Ecos del Evangelio

22 agosto, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XXI T.O. CICLO A 2020

 

Llevamos ya dos domingos hablando de la fe. Y hoy de nuevo, de una manera especialmente solemne, volvemos a hablar de la fe. «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», pregunta Jesús a los apóstoles. Una pregunta también dirigida a nosotros. ¿Quién decimos que es Jesús? ¿Y para qué nos lo pregunta? pues para que sepamos si sólo nos LLAMAMOS seguidores suyos, o lo SOMOS en verdad.

 

Veamos: Cristo quiere saber hasta qué punto nosotros estamos dispuestos a jugarnos la vida con Él. Cristo quiere saber hasta dónde llega nuestro compromiso con Él. Cristo quiere saber hasta qué punto estamos dispuestos a llegar en este largo camino que ha iniciado con nosotros. Cristo quiere saber hasta que punto ponemos en práctica lo que celebramos en el templo.

 

Él ya sabe, lo que dicen los libros, lo que hemos aprendido en el catecismo, el credo que recitamos, las opiniones de los teólogos y de los concilios, todo eso está muy bien. ¿Pero, tanta definición y tanta fórmula, nos ha llevado a lo principal: a la experiencia de la persona de Cristo y el comprometernos con Él? Porque digámoslo claro, sin eso, ni se conoce a Cristo ni se le sigue.

 

Por tanto la pregunta hecha a los apóstoles está hecha también a cada uno de nosotros, también a mí como sacerdote. Y por supuesto no voy a eludir el contestarla. ¿Quién dices tu sacerdote, que soy yo?:

 

Soy discípulo tuyo, Señor, y creo en Ti, de eso no cabe duda. Pero, si tuviera que hacer un análisis profundo para aclarar «qué has sido Tú para mí», y concretar el por que te sigo, te diré que no han parado de querer inculcarme un parcial, fragmentado y variopinto ramillete de opiniones y, consecuentemente, de actitudes con respecto a Ti. Sí, porque aunque no te lo creas, Señor,- en vez de ayudarme- a veces no he encontrado mas que zancadillas.

 

Unas veces me han querido hacer creer que eras otro Juan Bautista. Es decir, me han ido amontonando y repitiendo las escenas en las que te se veía: «ser conducido al desierto para ser tentado y mientras mas mejor»; «no tener una piedra donde reclinar la cabeza» y morir en la angustia y la soledad de la cruz.

 

Al presentarme tu figura SÓLO ASÍ, querían hacerme creer que la religión era sólo eso: penitencia, sufrimiento, austeridad, cruz. De este modo, me fueron inculcando cada vez más, un enfoque oscurantista de la vida. Y entonces estuve tentado de hacerme a la idea, de que el buen discípulo tuyo, era sólo la persona penitente, sufriente.

 

Y en vez de ayudarme a conocerte de verdad los que tenían que ayudarme, me inculcaron que el cristiano es una persona resignada y masoquista, que tiene que buscar mientras mas sufrimiento mejor.

 

Otras veces me han querido enseñar que eras otro Elías. El hombre marcado y arrebatado por el fuego. El que fue azote inmisericorde de reyes y príncipes. El que hizo espectaculares desafíos a los sacerdotes de Baal, como técnica apologética para demostrar la verdad de su religión. Sí, así han intentado convencerme de que eras.

 

Como fustigaste con fuerza a los escribas y fariseos, me querían adoctrinar asegurándome que se trataba de prender fuego y que ardiera todo infiel, basándose en aquella afirmación tuya «he venido a traer fuego a la tierra y lo que quiero es que arda». Como «empuñaste un látigo contra los vendedores del templo», pues a partir de ahí, se trataba de ser inmisericorde con la gente. Y en demasiadas ocasiones, hasta las predicaciones que escuchaba y que escucho, eran y son tremendistas, apoyadas en el miedo, y no en el amor; más dispuestas al anatema que a la misericordia.

 

Otras veces me han querido vender la imagen de que eras otro «Jeremías».El varón atormentado. El hombre atrapado entre el amor a su pueblo por una parte y la fidelidad a su vocación por otra, que le llevaba a tener que condenar los desvíos de ese pueblo, lo cual le llevaría a la muerte. Así me han hecho pensar muchas veces que la religión es: «predicar en el desierto».

 

Tú mismo, Señor, lo dijiste: ¡Cuántas veces he querido cobijaros como una gallina a sus polluelos, pero no habéis querido! «Pasaste haciendo el bien», pero ellos querían que «uno» -Tú- muriera por el pueblo. «Viniste a ellos como Luz, pero ellos prefirieron las tinieblas a la Luz».

 

Sí, todas esas enseñanzas, parciales y sesgadas fueron cayendo sobre mí. Y no ha sido nada fácil deshacerme de toda esa patulea, que intentaba impregnar mi seguimiento de tintes de pesimismo y de fatalidad; de creer en una palabra, en una semilla que casi toda se pierde. De falta de fe.

 

A pesar de todo lo dicho, del mal ejemplo y las predicaciones parciales, e interesadas, mas basadas en la intención de tener controlado al personal, que en el evangelio, siempre me he revelado a creer que un Dios que es Amor infinito, pudiera ser tremendista, justiciero y que me llamara a la resignación y al masoquismo. No, nunca lo he creído y nunca lo predicaré porque seria traicionarte. Porque el Dios que nos mostró Cristo con si vida, fue y es, todo lo contrario.

 

Y eso «no me lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino ese Padre que está en los cielos», el cual, «de muchas maneras» —a través de mis padres; a través de gente madura y libres, anclados en la fe verdadera; a través de mi maestro espiritual: José Luis Martín Descalzo; a través de verdaderos buscadores del Dios de Jesucristo: como José María Cabodevilla ,Henry Nouwen; y a través de la meditación diaria sobre tu «palabra»–, lo tengo bien claro.

 

No, rotundamente no. Tú no eres, ni respondes a todas esas imágenes distorsionadas e interesadas, que de ti, se han dado fuera de la Iglesia ni, aun mas grave, dentro de la Iglesia. TÚ ERES EL AMOR INCONDICIONAL, INFINITO Y ETERNO HECHO VIDA. Y como decía el Serafín de Asís: EL AMOR NO ES AMADO.

 

La grandeza de Pedro, no radica en su declaración solemne: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo», sino en su decisión de seguirlo y comprometerse con Él. Pedro tuvo que dejar su conocimiento de oídas y de tradición sobre Cristo y ponerse a seguirlo en la vida, Y DE ESO SE TRATA.

 

Y esa es la tarea pendiente de gran parte del cristianismo. Acoger la palabra de Dios y ponerla en práctica, esa es la única manera de ser seguidor de Cristo=cristiano. Todo lo que no sea implicarse en la vida, con Cristo, es apariencia, barniz, y fachada.

 

De manera, que cuando vosotros, que me escucháis, respondáis a la pregunta «Vosotros, ¿quién decís que soy yo?», no busquéis en el almacén de vuestros conocimientos, sino en el fondo de vuestro corazón y en vuestro quehacer de cada día. Ahí está la respuesta sincera y auténtica a la pregunta de Jesús.

 

Por todo lo expuesto, para mi Pedro, a pesar de sus declaraciones rimbombantes que después se las llevaba el viento, hizo lo correcto: dejarse guiar por Cristo y comprometerse con Él, sirviendo hasta la muerte. Así que no tengamos miedo. Si nos damos cuenta que nuestras palabras y nuestras declaraciones van por un lado y nuestra vida por otra. Tengamos la valentía y la sencillez de Pedro y rectifiquemos.

 

Por eso, Pedro para mi es “Servus servorum Dei” El Siervo de los siervos de Dios, LA DEFINICIÓN MAS BELLA QUE PUEDE TENER UN PAPA. Con esa definición me basta y me sobra, porque esa es la tarea que Cristo le encomendó en el cenáculo a Pedro, y en él, a sus sucesores, incluidos: obispos sacerdotes, etc.

 

¿Ya me diréis pues, que pinta eso de príncipes, ilustrísimos, reverendísimos, excelentísimos, etc.?

Para mí, todo lo que no sea amar sirviendo y servir amando, es un cero a la izquierda.

 

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