Ecos del Evangelio

4 agosto, 2018 / Carmelitas
DOMINGO XVIII T.O. CICLO B 2018

 

TRABAJAD POR EL ALIMENTO QUE PERDURA.

 

Hoy podemos empezar la reflexión con una pregunta clave: ¿Hambre de pan material y hambre de Dios? El hombre es hambre. Porque no está hecho de una vez para siempre, sino que se hace. Nuestra vida no está ahí, dada, sino que hay que hacerla, día a día. Nuestro ser más íntimo registra un deseo íntimo de realización, de superación. Como decía Pascal: “el hombre supera infinitamente al hombre. El hombre es un insatisfecho, un inconformista, si no ha acallado ni domesticado lo más original de su humanidad”

 

En muchos planos -material, económico, afectivo, psicológico, espiritual…- el hombre quiere más, quiere vivir y desarrollarse. Por eso es naturalmente indigente, necesitado. Tiene hambre. Casi debemos decir que el hombre, constitutivamente, es hambre.

 

Por eso, no sólo de pan vive el hombre. Porque su hambre no sólo es de pan material. Cierto que con el estómago vacío el hombre no puede funcionar mucho tiempo. Pero cierto también que el hombre no es sólo estómago.

 

Puede el hombre nadar en la abundancia y estar, sin embargo, verdaderamente hambriento o sediento. “Odio a mi época con todas mis fuerzas, en ella el hombre muere de sed, decía S. Exupery.

 

Y no hay más que un problema para el mundo: dar a los hombres un sentido espiritual, una inquietud espiritual, un sentido trascendente a su existencia. No se puede vivir de frigoríficos, de ambición, de acaparar, de ideologías, de balances, de política. No se puede, porque de lo contrario, ya vemos adonde va esta sociedad que así vive. A lo que estamos asistiendo es al eco moderno de aquellas palabras de Jesús: no sólo de pan vive el hombre.

 

A lo largo de toda la historia, sobre todo en los períodos de prosperidad, el hombre ha sufrido la tentación de reducir su ser -y su hambre- a una parte de sí mismo, acallando todas las demás instancias de su ser, queriendo saciar con pan -y coches, frigoríficos, televisión, diversión, dinero, acciones, etc.- otras hambres de su ser que no se satisfacen con esa clase de pan.

 

Hoy contemplamos el triunfo de esta tentación en una sociedad de consumo que guarda cierto paralelismo con aquella otra que hizo del “pan y circo” su manera de vivir.

 

Pero quizá hoy quedan más al descubierto los síntomas de que por encima de la saturación de los mercados y de la inflación, o por encima incluso de las reivindicaciones económicas y salariales, el hombre no está satisfecho, las grandes cavernas del corazón humano quedan vacías.

 

No hay espacios libres para la alegría espontánea, para la libertad sin libertinaje; no ha espacios para la fantasía y para la felicidad autenticas. En el hombre hay un deseo natural de algo más. Hay un hambre en el hombre que sólo se satisface con amor, con bondad, con fe, con sentido de la vida, con ideal, con ilusión, con esperanza, con trascendencia, es decir, con Dios. “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti”.

 

Por eso hay que volver a repetir la misma pregunta que al principio: ¿Hambre de pan material y hambre de Dios? Dios quiere que no reduzcamos al hambre material todas las demás apetencias de nuestro ser. Y quiere igualmente que no separemos indebidamente un hambre y otra.

 

No entra en el plan de Dios que el hombre y la sociedad busque simplemente el pan material y quede con él harta, satisfecha y embotada. En una sociedad consumista, materialista, hedonista, donde todo se compra y se vende y se somete a los cálculos de los balances, el hombre no puede no es feliz, aunque intente aparentarlo.

 

Los seguidores de Jesús hemos de manifestar y proclamar con nuestra propia vida que no sólo de pan vive el hombre, que hay que luchar no sólo por el pan que se corrompe, sino también por el pan que da la vida eterna.
Tampoco entra en el plan de Dios que el cristiano busque evasivamente satisfacer su hambre en alimento espiritual que conforta su alma pero le hace insensible a las necesidades materiales de sus hermanos. El hambre de Dios está conectada en el Evangelio con el hambre y sed de justicia, hambre y sed de un mundo nuevo más justo y fraterno, del Reino de Dios.

 

De ahí que Jesús se defina a si mismo como el pan de Vida que da la Vida eterna, la plenitud de la realización del hombre, la satisfacción de su hambre infinita, la salvación del hombre. Porque, la salvación que Jesús promete al hombre no es precisamente un pan material y corrompible, sino un pan integral para la totalidad del hombre.

 

Es una salvación que libera al hombre del pecado y sus consecuencias sociales, con lo cual puede nacer un mundo nuevo más justo, donde hay pan para todos, donde los pobres quedarán satisfechos. Pero es una salvación también que satisface el corazón humano dándole un sentido, una luz, una trascendencia. La fe no es una renuncia, ni una moral, ni una costumbre. Es el descubrimiento de unos valores tales, que sólo ellos pueden satisfacer el hambre total del hombre.

 

¿QUE DEBEMOS BUSCAR, POR TANTO, EN JESÚS? ¿Qué tenemos que esperar de él? De una forma muy sencilla, pero al mismo tiempo muy exigente, Jesús nos responde y os lo trasmito: “En mí no debéis buscar esto o aquello, no tenéis que esperar la solución de este problema o de aquella cuestión; debéis buscarme a mi íntegramente, toda mi persona, todo lo que digo y hago, el camino que yo he abierto, el modo de ser hombre que yo he predicado y vivido. El pan que yo doy, el alimento que yo doy y que alimenta verdaderamente, soy yo mismo, toda mi vida, todo lo que habéis visto que yo vivía y que sigo viviendo. Ocuparse en los trabajos que Dios quiere es creer en mí; el pan que alimenta de verdad es venir hacia mí, andar por donde yo ando”.

 

Si queremos recibir todo lo que Jesús es capaz de darnos, si queremos entrar en el camino de Dios, si queremos llegar hasta el fondo de lo que significa ser persona y serlo auténticamente, tenemos que empezar por ahí: por empaparnos de Jesús, hacer que sea el quien marque nuestro modo de vivir
Hace tiempo que muchos cristianos, están muy -demasiado- acostumbrados a serlo. Pero, ¿se han parado nunca a pensar si las cosas que hacen son realmente como Jesús las hacía? ¿se han parado nunca a escuchar o a leer el Evangelio, para ver si lo que en Él se dice es lo que hacen ?

 

Yo os quisiera hacer hoy, para terminar este comentario y para ayudarnos a que el estilo de Jesús marque más vuestra vida, una sencilla propuesta: que cada uno repase, detalle a detalle, lo que ha hecho a lo largo de un día completo y que lo haga acompañado por Jesús .Imaginemos que Jesús nos acompaña a lo largo de ese día que repasamos. ¿que diría, ante cada una de las cosas que hacemos? ¿le gustaría? ¿no le gustaría?

 

Cuando nos hemos levantado y hemos visto por primera vez a los de casa, cuando hemos ido al trabajo, cuando estábamos hablando en la tienda o en la playa, cuando nos hemos encontrado con aquel desconocido que nos pedía un favor, cuando por la noche estábamos todos en casa… cuando nos hemos encontrado en aquella situación que no nos atrevemos a explicar a nadie… ¿Qué nos diría Jesús? Realmente, ¿podemos decir que el modo de actuar de Jesús marca nuestra vida.¿hemos actuado como el lo hubiera hecho?

 

Jesús alimentaba al pueblo que le seguía con el alimento espiritual de su palabra -«les enseñaba con calma» Y dentro de este contexto, les alimentó con el pan y los peces de aquella singular multiplicación. Pero el pueblo, rápidamente, mostró su preferencia por ese segundo alimento: el pan material. Y con el fin de agarrarse a aquella «mina», trató de tener a Jesús de su lado y «quiso proclamarle rey». ¡No estaba mal pensado! ¡El resolvería en adelante todos sus problemas económicos y materiales!

 

Pero Jesús, cuando vio que le rodeaban otra vez, los desenmascaró abiertamente. Y les dijo: «Os lo aseguro, no me buscáis porque hayáis visto prodigios, sino porque comisteis pan hasta saciaros». Que es como si les dijera, (y perdonad el lenguaje coloquial): «Se os ve el plumero. No venís limpia y decididamente por mí, sino por el posible provecho que podéis sacar de mi compañía». Interesa recalcar bien el alcance de esta advertencia de Jesús. Porque creo que todos corremos el peligro de buscar a Jesús no por lo que El es, sino por lo que tiene y nos puede dar.

 

Lo mismo pasa con el amor. ¿Amamos a Dios con amor de benevolencia, por ser El quien es, o le amamos por lo que nos puede dar? ¿Amamos a Dios «sobre todas las cosas», como quiere el primer mandamiento, o preferimos no plantearnos disyuntivas de ésas? ¿Podríamos decir, desde la verdad, lo que dice el viejo soneto?:

 

“No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.”

OJALA QUE ASI SEA.

 

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