Ecos del Evangelio

28 julio, 2018 / Carmelitas
DOMINGO XVII TO. Ciclo B

LA COMPASIÓN PROFÉTICA.

 

 

La compasión profética es nuevamente la protagonista en las lecturas de hoy domingo. Tanto el profeta Eliseo como el Señor Jesús, se sienten profundamente conmovidos hacia las personas que les siguen y escuchan: campesinos, pastores, mujeres, niños, paganos, pecadores, etc.

 

La multiplicación de los panes obviamente tiene una connotación eucarística, comunitaria y está centrada en la persona de Jesús, habla del pan partido y compartido generosamente. Esa es la comprensión del Reino que Jesús quiere que sus discípulos asimilen.

 

No sólo se trata del Pan bajado del Cielo, se trata también del pan material. Jesús lanza una pregunta: “¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?”, Una vez más Jesús no puede pasar por alto las necesidades imperiosas de las personas que están cerca de Él. Esta misma pregunta, que me atrevo a decir, resuena muchas veces en nuestro interior frente a la situación actual de pobreza, desigualdad, exclusión y muerte que azota nuestras sociedades, -en mayor o menor grado-, se expresan hoy de la siguiente manera:

¿Cómo acoger a tantos inmigrantes?

¿Cómo promover una vida digna y un compromiso social en esta sociedad cada vez más individualista?

¿Qué podemos hacer?

¿Qué solución podemos dar, si somos cada vez menos?

 

En nuestro corazón sabemos que debemos responder a esas voces ya exhaustas o que son sofocadas con violencia, la voz de los pobres, pero nos sentimos impotentes. Cuando Jesús habla del Reino, su palabra es acción, ese es el sentido bíblico, Jesús es la Palabra hecha carne, el Amor de Dios en acción en medio de su pueblo.

 

Cuando Jesús pregunta sobre el pan, dice el evangelista que “ya sabía lo que iba a hacer”, aunque espera la respuesta de los suyos -que se queda lastimosamente en la superficie-: “Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo”. Está claro que la solución no está en tener mucho dinero, poder o prestigio para repartir, ese sería un camino peligroso de falso mesianismo. Posiblemente esta es una de las trampas en las que podemos caer.

 

De pronto “aparece un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces, pero, ¿qué es eso para tantos?” sólo tiene esto y eso basta para Jesús. En sus manos y con su bendición todo se transforma, porque el Reino no puede ser construido de otra manera, más que desde de cada uno de los que le seguimos, con nuestros cinco panes y dos peces, lo que tenemos para subsistir, que al ser compartido se multiplica.

 

La Iglesia, -nosotros la Iglesia-, hemos de ser, desde nuestra pobreza, el fermento para llegar a una transformación eficaz de nuestras sociedades.

 

Ese es el Reino de Dios, la mesa compartida, la comida dispuesta para los hermanos, en la que todos pueden saciarse y ninguno quedarse fuera. Esa es la dimensión de servicio y entrega propia de la Iglesia, que ha de sentirse como Jesús conmovida entrañablemente por las víctimas del pecado social, económico y político. Ella, la Iglesia, el Pueblo de Dios, ha de traducir el significado del Reino de Dios, fundamentado en el AMOR, con cada obra, palabra, gesto que promueve la comunión fraterna universal y también levantado su voz para denunciar todo aquello que atente contra la dignidad humana, la dignidad de ser hijos de Dios.

 

La Iglesia Nicaragüense es hoy, como en otros tantos lugares, un testimonio fiel de la misión de la Iglesia, además de reflejar las consecuencias de dicha fidelidad. Es la Iglesia perseguida.

 

Hermanos hoy más que nunca ofrezcamos nuestros panes y nuestros peces al Señor para que multiplique la vida en los lugares en los que diariamente estamos, para poder hacer real esa mesa compartida donde Él mismo se nos da.

 

Una Hermana Carmelita de San José

 

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Carmelitas de San José

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