Ecos del Evangelio

31 julio, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XVIII T.O. CICLO A 2020

 

Hoy podríamos decir: ¡Que evangelio más materialista acabamos de escuchar! Jesús se encuentra delante de una masa de gente, siente compasión de ellos y cura los enfermos. Y luego, en lugar de mandarlos para casa, Él mismo les da de comer. Y todo eso, la curación de los enfermos, el dar de comer al gentío, sin hacer ningún discurso, sin ninguna predicación.

 

¿Por qué Jesús, en lugar de dedicarse a su misión, que es la de predicar las verdades de la religión, se dedica a esas cosas estrictamente materiales? ¿Jesús no vino al mundo a hablarnos de Dios, a decirnos lo que hay que hacer para obtener la gloria, a enseñaros los mandamientos de Dios? Y resulta que hoy, en el evangelio, en lugar de hacer eso, va y se dedica a los enfermos, y los cura y luego alimenta a la multitud también.

 

Pues, vamos a ver si entendemos la misión de Cristo, porque esa misma misión es la que nos mandó a nosotros ¿Es que Dios se hizo hombre en Jesús para vivir en una nebulosa de palabras bonitas y consejos, y para llamar a unos seguidores que con cuatro palabras piadosas y ritos se dedicaran a la lástima y a la resignación, porque eso es lo que les había tocado en suerte, mientras los que dirigían la religión y los poderosos estaban muy ocupados en sus tinglados?

 

 

No amigos, ya vale de tener a los hijos de Dios, porque todos son hijos de Dios, sometidos, embaucados y engañados. Pero también ya vale, de un cristianismo reducido a proclamar la fe con los labios, pero no poner el corazón en marcha y comprometerse «Este pueblo me honra con los labios pero su corazón esta lejos de mi», palabra de Dios, por boca del profeta Isaías

 

Jesús hizo en aquel descampado lo que la gente necesitaba.”El hacer el bien sin mirar a quien” Y el hacer simplemente eso, es ya para Jesús traer la salvación de Dios. Para aquella gente: enfermos, gentío desamparado en el desierto, la salvación de Dios era eso: la curación, la comida. Igual que ahora. ¿Tan difícil es de entender?

 

Mientras unos pocos nadan en la abundancia y la corrupción, la mentira y el chantaje, muchos no tienen para llegar a final de mes, aquí entre nosotros, no hay que ir muy lejos. Y millones y millones de personas en todo el mundo se debaten en la penuria. Mientras unos pocos están hartos y aún se sienten insatisfechos y quieren mas, otros los mas, padecen hambre, hambruna, y mueren ante la pasividad del primer mundo.

 

 

El primer paso para gozar de una vida digna es: tener pan para comer, tener trabajo para tirar adelante, tener libertad para poder construirse una vida digna, tener justicia para que esa dignidad sea verdadera, tener el gozo de sentirse atendido y querido en el dolor y en la enfermedad… Todo eso son cuestiones básicas. Pues por ahí empieza la salvación de Dios. Por eso Jesús comienza por ahí su anuncio del Reino de Dios.

 

¡Cuidado! Cuando a alguien que pasa hambre quieras hablarle de Cristo, primero llénale el estómago y después le hablas de Cristo, y le dices que lo haces en nombre de Cristo, que es Amor infinito. ¿Queda claro?

 

¡Y cuidado también! con creer que esas actuaciones al servicio de la vida material de la gente, sólo valen cuando se realizan en nombre de Dios, o se hacen para atraer a la gente a la iglesia. NO. Esas actuaciones, cualquier actuación del estilo de las que atendía Jesús (curar enfermos, alimentar a la multitud) es ya, de por sí misma, aunque no se sepa ni se diga, una obra de salvación de Dios. El bien es bien, venga de donde venga. Es salvación de Dios, todo lo que sea vida para el hombre.

 

Aquel hecho tan admirable que sucedió en aquel descampado de Galilea, es un ejemplo de cómo hemos de intentar ocuparnos y preocuparnos nosotros de los problemas de los demás. Y también es un ejemplo revelador, de cómo se comporta Dios -el Dios que nos reveló Jesucristo- con nosotros, con cada uno de nosotros, sin excepción.

 

Ante nuestros problemas, nuestras dificultades, agobios personales y pecados, Cristo, nunca dijo ni dice: «No es mi problema». Nunca mira para otro lado, nunca nos despide, para que resolvamos solos nuestros problemas. Nuestros problemas, Él los siente y vive como propios. Nunca nos deja solos con ellos ¡Que sería de nosotros si Cristo se hubiera desentendido de nosotros! Esto es lo que explica el maravilloso hecho de que el Hijo de Dios se hiciera del todo hombre, que compartiera del todo nuestra vida. Pues del mismo modo, Cristo nos pide nuestra colaboración «como pidió los cinco panes y los dos peces- para poder paliar la situación de otros que están mucho peor que nosotros.

 

Me viene a la mente ahora, aquel proverbio budista que dice: «cuando el dedo señala la luna, el que es estúpido se queda mirando al dedo». Algo semejante se podría decir cuando hay gente que se queda exclusivamente en el carácter portentoso de los milagros de Jesús, sin llegar hasta el mensaje de fondo que nos dan los milagros.

 

Amigos, la compasión que lleva a la fraternidad no es una exigencia junto a otras. Es la única manera de construir entre los hombres el Reino de Dios. Y por lo tanto, la tarea fundamental del cristianismo. Pero la fraternidad bien entendida es «algo peligroso». La fraternidad muchas veces se confunde con la simple limosna y la lástima, y parece que ya me puedo quedar tranquilo. A, no, de ninguna manera, porque entonces he caído en el pecado de omisión. He confundido la compasión que es lo que tengo que tener, con la lastima, que es antievangélica.

 

Es aquello de las lágrimas de cocodrilo. Es aquello de ¿si necesitas algo ya me lo dirás?, en vez de presentarse y decir: haber, tarea que yo pueda hacer. ¡Ojo con las buenas intenciones, y la sola cortesía, porque las sorpresas serán morrocotudas!

 

La compasión que lleva a la fraternidad evangélica es lucha y compromiso: La lucha en favor de la paz, la protección del medio ambiente, la solidaridad con los pueblos hambrientos, el compartir con los parados las graves consecuencias de la crisis económica, la ayuda a los drogadictos, la preocupación por los ancianos solos y olvidados…., son otras tantas exigencias para quien se siente hermano y quiere «multiplicar» para todos el pan de la dignidad que necesitamos los hombres para vivir.

 

Yo no sé, amigos, si todas estas cosas os suenan demasiado a cocina y buena receta. Pero decidme vosotros si este «pan de ángeles, que es la Eucaristía, convertido en alimento de peregrinos, puede ser despachado tan ligeramente con cuatro palabras piadosas, gesticulaciones conmovedoras y después quedarse con la conciencia tranquila, porque ya me he acordado de los que sufren y he rezado por ellos. ¿y la compasión donde está?
“Si, si es mi problema el otro”. En el encuentro con el pobre, con el desamparado y marginado, nos jugamos nuestra relación y nuestra salvación. Esa es la prueba del nueve de la Eucaristía. Y esa es la comprobación de si la fe que digo tener, es fe, o como decíamos la semana pasada, un montaje más, con mucho ruido y pocas nueces, para tranquilizar la conciencia.

 

 

¡Pues desde luego, actuando de esa manera, mi conciencia, no se quedaría nada, pero nada tranquila!

 

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