Ecos del Evangelio

18 julio, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XVI T.O CICLO A 2020

 

EL TRIGO Y LA CIZAÑA

 

 

La Palabra de Dios de éste y de los próximos domingos, continúa hablándonos de un tema central en Evangelio: el Reino de Dios. Hoy la parábola que nos habla del Reino, es la de la cizaña y el trigo.

 

¡Qué más quisiéramos una sociedad limpia y coherente! La realidad, mirémosla por donde la miremos, tiene sus contrastes y que contrastes:

 

 

-Paz y violencia.

-Verdad y mentira.

-Bienestar y diferencias sociales.

-Fe e idolatría.

 

Mientras el mundo sea mundo, nos tendremos que acostumbrar a nadar entre dos aguas: el bien y el mal.

 

 

Vivimos en un mundo de incomprensiones y rivalidades. Las diferencias de criterio se traducen, las más de las veces, en enfrentamientos personales. Quien no piensa como yo está en un error, y quien actúa de distinto modo, es un equivocado cuando no un malintencionado y naturalmente se le cuelga el san benito correspondiente. Y eso también dentro de la Iglesia y sus comunidades cristianas.

 

 

Se comulga con y a Jesucristo pero llenos de recelos y enfrentamientos constantes. Y entonces se pasa a las exclusiones, muertes afectivas, juicios condenatorios… entre quienes se llaman y quieren ser hijos de Dios y hermanos de todos los hombres. ¡Qué fácil es ser hijo de Dios sin compromiso con los demás! ¡Y qué fácil ser hermano de unos hombres lejanos y desconocidos!

 

 

Hoy la Palabra de Dios, toda ella, pero sobre todo el evangelio, es una gran lección contra todo puritanismo y toda intransigencia. Es la respuesta a unas preguntas que permanentemente debería hacerse todo cristiano:

 

¿Qué Iglesia quiere el Señor?

¿Qué Reino quiere que construyamos?

 

 

Pues la respuesta nos la da hoy la parábola del evangelio, y muy clarita, como siempre.

 

El Reino de Jesús se nos presenta en el Evangelio como una comunidad de justos y pecadores, como una gran familia de buenos y malos, como un gran campo de trigo mezclado con cizaña. Esa es la realidad que cada uno llevamos dentro. ¿Entonces por qué no se comprende que al incorporarnos a una parroquia lo hacemos con nuestras obras buenas y malas, con nuestros pecados y virtudes, con nuestra buena semilla y nuestra parte de cizaña? Pertenecemos a una Iglesia santa, de pecadores y eso debería alegrarnos.

 

 

El mensaje del Señor es claro: no somos nosotros quiénes para juzgar, ni para arrancar, ni condenar a nadie. Es el mismo mensaje que nos concretará san Pablo en la primera carta a los  Corintios: «No juzguéis nada antes de tiempo; esperad a que llegue el Señor. Él sacará a la luz lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los motivos del corazón. Entonces cada uno recibirá su calificación de Dios».

 

 

¿Por que pues personas que están puestas para servir, porque para eso fueron elegidas, las ves metidas a jueces dictando poco menos que condenas como si fueran semidioses? ¡Qué distinta postura la del Señor! ¡Qué distinta actitud nos pide, de la que habitualmente adoptamos los cristianos en general y no pocos lideres de comunidades en particular! ¿Pero qué evangelio leen?

 

 

Esta parábola, es una seria llamada de atención a todos, incluidos los que quieren hacer comunidades de puritanos, selectos.

 

 

Esta parábola del Señor, debería cuestionar a todos sobre los juicios duros, intransigencias, y exclusiones que son demasiados frecuentes por desgracia.

 

 

Esta parábola, es una llamada a la convivencia sin angelismos, a la aceptación del otro sin exigencias previas, a una vida comunitaria en la que, por encima de todo, sea Jesús el vínculo de comunión.

 

El ritmo, y los tiempos de Dios, son muy distintos a los nuestros. ¿Qué hay que hacer? ¿Hacia donde tirar? Para empezar hay que ser pacientes. Buenos pero no tontos. El mal, es como el aire, va a estar a nuestro alrededor mientras respiremos. Pero, al mal, se hace frente con dos escudos: el de la fe y el de la constancia y paciencia. Con el de la fe, porque sabemos que Dios sólo es perfecto y acudirá siempre al lado de aquellos que luchen en contra de todo lo que degrada a la humanidad. Con el escudo de la constancia, porque “Roma no se hizo en un día” dice el viejo proverbio. Y mientras esperamos la vuelta de Jesús de Nazaret, su definitivo retorno, a nosotros nos toca sembrar; depositar semillas de su Evangelio allá por donde pasemos.

 

 

No sé, si alguna vez, os habéis acercado a una panadería, pero a la trastienda. Normalmente nos acercarnos hasta ella simplemente para recoger el pan…pero ¡cuánto esfuerzo detrás de todo! El panadero, dentro de la masa pone una pequeña cantidad de levadura. Luego, pacientemente -en cámaras frigoríficas o a la intemperie y con una temperatura idónea- aguarda el momento en el que la masa esté lista para ser cocida en el horno. El panadero, lejos de desesperar, espera y confía en todo lo realizado. También nosotros, en medio de la gran masa que es el mundo, hemos de ser levadura.

Un cristiano no puede acostumbrase a ser salero, sino sal.

 

No puede pretender ser océano, sino gota de agua. No hace falta ser sol, sino rayos de luz. Y, esto, no es poesía. Es la vida misma: la vida cristiana. Una vida cristiana que nos dice que, con Dios, todo llegará a cumplirse. Y se cumplirá, no cuando nosotros queramos, sino cuando, Dios, el gran panadero, vea el momento oportuno de recoger toda la masa de la humanidad y distanciar, definitivamente, lo bueno de lo malo. Mientras tanto, ¡pues eso! A trabajar por Dios en donde haga falta y lo que haga falta.

 

 

«Por eso yo creo en la Santa Iglesia pecadora». Y, hago mía la definición de Orígenes cuando aplicaba a la Iglesia la frase del Cantar de los Cantares –«negra soy pero hermosa»–, y el gran teólogo Cabodevilla, nos decía la frase del revés.: «Soy hermosa, pero negra», es decir, manchada. Y yo añadiría: «hermosa me engendraron, pero desfigurada me criaron, e irreconocible me habéis vuelto». Si, entre todos, hemos ensuciado y afeado ese «rostro que fue regenerado y lavado por la sangre del Cordero inmaculado».

 

–« ¿Quieres que arranquemos la cizaña?»– le dijeron los labradores–. Y el Señor contestó: NO. Pues porque tendremos que «convivir con ella».–¿De qué manera? San Francisco de Asís dio una fórmula pequeñita y eficaz. Para trabajarla cada día:

 

«Donde haya odio, que yo ponga amor. Donde haya ofensa, que yo ponga perdón. Donde haya discordia, que yo ponga unión. Donde haya tinieblas, que yo ponga luz. Donde haya tristeza, que yo ponga alegría».Si, poner el mundo del revés, eso es el evangelio, lo siento.

 

El evangelio para el que lo quiera entender no tiene ni trampa ni cartón, aunque a veces se le quiera convertir en cartón piedra.

 

 

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