Ecos del Evangelio

27 julio, 2018 / Carmelitas
DOMINGO XVII T.O. CICLO B 2018 (1)

 

Un signo de Jesús para que aprendamos a compartir

 

 

-Reporta más felicidad dar que recibir, pero siempre que se dé, no de lo que nos sobra, si no de lo que necesitamos. Este podría ser el resumen de la Palabra de Dios de hoy.

 

Tanto el criado de Eliseo como el propio Felipe ante Jesús, se muestran muy realistas, tocan de pies en el suelo: con tan poco pan no hay suficiente para tanta gente… Y, claro, funcionando con este realismo, la solución que se impone es contundente: ¡si no hay ni para empezar, mejor ya ni preocuparse!

 

En cambio la lógica de Eliseo y la de Jesús es otra: da de lo que tengas y necesitas, habrá suficiente para todos y aún sobrará. Pero nos cuesta mucho razonar así, se nos hace muy difícil pensar como piensa Dios. Nosotros estamos más acostumbrados al intercambio: doy para que me den.

 

¡Menos mal que siempre hay alguien dispuesto a ofrecer lo que es un bien suyo!: aquel hombre que fue a llevar veinte panes de cebada a Eliseo, o aquel muchacho que dio los cinco panes y los dos peces que tenía. Entonces, sólo hace falta alguien como Eliseo o como Jesús que hagan llegar aquel pan a todos. No con la ayuda de trucos de magia, sino confiando en la lógica de Dios, según la cual la única manera de conseguir que todos abran el corazón y sean capaces de compartir es que haya alguien lo suficientemente arriesgado que empiece.

 

Mientras las personan den las sobras de lo que tienen, nunca conseguiremos que haya para todos.

Mientras no nos eduquen para compartir, como mucho, se llegará a tranquilizar con engaño la conciencia, pero continuará faltando el pan para muchos. Y lo que vale para los bienes materiales, también lo podemos decir de las aptitudes y cualidades intelectuales y espirituales.

 

Demasiado a menudo muchos se amparan en expresiones como las siguientes: “pobre de mí, si soy tan poca cosa….”; “eso tiene que hacerlo gente preparada y no como yo”, y otras parecidas, para ahorrarse el perder la tranquilidad del ir haciendo. Y así, se olvida que todos podemos aportar en bien del conjunto, cosas que, tarde o temprano, se encontrarán a faltar.

 

¿Cómo resolver el problema de la subsistencia de hombres y pueblos enfrentados a una situación de escasez y falta de bienes necesarios para una vida digna? El relato evangélico propone la  solución  para quien quiera verla, o lo que es lo mismo, para quien quiera de verdad ser seguidor de Cristo.

 

La solución no está solo en el dinero. Los hombres y mujeres sumidos en la necesidad no pueden «comprar pan». Por otra parte, «comprar pan» significa que hay hombres y pueblos que disponen de alimentos en abundancia, pero que no los ceden si no es imponiendo un precio y unas condiciones que aumentan su poder sobre los necesitados.

 

La solución  de Jesús es  orientar a sus discípulos hacia una solución distinta que no cree nuevas dependencias de opresión y explotación.

 

Una solución enormemente sencilla es compartir con los necesitados lo que tenemos cada uno, aunque sea tan poco y desproporcionado con la magnitud del problema, como los cinco panes y el par de peces de aquel muchacho.

 

Pero no hemos de olvidar algo que el relato quiere subrayar: Jesús, antes de comenzar a repartirlos, pronuncia la acción de gracias al Padre. Es decir, sólo cuando reconocemos que nuestros bienes son regalo del Padre a la humanidad, podemos ponerlos al servicio de los hermanos. O dicho de otro modo: no es posible reconocer sinceramente a Dios como Padre de los hombres y fuente de todos nuestros bienes y seguir acaparándolos egoístamente, desentendiéndose de los pueblos hambrientos y de las personas sumidas en la miseria material o espiritual.

 

 

Los bienes de la tierra no han de servir para acrecentar la discordia y mutua explotación sino para crear mayor fraternidad y comunión. La vida no se nos ha dado para acaparar dinero, ni para marginar a nadie porque no piensa como yo, sino para hacernos hermanos. La vida consiste en aprender a convivir y a colaborar en la larga marcha de los hombres hacia la fraternidad.

 

 

-Después de todo lo dicho, hay que preguntarse cómo seguimos a Cristo.

 

 

En primer lugar, se nos habla de una multitud que sigue a Cristo. PERO QUE LE SIGUE “PORQUE HABÍAN VISTO LOS SIGNOS QUE HACIA”. Y este primer aspecto de la narración nos plantea una cuestión, y es ¿por qué seguimos a Cristo? o ¿como debemos seguir a Cristo?

 

Y la respuesta que nos da el evangelio es clara: hay que seguir a Cristo para emprender su mismo camino; no porque que hace milagros o se acude a Él como una receta mágica para nuestros problemas. Quien no está dispuesto a salir de sí mismo y dejarse cautivar por el seguimiento de Jesucristo, no tiene nada que hacer. El hombre seguro, el hombre que cree sabérselo todo, el que no tiene hambre y sed de más vida, es decir, (de más verdad y de más amor), no puede captar nada de la Palabra de Jesucristo. Es sordo, ciego y manipulador.

 

Por tanto, no cualquier seguimiento de Cristo es valido y verdadero.: Si no se está dispuesto a escuchar su palabra que nos propone un nuevo estilo de vida y hacer nuestro ese estilo, entonces estamos perdiendo el tiempo y lo que es mas importante, la vida. ¿Estamos dispuestos a emprender el camino de seguir a Jesucristo? ¿Nuestro seguimiento es auténtico? Por ejemplo (y es un ejemplo fundamental): ¿Qué venimos a buscar en la misa?¿Solo por el cumplimento dominical?

 

En segundo lugar, hemos de subrayar que EL SIGNO DE JESUCRISTO ALIMENTANDO abundantemente a la multitud que le seguía ES FUNDAMENTALMENTE UN COMPARTIR lo que se tiene, aunque lo que se tenga parezca muy poca cosa.

 

Es lo que hemos leído en la 1ª lectura y en el Evangelio: aunque nos parezca tan poca cosa, compartida, se convierte en alimento para miles de personas y aún sobra. Por tanto, la disposición de seguir a Jesucristo, a seguirle de verdad, debe ir unida con una disposición a compartir lo que se tiene y se es.

 

 

*No valen seguimientos egoístas, preocupados por uno mismo. Ni limosnas para tranquilizar la conciencia.

 

*No valen excusas de que primero es preciso tener de sobras para después compartir. Lo primero es compartir, aunque se tenga poco. Sólo el hombre abierto a los demás -dispuesto a compartir su vida-, puede abrirse y participar de la vida, de la riqueza de vida que aporta Jesucristo.

 

El milagro no lo hizo solo Dios o Jesucristo; lo hizo a medias y en colaboración con un hombres buenos, de buen corazón y sin cálculos egoístas.

 

 

Muchos piensan en milagros y, a veces, hasta piden milagros en los que quieren que Dios actúe como un mago, un prestidigitador o un saltimbanqui. Que Dios se saque de la manga y les reparta soluciones, bienestares, incluso salvaciones eternas, sin ellos molestarse, ni esforzarse, ni poner nade de su parte.

 

Dios no actúa así, haber cuando se quiere entender:

 

Quiere que los milagros los empecemos nosotros.

Quiere que nuestra intervención en la historia sea leal, esforzada y generosa.

Quiere nuestros cinco panes.

Quiere que nuestras manos empuñen la historia y se abran hacia las manos de los demás.

 

Y entonces, cuando nuestra mano haya empezado a moverse, entonces vendrá la mano amorosa de Dios a ponerse sobre la nuestra, e irá surgiendo el milagro. Podremos multiplicar panes…. y otras muchas cosas, no lo dudéis.

 

 

Aquel hombre tenía cinco panes, pero cada uno de nosotros tal vez tengamos cinco gotas de muchas cosas: cinco gotas de consuelo, cinco gotas de alegría, cinco gotas de amor. Y en este desierto que nos rodea hay muchos que no tienen ni una gota de esas cosas tan necesarias.

 

¡Vamos a por el milagro, por favor! Nuestra vocación de humanos y de cristianos es multiplicar, pero para que haya para todos. Si hacemos la prueba de dar nuestras cinco gotas de esto y de aquello, veremos con enorme sorpresa que dan resultados mucho mayores de los que esperábamos.

 

Pero para que esto sea posible, es necesario aceptar que el Señor es el único dueño de lo que los hombres necesitan para vivir. Eso es lo que reconoce Jesús cuando, con el pan y los pescados en la mano, pronuncia una acción de gracias: la vida y el alimento necesario para la vida del hombre son regalos de Dios.

 

Los panes y los peces no son de aquel muchacho, no son propiedad de la comunidad: son fruto del amor de Dios, y el amor de Dios, si no se comparte, se rechaza y se pudre.

 

La tierra entera es un regalo de Dios a toda la humanidad. Él la entregó a los hombres para que todos disfrutaran de sus frutos. Por eso nadie tiene derecho a acumular lo que a otros les falta.

 

La multiplicación de los panes y los peces es un signo de Jesús para que aprendamos a compartir, y una lección a la humanidad egoísta que piensa más en los números económicos, que en las necesidades íntimas de las personas.

 

 

*”La oportunidad de compartir nuestro amor con los demás es un regalo de Dios” Madre Teresa de Calcuta

 

*”No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son los nuestros, los bienes que poseemos; son los suyos” San Juan Crisóstomo.

 

*Nos envejece más la cobardía que el tiempo. Los años solo arrugan la piel, pero el miedo arruga el alma. Es lo mismo que decir, que un cristiano no es cristiano si tiene miedo a arriesgarse por Cristo. Perdamos el miedo a decir y a demostrar que somos cristianos.

 

Amigos, le ha llegado al cristianismo la hora de escuchar las verdades del barquero, traducidas a las realidad. Es hora de concretar el Credo, el Gloria y sobre todo el Padrenuestro, para que no nos llevemos ninguna sorpresa el día del definitivo encuentro con el Señor.

 

 

Por mi parte, explicado está. Después viene cada uno con su conciencia, pero no podrá decir que nunca se lo explicaron.

 

 

 

 

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