Ecos del Evangelio

16 agosto, 2019 / Carmelitas
DOMINGO XX T.O. CICLO C 2019

 

EL VERDADERO CRISTIANO

 

Son bastantes los cristianos que, muy arraigados en una situación social cómoda, rutinaria, e instalados en el “siempre se hizo así”, tienen la tendencia de considerar el cristianismo como una religión que debe preocuparse SOLO de mantener la ley y el orden a través del cumplimento de unas normas. Por eso, resulta tan extraño escuchar en boca de Jesús, dichos, que invitan no al inmovilismo y conservadurismo, sino a la transformación profunda y radical de la persona y de la sociedad: «He venido a prender fuego en el mundo y ojalá estuviera ya ardiendo…

 

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división». Si, este es el Jesús del evangelio, no lo edulcoremos tanto. Jesús vino a traer un fuego destinado a destruir tanta impureza, mentira, manipulación, apariencia, violencia e injusticia. Un fuego-el de su amor- capaz de transformar el mundo, de manera radical, aun a costa de enfrentar y dividir a los hombres.

 

El verdadero seguidor de Cristo, el creyente en Jesús no es un hombre fatalista que se resigna ante cualquier situación, buscando por encima de todo la tranquilidad y la falsa paz. No es un inmovilista y un instalado que se refugia en las normas y ritos, sino que se compromete con el testimonio de vida. . Pero tampoco es un rebelde que, movido por el resentimiento, echa abajo todo para asumir él mismo el lugar de aquellos a los que ha derribado.

 

El verdadero cristiano, debe ser una persona que viva y actúe movido por la pasión y aspiración de colaborar en un cambio total de la humanidad. No solo en unos maquillajes, que lo que hacen es dejar las cosas cada vez peor.

 

El verdadero cristiano, lleva la «revolución del amor» en su corazón. Una revolución que no es «un golpe de estado», para cambiar de gobierno, insurrección, ni relevo político, sino el establecimiento de un hombre y un orden nuevos. Hay que abrir los ojos y ver que el orden que, con frecuencia se defiende, es un autentico desorden.

 

Necesitamos una revolución más profunda que las revoluciones económicas y sociales. Una revolución que transforme las conciencias de los hombres y de los pueblos. Y eso solo la podemos llevar a cabo con el evangelio de Cristo. Herbert Marcuse escribía que: «necesitamos un mundo en el que la competencia, la lucha de los individuos unos contra otros, el engaño, la mentira institucionalizada, la crueldad y la masacre física o psicológica ya no tengan razón de ser».

 

Quien se sienta seguidor de Jesús, debe vivir buscando ardientemente que el fuego encendido por Jesús arda cada vez más en este mundo. Pero, antes que nada, debe exigirse a sí mismo una transformación radical en sus pensamientos y actitudes.

 

Estoy diciendo que esta verdadera revolución solo la pueden llevar a cabo cristianos auténticos y no turistas de la fe. Aceptar con todas las consecuencias la misión de ser portavoz de Dios es una gozosa carga, pero no exenta de incomprensiones y de riesgos. Porque mantener la fidelidad a Dios ha sido siempre difícil, y mas en los tiempos que nos ha tocado vivir.

 

El verdadero cristiano de todos los tiempos ha sufrido persecuciones arrinconamiento y exclusiones, incluso de los más cercanos. Le pasó a Jeremías, porque hablaba claro, por eso quisieron hundirle en el lodo del aljibe, para ahogar su palabra. Y le pasó a Jesús, que soportó la cruz y la oposición de los pecadores, renunciando al gozo inmediato. Es un aviso para los cristianos en los momentos de lucha o desánimo.

 

Aceptar a Jesús nos lleva a ser presencia contestataria en medio de la sociedad y muchas veces incluso dentro de la propia familia o de la Iglesia instalada en la rutina. El seguimiento verdadero de Cristo puede suponer para el cristiano motivo de sufrimientos, de conflictos, separaciones, enemistades. Cuando se medita la frase de Jesús en el evangelio de este domingo «Yo he venido a prender fuego en el mundo», se comprende que hay que anunciar el Evangelio con calor y pasión, sin tibiezas. Con palabras tibias solo contribuimos a mantener medianías y situaciones difusas.

 

¿Qué no es agradable el conflicto y la división?, pues claro que no. Pero el reinado de Dios no se lleva a cabo sin oposición. El reino de Dios tiene mucho que ver y mucho que denunciar dentro de las estructuras del mundo; de la injusticia; de la pobreza; de la paz o de la guerra; del hambre o del confort; de la vida o de las muertes. Y, por ello mismo, porque hay muchos intereses creados, el cristiano autentico siempre padecerá presiones para que “esa opción por el reino de Dios” sea mucho más suave, más descafeinada, políticamente correcta, incluso más bizcochable. Y desgraciadamente, muchos cristianos y jerarquía ceden para no complicarse la vida por Cristo. Harían bien, tantos unos como otros, en ser honrados y dejarlo, porque eso es traicionar a Cristo.

 

Gente así quieren una religión sin conflictos: una predicación pietista que no les escueza en la mente; una evangelización sin escollos; un sacerdocio sin cruz; una iglesia sin martirologio. Y a eso lo llaman ser prudentes. No, eso es ser cobardes, y lo saben. Claro que Jesús predicaba, por una parte, el amor, la entrega, la ternura…, pero, al mismo tiempo, la libertad, autenticidad y fraternidad que convertía el amor en fuego, y la entrega en división. Jesús trae la paz, da la paz, pero no a cualquier precio. Ponerse a su lado supondrá una opción, una decisión, y con frecuencia romper con la vida anterior o con lazos sociales y formalidades que estorban. Frente a Jesús no se puede ser neutral.

 

Los verdaderos cristianos son siempre causa de conflictos, de enfrentamientos, de persecuciones, de divisiones. La razón es la misma que encontramos en Jesús y muy sencilla de explicar: cualquier persona que trabaja por la verdad debe enfrentarse con los que viven en la mentira; el que lucha por la justicia entra en conflicto con los que medran en la injusticia; el que anuncia las exigencias del amor se encuentra con la oposición de quienes escogieron el camino del egoísmo…Por eso el camino de Jesús desembocó en la cruz, no podía acabar de otra manera. Y lo mismo que Jesús, el de cualquiera que lo siga de verdad .Mirad si no, algunos ejemplos…

 

«Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe», esta es la clave:

 

*El padre Maximiliano Kolbe trabajó en Polonia para prestar refugio a los perseguidos, también a los judíos. El P. Kolbe ocupó el puesto de aquel buen padre de familia polaco, Franciszek Gajowniczek, recordando lo que había dicho el Maestro que «nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos».

*La madre Teresa de Calcuta y sus religiosas, con su pobre sarí hindú, estuvieron y están entregando su vida al servicio de los más pobres y despreciables de los hombres.

*Edith Stein entregó su vida en la cámara de gas de Auschwitz y salió al encuentro de la luz que buscó en sus experiencias místicas, y que finalmente se convirtió en una luz que ya no tenía sombras ni penumbras.

*Los jesuitas martirizados en el Salvador denunciaron la brutal injusticia que padecía aquel pueblo, a pesar de que les acusaron -como a Jeremías- de desmoralizar al pueblo y de no buscar su bien sino su desgracia.

*El padre Franz Rheinisch se negó a prestar el juramento de fidelidad a Hitler y puso su conciencia por encima de la voluntad de sus superiores.

*Innumerables hombres y mujeres desconocidos han intentado e intentan vivir su vida en la entrega humilde, en la generosidad, en la bondad, en la acogida de cualquier persona sin mirar si es de su raza lengua o ideología.

 

 

La auténtica experiencia religiosa puede aportar paz espiritual y equilibrio emocional, pero el evangelio no es una noticia tranquilizante y menos una droga. Es inútil «descafeinar» la religión. Lo importante no es «disponer» de Dios a nuestro antojo, sino responder fielmente con la vida a su mensaje.
Lo que queda claro para quien lo quiera ver, es que al cristianismo actual le falta el fuego del amor que Cristo trajo y le sobra rutina, compadreo y formalismos.

 

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