Ecos del Evangelio

21 agosto, 2021 / Carmelitas
DOMINGO XXI T.O. CICLO B 2021

 

Después del discurso del pan de vida de Jesús, que hemos escuchado durante varios domingos, llega la hora de la decisión…Hay que optar en la vida. O con Cristo o sin Él, pero no jugar, ni con su persona, ni con la fe. Y Cristo, después de decirle y de decirnos, que Él es el verdadero pan, se adelanta y pregunta ¿También vosotros queréis dejarme porque os he hablado con claridad?

 

El ambiente que respiramos, ciertamente no invita a hacer opciones radicales, a tomar decisiones claras y coherentes que comprometan la vida. Vivimos inmersos en el reino de lo «light», de lo ligero y superficial, del usar y tirar, donde nada perturbe la tranquilidad del ir tirando.

 

También la fe, claro está, se ve afectada por esa mediocridad. Ya va bien de tanto en cuanto escuchar la Palabra de Dios. Ya va bien a algunos ir a misa a rezar, mientras todo eso no provoque ningún compromiso y se pueda continuar viviendo en el confort. Por eso la llamada que hace Josué al pueblo de Israel para que tome una decisión de verdad nos puede parecer pasada de rosca, propia de gente primitiva, fanática e intolerante. Pero no.

 

También los seguidores de Cristo, aquellos que han asistido a la multiplicación de los panes y a la posterior explicación de aquel signo, se ven obligados a decidirse, a escoger. Muchos deciden dejarlo correr todo: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso”? Han pasado del intento de apoderarse de Jesús para hacerlo rey, a abandonarlo. Por que claro, no actuaba según sus esquemas y conveniencias.

 

Jesús no dejó indiferente a nadie. Cuando tuvo que hablar, alto y claro, lo hizo. Y, además, lo hizo sin miramientos y sin tener en cuenta a sus más allegados. Quería y quiere seguidores con cintura; con grandeza de corazón, con claridad en la mente y con manos dispuestas a trabajar.

Muchos se echaron atrás. Jesús nunca puso grilletes a sus seguidores (más bien eran otros los que los colocaban en la conciencia y hasta en las manos de los ciudadanos de entonces). Precisamente, desde esa libertad, habrían de responder: ¿Sí o no? No había intermedio. Seguir a Jesús exigía cambiar la vida y confrontar los valores con los del evangelio.

 

Que fácil se comprende y hasta se acepta que venga un iluminado, que hable de Dios con lenguajes misteriosos, y que haga malabarismos y que diga que soluciona los problemas. Pero no se quiere comprender, en cambio, que un hombre humilde como nosotros, hable de Dios con la naturalidad de un hijo; que haga llegar el pan para todos a partir del poco que tenemos y de la confianza en ese Dios que llama Padre.

 

Se comprende fácilmente que hay que trabajar para ganar el pan, para tener dinero y, así, poder conseguir todo lo que uno desee. Pero no se quiere comprender, que haya que trabajar para una comida que no se estropea, y que da la vida eterna, es decir, trabajar para hacer posible un mundo más humano, un mundo de personas que dan la propia vida para que todos podamos vivir.

 

Se comprende fácilmente un Dios tapa-agujeros, y siempre a punto para lo que yo necesite; un Dios moldeable al que se le hace decir lo que a mi me conviene y después me deje tranquilo. Pero no se quiere comprender, a un Dios que se hace presente de una manera total, plena y definitiva en un hombre; ¡un hombre, además, que acabará abandonado de todos, colgado en una cruz por los que se dicen defensores de Dios!

 

Se comprende y hasta se les sigue como borregos, a esos personajillos de medio pelo, que van proclamando como y de que manera hemos de pensar y actuar. Pero no se quiere comprender a un Dios, que ama tan profundamente a los hombres, que nos quiere libres y responsables, para que seamos verdaderos hijos y no esclavos o marionetas.

 

El Señor, porque sabe y conoce muy bien nuestra debilidad, siempre tiene sus puertas abiertas: unas veces para entrar y gozar con su presencia y, otras, igual de abiertas para poder marcharnos cuando -por lo que sea- no queramos cumplir con sus mandatos.

 

Ahora bien; permanecer con Él -y nos lo garantiza el Espíritu- es tener la firme convicción de que nunca nos dejará solos. De que compartirá nuestros pesares y sufrimientos, ideales y sueños, fracasos y triunfos. Porque fiarse del Señor, es comprender que nos adentramos en el combate, el buen combate para desde la fe, luchar contra el mal y a favor del bien.

 

¡Cuántas veces dejamos al Señor solo, por otros señorítos!

 

¿Sabemos estar en su presencia sin más compañía que el silencio?
¿Nos planteamos, con frecuencia, lo que significa y conlleva el ser cristianos?
¿Nos duele, nos escuece en algún momento, la proclamación de la Palabra de Dios?

 

No tengamos miedo a hacernos estas preguntas u otras. Nuestra fe no puede continuar dormida o instalada en la rutina y la costumbre. Si creemos y servimos al Señor, lo debemos hacer con valentía, con transparencia y saber que, seguirle, aunque no sea un camino de rosas, merece la pena.

 

Sin duda, uno de los mayores servicios que podemos realizar en la Iglesia actual, es poner la persona de Cristo y su mensaje al alcance de los hombres y mujeres de nuestros días. Ayudarles a abrirse camino hacia Él. Acercarle a su mensaje.

 

Muchos cristianos se han ido alejando estos años de la Iglesia, quizás, porque no siempre han encontrado en ella a Jesucristo, sino moralinas, condenas, encasillamientos y unos cuantos consejos pietistas. Y ellos, quizás se hicieron la misma pregunta: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.”

 

 

Como Cristo, como su Palabra, ni ha habido, ni hay, ni habrá nada igual:

Porque, es el único que permanece. Es la verdad que nos hace libres. El sol que, más allá del que alumbra en lo alto del firmamento, nos alumbra una eternidad en el cielo.
Porque, es el único que su sí, es un si imperturbable. En cambio, en el mundo, cambian muchas cosas: el amor se convierte en egoísmo y lo gratuito, resulta que te lo hacen pagar.
Porque, es el único que cumple lo que promete. Su amor es leal, legal y sin límites.
Porque, en medio del recio viento, es veleta que orienta para no perderme.
Porque, en medio del bravío mar, es timón seguro que siempre lleva a buen puerto.
Porque, si miro hacia atrás, sé que el arado que agarra mis manos, no podrá trabajar con la misma fuerza y hondura que si le miro a los ojos.
Porque, aún en medio de tanta seducción, sigue optando por mí, sigue esperando mi respuesta, sigue añorando mi presencia.

Porque, me ayuda a entender, que la fe que no es exigente, se convierte en merengue que adorna, pero sin masa que alimenta.
Porque, me ayuda a comprender, que la fe que no provoca, es una fe muerta, sin vida.
Porque, me enseña a ser menos previsor y más crítico conmigo mismo; más exigente con mi vida y más compresivo con las actuaciones de los demás.

 

Sí, desde que conozco a Cristo y aposté por Él, procuro ir de frente y con naturalidad, sin ningún traje espiritual impuesto, porque mi único traje lo saco cada día del armario del evangelio. Y me gusta luchar por tener cada día un corazón grande para amar y no ser un autómata, aunque me pueda equivocar, pero me arriesgo por Cristo, porque de Él, libremente y solo de Él, soy propiedad.

 

Por tanto, se trata de decidirse: si se es cristiano hay que actuar en consecuencia: oración, Eucaristía y testimonio. Y todo eso no por obligación o cumplimento, por miedo al castigo, sino porque lo necesito como el aire que respiro.

 

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