Padre.

 

Y es este el punto vital: la actividad intensísima que llevaba Jesús está alimentada por la misericordia hacia todos los que le buscan, los que se encuentra en sus correrías por los pueblos, los que llama para que estén con ÉL, etc.

 

Nuestro tiempo de descanso, entonces, no nos aísla de la realidad, sino que, nos ha de revitalizar, para poder afrontar los nuevos retos que se nos presenten. Es momento de intercambiar estrategias con nuestro Amigo y de dejarnos inundar de sus mismos sentimientos, a fin de que nuestra vida ordinaria no tenga otro motor que el amor a Dios y a nuestros hermanos, especialmente a los más pequeños y vulnerables.

 

Una Hermana Carmelita de San José

 

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Carmelitas de San José

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