Ecos del Evangelio

21 julio, 2018 / Carmelitas
DOMINGO XVI T.O. CICLO B 2018 (1)

 

Jesús, se puso a enseñarles con calma.

 

 

Y Jesús, al ver que estaban «como ovejas sin pastor», se olvida del descanso prometido a los apóstoles y se puso a enseñarles con calma. Jesús se olvida de sí mismo y del cansancio de los suyos y sólo piensa en esa multitud que espera algo de Él. Una multitud que caminaba, pero sin rumbo, sin una palabra orientadora, sin pastores que se les pusieran al lado para acompañarles. Panorama muy parecido y nada sencillo el que tenemos también hoy día .No solamente los cristianos constatamos que somos una minoría, sino que la calidad de muchos pastores y cristianos deja mucho que desear. Veamos…

 

1- No hace falta ser muy espabilado para ver que muchos cristianos se han encerrado, o los han encerrado en unos esquemas, ideologías y grupos que uno no sabe que evangelio están leyendo y enseñando, porque el que Cristo nos ha dejado, muy poco se parece al que viven y trasmiten.

 

2- También, no pocos pastores se han encerrado en los esquemas mentales que les han ido inculcando y se contentan con repetir fórmulas o recetas moralizantes o leyes sobre el culto, cuando el pueblo reclama la Palabra viva de Dios, una respuesta clara y firme a sus interrogantes y problemas. La gente busca quien la defienda; quien alivie el peso con que se le ha oprimido; quien le hable claro y le enseñe a madurar en el camino de la fe. Y parece que esto que es lo que Cristo hizo pues aun no esta claro.

 

3- El cristianismo está acosado, perseguido y difamado. Y ante esto, la respuesta de mucho clero y cristiano es recular y callar. ¿A que esperan a que escampe? ¿Así se lleva el mensaje de Cristo hacia delante? Como entonces, lo que el pueblo necesita también ahora es compasión, alguien que esté a su lado, los escuche y los oriente en estos momentos difíciles.
He dicho compasión y no lástima: se confunde la compasión con la lástima.

Una cosa es sentir lástima por el que sufre, y darle una palmadita y decirle lo siento. La otra, la auténtica compasión evangélica, es sentir y sufrir con el otro; es hacer propios los sufrimientos de los demás. No es compadecer «a» los demás, sino “padecer-con”, «sentir-con-los-otros». Jesús, el Buen Pastor, llevó esta su actitud de sufrir-con-el-otro hasta el extremo: da su vida por las ovejas, muere por ellas, en lugar de ellas y para ellas.

 

El evangelio de hoy nos muestra a Jesús en dos gestos de genuina y auténtica compasión:

1- Con los apóstoles, invitándolos a un justo descanso;

2- Con el pueblo hambriento, alimentándolo con su palabra y después con pan y peces, como veremos en los próximos domingos.

Ahora podemos hacer un primer alto en nuestra reflexión para cerrar los ojos por un instante y pensar, ver y sentir a mucha gente que sufre, que lucha por sus justas reivindicaciones, que camina, se ilusiona y se frustra, o que está dispersa como un rebaño sin pastor.

¿Nos sentimos parte de ese pueblo?

¿Dónde termina lo que llamamos «nuestra» comunidad?

¿Qué significa para nosotros, cristianos que estamos en misa, vivir hoy y aquí, en este pueblo, en esta comunidad?

¿Qué estamos dispuestos a sacrificar por las personas necesitadas?

¿No hay gente demasiado descansada y es hora ya de comiencen a poner su cristianismo en solfa, es decir a trabajar?

 

 

 

El texto de Pablo de la Carta a los Efesios nos aporta mucha luz para descubrir esta misión cristiana en un mundo hambriento de verdad.
También Pablo tiene ante sí el mapa del mundo de su época, y lo ve dividido entre dos pueblos de concepciones diametralmente opuestas: judíos y paganos. Esta división estaba representada en el mismo templo de Jerusalén por un muro que separaba el atrio de los gentiles del atrio de los judíos. Ambos pueblos se sentían mutuamente lejanos y separados por un muro infranqueable: la raza y el culto. Y no solamente no estaban unidos, sino que legalmente la unión les estaba prohibida.

 

La Ley con sus mandamientos y sus prescripciones señalaba la superioridad religiosa de los judíos y la inaccesibilidad del templo de Dios para los paganos. Y cuando el cristianismo se fue extendiendo por obra de los apóstoles, el muro seguía levantado. A los paganos se les exigía la circuncisión para ser bautizados.

 

Fue entonces cuando Cristo eligió a Pablo como apóstol de los paganos y como procurador de la total igualdad en Cristo. El argumento de Pablo es el siguiente: por la sangre de Cristo ha sido destruido y abolido el muro y la ley de la separación. Jesucristo ha creado al hombre nuevo que ya no se rige por los criterios raciales, sociales o cultuales. ¡Y se acabaron las tonterías! ¡Digo que si se acabaron! Pero parece que vuelve a reverdecer esa cizaña y además alentada por parte del clero. Otra vez volvemos a los esquemas y a la comedura de coco. ¡Es que no se enteran!

 

Cuando Jesús muere en la cruz, asume en sí mismo a toda la humanidad, sin distinción alguna. Porque nadie mereció su salvación, ya que todos son pecadores por igual, por eso todos tienen ahora el mismo privilegio de sentirse el único pueblo de Dios, el Cuerpo de Cristo. Y concluye Pablo: Por lo tanto, ahora todos sin distinción alguna «podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.

 

Haber si por favor queda claro: Ver a la humanidad según el prisma de la raza o del sexo, o de la cultura, o de la religión, o de la lengua, es obrar según el hombre viejo, el primer Adán. Es traicionar el evangelio.

 

El hombre viejo es el hombre de las divisiones, el hombre de Babel, de la lucha por el predominio mundial. Y Cristo muere en la cruz por ese hombre; muere precisamente en manos de quienes habían abandonado a las ovejas y se habían constituido en dueños absolutos de vidas y conciencias. ¡Y mira por donde todavía no hemos aprendido- y como decía-se vuelve a las andadas!

 

Cristo es la víctima del hombre viejo; pero es también su tumba. El Cristo de la fe es el Hombre-Nuevo, creado por el amor de Dios, que asume al hombre como tal, al hombre a secas sin apelativo alguno; que respeta y valora a todos los hombres y a cada hombre. Cada hombre desde la cruz es el cuerpo de Cristo cualquiera que sea su cultura, su raza, su color o su religión.

 

Comprendamos bien esto: Llamarse cristiano y seguir sosteniendo la discriminación racial, social, lingüística política, religiosa o sexual, es sencillamente traicionar el evangelio.

 

Si Cristo ha creado un hombre nuevo, si ha hecho algo nuevo y distinto con la humanidad, si -como dice Pablo- ha restablecido la paz, reconciliando a todos en un solo cuerpo, destruyendo toda enemistad en su persona; si vino para anunciar la paz a los que estaban lejos y a los que estaban cerca; si todos tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu…; si todo esto tiene algún valor y no son meras palabras, entonces el respetar y el valorar a todos los hombres por igual es un elemento esencial de la fe cristiana. Esto habría que repetirlo en muchos foros y en muchas instituciones haber si se enteran de una vez.

 

 
Es posible que todavía no se haya comprendido el concepto de Iglesia que nos presenta Pablo, y que ciertas instituciones e institutos se hayan convertido más bien en una secta, que no en una «Ecclesia», es decir, en una comunidad de todos los llamados por el Padre. Y cuando digo: todos los llamados, digo “todos”, porque en Cristo toda la humanidad ha sido llamada y convocada como cuerpo del Señor.

 

El espíritu sectario hace que muchos miren con recelo a los no cristianos. El espíritu sectario hace que muchos se encierren en una manera de pensar, como si fuese la única verdadera, sin querer ver al Espíritu, que sopla donde quiere. El espíritu sectario hace a muchos sentirse mejores que los otros, superiores a los demás; o creerse los dueños de Dios, de Cristo y de su palabra. Pues miren ustedes, estos son los anticristos de los que habla San Juan.

 

El deseo desde siempre de Dios, fue y es, una humanidad unida, reconciliada para que viva en paz y en justicia. Y Cristo es ese pastor anunciado por Jeremías, que ejercería el derecho y la justicia en la tierra. ¡No dediquemos tanto tiempo a filosofar, a fórmulas, a preguntas inútiles y a tonterías!
Cristo ha venido a crear el hombre nuevo. Nuevo no por el color de la piel o por la juventud de la carne, sino por el espíritu de la reconciliación, de la paz, de la unidad y del respeto.

 

Nuestra especialidad debe ser la del esfuerzo constante y denodado por derribar los muros, por acortar las distancias, por acabar con las distinciones y las desigualdades. Nuestra especialidad, tal como enseña Pablo, es el anuncio de la buena nueva de la Paz. Esto es lo que nos debe hacer distintos de los demás: el no sentirnos superiores a nadie.
Hay veces en que la Palabra de Dios nos sacude para que espabilemos y hoy es el caso. Quizá hoy sintamos esa sensación…

 

¿Qué sucedería si los cristianos nos comprometiéramos en serio por este Hombre Nuevo que Cristo crea con todos los pueblos del mundo? ¿Qué sucedería en nuestra comunidad si nos centráramos en este Hombre Nuevo: Cristo y empezáramos a derribar los muros de las divisiones , los recelos , las envidias y los grupitos.

 

Por lo menos, mientras yo esté aquí os aseguro que no admitiré ningún muro, distinción y privilegio. Ni tampoco permitiré que nadie encierre a nadie en esquemas que los enjaulen y les priven de la libertad. Porque eso no es evangelio. Espero haberme explicado

 

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