Ecos del Evangelio

3 agosto, 2019 / Carmelitas
DOMINGO XVIII T.O. CICLO C 2019

 

Pensarlo bien que aun estamos a tiempo…

 

«Aviso a navegantes», este podría ser el titular de la palabra de Dios de este domingo. Y después del titular, entremos a conocer al personaje del evangelio que hacer honor al titular. Cuatro características destaco. Y sacaremos también cuatro consecuencias para nuestra vida.

 

1-*Lo que más me impresiona de este hombre, rico y ávido, de la parábola evangélica de hoy, es su tremenda soledad. Algo verdaderamente tétrico y horripilante. Nadie está tan solo como este hombre rodeado, y sofocado, por sus bienes. Más que contar sus rentas, parece hablar con ellas. Entabla un diálogo amoroso pero con los libros contables, con los números. Su voz tiene el sonido de los dineros. A semblanza de no pocas personas de la sociedad actual.

 

2-*Es un individuo sin nombre, sin rostro. El único lazo estrecho son sus bienes materiales. Se identifica con las propias riquezas. Él mismo se convierte en campo, grano, trigo, almacén, números, cartera. Ya no es un hombre. Es una cosa en medio de las cosas. A semblanza de no pocas personas de la sociedad actual.

 

3-*Los bienes, en lugar de ser vehículos de comunicación, de relación con los otros, para él son cosas a acumular, proteger y defender a capa y espada, lo demás, no le importa. Pasa olímpicamente. Para este individuo las cosas, en vez de ser medios, se convierten en fin, al que se sacrifica todo. Y terminan por convertirlo en un esclavo. A semblanza de no pocas personas de la sociedad actual.

 

4-*Este hombre es un triste prisionero de si mismo. Es un hombre que se ha cavado su propia tumba en vida. Un hombre sin futuro. Cuando se pronuncia la terrible sentencia: «Esta noche te van a exigir la vida», en realidad él ya está muerto desde hace tiempo. La sentencia la pronunció él sobre sí mismo, desde el momento en que su ambición y egoísmo lo encerraron en la cárcel de la soledad.

 

Y el evangelio lo llama «necio».

 

Porque funda la propia seguridad en el tener y no en el ser.

Porque se afana por poseer y acumular, en vez de comprometerse a crecer.

Porque se identifica con las cosas, y no las transforma en sacramento de comunión con los hermanos. Porque cree que mucho dinero significa mucha vida.

Porque piensa que la posesión egoísta da alegría.

Porque no sospecha que, aunque salgan las cuentas, su vida está en banca rota.

Porque lo que adora es su propio yo y el reconocimiento que puedan darle como persona influyente.

Porque no se para jamás frente a un «tú», sino que utiliza a todo el que le pueda hacer sombra.

Porque no entiende que «el yo, solo se hace autentico al darse, al entregarse por los demás, pero desde la naturalidad y no desde la simulación»

Porque NO se percata de que la vida plena solo se llena de amistad, de entrega, de amor, no de cosas.

 

 

Saquemos pues también 4 consecuencias.

 

1ª-La posesión es siempre limitación. «El que adquiere unas posesiones o unos bienes y los cierra con una cerca, se priva del resto de la naturaleza y de la criaturas, es una persona que se ha encarcelado sin que lo detengan.

 

2ª-La posesión es sobre todo limitación de libertad. « ¿No habéis observado alguna vez que ser rico se traduce siempre en un empobrecimiento en el plano principal: el espiritual? Nuestro espíritu y nuestro corazón tienden a empequeñecerse, a reducirse a las dimensiones de los objetos sobre los que los cerramos, a las dimensiones de los bienes sobre los que se repliegan.

 

3ª-La riqueza es falsificación de las cosas, porque falsea la relación con ellas. El rico cree que su título de propiedad le une íntimamente, con seguridad a sus bienes. Pero esto es una mentira colosal. Las cosas, como las personas, tienen un «límite de inviolabilidad, un umbral infranqueable», que no puede ser forzado por un derecho que se derive simplemente del dinero. Para poseer verdaderamente una cosa, es necesario establecer con ella, no una relación de posesión, de agresividad, sino de participación, de maravilla, de contemplación.

 

4ª-El hombre creyente, y no el hombre económico, es el que está en armonía con todo lo creado. La tierra no pertenece al viento, sino a los «mansos», o sea, a aquellos que nada reivindican. Solamente el que ora, teniendo las manos vacías, libres, puede orar en las cosas y con las cosas.

 

Tenemos un ejemplo de la armonía con todo lo creado en un santo por todo conocido, Francisco de Asís. Él se casó con la dama pobreza. Francisco llevó sobre sí mismo el signo de la liberación en la alegría, que es seguridad; en la contemplación, que es poesía; en el desprendimiento que es libertad, no en el acumular que es egoísmo; ni en la apariencia que es autoengaño.

 

El hombre solo económico, es un conquistador, un usurpador, un profano, un esclavo. Aunque tenga muchos bienes es un excomulgado. El hombre creyente es, un contemplativo, un amigo, es señor de si mismo, un comunicador. El hombre económico, a través de las cosas, se para, se aísla, se esclaviza aunque se las de de libre. En cambio el creyente camina, se abre, da y se da.

 

Amigos: Se nos han dado las manos para dar. Quien las usa, habitualmente sólo para poseer, tener, acaparar, todavía no ha aprendido a usarlas, aunque esté muy avanzado en años. Sobre todo no ha gustado la alegría más grande: la alegría de dar. Nuestras cuentas, a diferencia de aquellas del «necio» de la parábola, saldrán, cuando salgan las cuentas de los otros.

 

Dicho de otra manera: Si hay algo que podemos llevar con nosotros, que nos sigue a todas partes, también después de la muerte, no son los bienes, sino las obras; no lo que hemos tenido, sino lo que hemos hecho. Lo más importante de la vida no es por lo tanto tener bienes, sino hacer el bien. El bien poseído se queda aquí abajo; el bien hecho lo llevamos con nosotros.

 

Todos, desde el momento en que nacemos, tenemos abierta una cuenta corriente en la gran caja de ahorros que existe en el cielo. Una cuenta donde los ángeles van apuntando los esfuerzos y los intentos que los creyentes vamos haciendo en la tierra para darle brillo y bronceado celestial a nuestra vida cristiana.

 

El gran problema del hombre en general y de muchos cristianos en particular es, olvidar cual es la meta de nuestra inquietud, y entonces se suben al carro de la ambición y el afán de poseer, el aparentar, el acaparar, la traición, o el olvido de Dios, y se dejan arrastrar por la seducción de la riqueza. ¿El resultado cual es?, Pues lo que dice la primera lectura: «vanidad de vanidades»

 

Qué ilustradoras son algunas sentencias como las siguientes:

 

*“La avaricia es un constante vivir pobremente por miedo a la pobreza” (San Bernardo de Clairvaux).

*Algo habrá de malo en la riqueza cuando a todo el mundo le da vergüenza confesar que la tiene. (Noel Clarasó).

* El camino más corto para llegar a la riqueza es despreciarla. (Lucio Anneo Séneca).

*Es una gran riqueza el saber ser pobre. (Andrea Chénier).

*La riqueza es como el agua salada; cuanto más se bebe más sed da. (Arthur Schopenhauer).

* Los hombres se vuelven pervertidos no tanto por la riqueza como por el afán de riqueza.( Louis Gabriel Ambroise).

* Muchos hablan sinceramente cuando dicen que desprecian las riquezas, pero se refieren a las riquezas que poseen los demás. (Colton).

*No midas la riqueza por las cosas que posees, sino por aquellas que no cambiarías por dinero. (Autor desconocido).

* No sólo es ciega la fortuna, sino que frecuentemente vuelve ciegos a los que abraza. (Marco Tulio Cicerón).

* Olvidar el pasado, no aceptar el presente, desfigurar el futuro: esto es lo que hacen las riquezas y las preocupaciones. (Autor desconocido). 

*Quien tiene dinero tiene en su bolsillo a quienes no lo tienen. (León Tolstoi).

*¿Quieres ser rico? Pues no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu codicia. (Epicuro).

*Todo lo que acumulamos para nosotros mismos nos separa de los demás. (Rabindranath Tagore)

 

Amigos lo decía al comienzo y con ello acabo: la Palabra de Dios de hoy es todo un aviso a navegantes. La conclusión es la siguiente: En el momento de morir, perdemos todo lo que hemos querido conservar y recuperamos todo aquello que hemos regalado. Pensarlo bien que aun estamos a tiempo, antes de que llegue la hermana muerte.

 

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