Ecos del Evangelio

25 julio, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XVII T.O. CICLO A 2020

 

La gran pregunta que nos plantea hoy, el evangelio a cada uno, y que es bueno que no tardemos en contestar, sobre todo para no perder el tiempo, es la siguiente. ¿Para ti que me escuchas- nos dice Cristo- es un tesoro la fe? A veces ¿No os parece que la fe es una bonita canción, con letra antigua, que no pocos se han aprendido de memoria y que por lo tanto no les dice nada nuevo?

 

La fe o es un tesoro, o es una hojalata con mucho ruido y pocas nueces. Siempre es bueno recordar aquella famosa parábola del hijo con su padre; ¿Qué oyes al fondo hijo mío? Escucho que viene un carro, padre. Sí, hijo; y además viene vacío. ¿Cómo sabes padre que, el carro, viene vacío y no cargado? Porque a los carros les ocurre lo que a muchas personas: hacen mucho ruido cuando están sin contenido.

 

La fe, amigos, nos tiene que llenar. Y, cuando digo llenar, significa que la fe es lo más grande que tenemos en nuestra vida. Resulta un poco esperpéntico cuando, a diversos artistas, cantantes, pintores, famosos en general, les preguntan sobre su vida. Todos responden con facilidad y prontitud sobre el último libro que leen, sobre sus gustos, familia, aficiones…, pero qué raro es leer que alguno afirme: no entiendo mi vida profesional sin Cristo.

 

¿Sabéis? Dios no me deja nunca de sorprender.

Hoy nos presenta a su Hijo Jesús como vendedor callejero:

«Señoras y señores, un momento por favor, nos dice. Hoy es vuestra oportunidad. Tengo para vosotros, nos dice, una ocasión única: una perla y un tesoro. ¡No desaprovechéis la ocasión! Os voy a contar la historia de dos hombres que encontraron, uno tesoro en un campo y el otro una perla de gran valor .Y los dos, VENDIERON lo que tenían, para comprar el tesoro y la perla.

 

¿A que venta me refiero? Eso, cada uno de vosotros, sabe lo que tiene que vender para encontrarse de verdad con Cristo cara a cara. Sí, conocerle por experiencia y no de oídas. No puedo responder por vosotros lo que tenéis que vender. Muy bien lo sabéis. La cuestión está ¿en porque no se da el paso?

 

Si miráis un poco vuestra vida en este momento, veréis qué es lo que os impide comprar la perla y el tesoro, para de verdad descubrir lo más maravilloso de la vida. Sí, digo bien, lo mas maravilloso, no estoy exagerando lo mas mínimo.

 

«Venderlo todo» si quiero comprar la vida. Entendamos bien lo que significa: es, renunciar a lo que me impide elegir a Jesús. Por tanto, tengo que vender mis seguridades, mis egoísmos, mis suficiencias, mis perezas, mis orgullos, mis comodidades, mis apariencias, mis dobleces, etc.

 

Cada vez que aparecen estas parábolas, quizás sentimos el impulso de decirnos a nosotros mismos: Sí, voy a empezar, lo se, tengo que empezar.

 

Pero, desgraciadamente esa es la cantinela continua… Y entonces procuramos justificarnos pensando: ¡Bueno, no voy a ponerme a jugar a san Francisco de Asís!

 

Efectivamente, la renuncia para adquirir la perla puede llegar a las formas extremas que tuvo en san Francisco. Pero, el evangelio es para todos. Jesús no predica solamente a unos cuantos profetas espectaculares de la renuncia, ni predica tampoco un sueño. Su «venderlo todo» es difícil, pero debe ser posible para cualquier persona en cualquier situación. Es imposible seguir a Jesús instalados en el confort, en las apariencias, y en las «excusitis» para cada ocasión, ante las exigencias de Cristo ¡Y lo sabemos muy bien!

 

En estas dos parábolas, hay un inciso que nos dice hasta qué punto escoger a Jesús es una formidable ocasión que hay que aprovechar aunque nos cueste mucho: «Es su alegría». Locos de alegría, los que encontraron el tesoro y la perla, van a venderlo todo.

 

Hay que darse prisa amigos en salir al encuentro del tesoro porque urge recuperar el tiempo perdido. Y cuando digo darse prisa, es darse prisa, literalmente. Porque a lo mejor estamos al día en cuanto a los ritos, pero aun no conocemos a Jesús. ¿Por qué no nos pararnos a pensar un momento sobre cuál es nuestro valor fundamental? ¿Sobre cuál es el dios en torno al cual hemos construido nuestra existencia, y rectificar si es preciso? ¿Cuál es el miedo que nos invade?

 

¿De verdad , aun no confiamos del todo en Cristo?
Detengámonos a meditar y saborear despacio lo que con tanta ligereza e inconsciencia confiesan nuestros labios.
No nos quedemos en fórmulas externas aprendidas de memoria, ni en cumplimiento de ritos.
Ahondemos en nuestras vivencias.
Descubramos las raíces más profundas de nuestra fe.
Abrámonos con paz a Dios y tengamos el coraje de abandonarnos a Él.

 

Entonces, quizás por vez primera y sin que nos lo digan otros desde fuera, descubriremos cómo Dios puede ser fuente de vida y gozo arrollador.

 

Entonces sabremos que la renuncia y el desprendimiento no son un medio para encontrarnos con Dios, sino la consecuencia de un hallazgo: un tesoro por el que ha valido la pena cambiar la manera de ser y existir.

 

Las mascaras, las apariencias, y los solo cumplimientos, llevan a lo que llevan. A que la gente que anda por la vida así, den autentica pena, aunque ellos ni se den cuenta.

 

San Agustín, desde la experiencia de sus desengaños, ha expresado como nadie la alegría de encontrar la Perla: « ¡Tarde te amé, hermosura, tan antigua y tan nueva, tarde te amé!”. Y yo añado: más vale tarde que nunca.

 

 

¿Y por donde comenzar, para encontrar el tesoro de Cristo?

Por el silencio, que tanto hiere, porque tanto nos dice y por eso le tenemos miedo.

Por la humildad, donde la pequeñez tanto nos asusta.

Por la sinceridad, que nos convierte en diana de tantos dardos.

Por la verdadera fe, que es la llave para poder amarle y descubrirle.

Por la sencillez, para no convertirme en algo vulgar y solitario.

Por el amor, que es bono seguro que cotiza en el cielo.

 

 

Así que, a trabajar se ha dicho, porque cuando encontremos de verdad a Cristo, mas allá de los ritos, las normas, y las apariencias, habrá sido el hallazgo mas importante de nuestra vida. Pero sin ninguna duda.

¡No perdamos el tiempo, que la vida pasa y no retorna! AMEN.

 

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